La historia de por qué escribí Círculo de Poder es de novela. En 1993, recién graduado de abogado, me enviaron a un curso de tres meses al Instituto Internacional de Derecho del Desarrollo (IDLI), nombre rimbombante que se veía increíble en mi curriculum.
Resulta que allí llegaba una muchacha de mi edad, 23 años, linda linda linda. Le puse el ojo y traté de impresionarla, tratando de robarme un poco de su atención. A los dos días la invité a un café. El IDLI quedaba en Piazza di Spagna, uno de los lugares más románticos de Roma. Un café allí, con ese atardecer, en la Scalinata della Trinita dei Monti, –ella con este latinazo de Costa Rica, un país que ya entonces era cool, y yo con aquella muñeca, que tras de eso, resultó ser condesa–, pues ni para que les cuento, ¡como a las siete de la noche estábamos enamoradísimos!
Terminó el curso en mayo, y en agosto Priscilla y yo caminábamos en el atardecer de Conchal y de Flamingo, pues vino a visitarme al Paraíso, Costa Rica. La Fortuna de San Carlos, el Volcán Arenal, Monteverde, ¡por dónde no anduvimos! Cuando el presupuesto flaqueó, me la llevé para la finca de mi padre en Grifo Alto de Puriscal, donde había una pequeña casita, ¡más sencilla! La mujer ¡fascinada! Yo, pasando incomodidades; ella, en su mente, en una experiencia extreme, en una cabaña en una selva tropical (había un bosquecillo detrás de la casa, así como que selva selva selva, no sé… en fin).
Hice todo lo posible por regresar a Italia a la Condesa, y para febrero de 1994, estaba en el IDLI en otro curso (para el que se supone que aprendí francés. Oui oui.)
Pasó entonces algo raro. Me llamó un amigo italiano, Vittorio Giusti. "Mira, quiero llevar unos vinos de Verona a Costa Rica. Me gustaría que conocieras la Hacienda Massi, y tal vez nos hacemos socios." Y uno como a esa edad se quiere meter en todos los negocios que le proponen, me fui para Verona.
Y aquí es donde entran esas ruedas del destino que uno no entiende, pero que cambian absolutamente todo. La Hacienda Masi me alojó en la Foresteria del Conde Seregó Alighieri, famoso productor de vino de la zona y descendiente directo del poeta Dante Alighieri. Era 14 de febrero, la noche más importante del carnaval en Venecia.
No había más huéspedes en el lugar, Priscilla estaba fuera de Italia esa semana, por lo que el Conde Pieralvise y su esposa me ofrecieron conversación. Gente simpatiquísima. Después de un rato de enseñarles a decir Pura Vida y las otras mañas de los ticos, les caí bien y me dijeron: "Alístate Mauricio, ponte un traje, y te vienes con nosotros a una cena". Idiay, ¡yo me fui!
Los Seregó Alighieri me llevaron al Club de la Unione di Venezia, en aquel entonces, no sé si ahora, un sitio exclusivísimo. Cena íntima, mesa alargada, 30 personas, como en las películas, todos nobles italianos, salvo un marqués español cuyo nombre no recuerdo, y yo, el suscrito Chaves, plebeyo de la Uruca, San José de Costa Rica. Si todo esto les suena rarísimo, ¡imagínense a mí con 24 años!
Esa misma noche, hoy hace treinta años, al regresar a la Forestería, un palacio construido por el hijo de Dante Alighieri, en el cual el profeta se alojó muchas veces, en mi mente se comenzó a escribir una novela, Círculo de Poder. Quienes la han leído reconocerán un montón de los elementos descritos, mezclados con geopolítica y una porción generosa de conspiración.
En Julio terminé la primera versión y me reuní con Priscilla en Washington, donde hacía una pasantía como epidemióloga aprovechando un apartamento de su madre. Estaba lleno de libros de Nostradamus ¡buenísimos!, y mientras ella iba a ensayos clínicos yo leía profecías (hasta comencé a creer que todo se terminaba en 1999, pero ese es cuento para otro día). Cuatro profecías se ajustaron a mi novela perfectamente. Eran mi novela. Rarísimo. Nostradamus se lanzó así de cabeza a mis libros.
Lo que iba a ser una novela surgida de eventos de vida extraordinarios, se convirtió en una serie de siete novelas sobre profecías, apocalipsis, inmortales, pirámides, condes y condesas, por supuesto, y ahora también en una nueva serie de seis novelas sobre el origen de todo, la Atlántida.
Hace poco visité en Verona a Pieralvise. Le agradecí haberme invitado hace treinta años a esa cena. No tenía por qué, no me conocía. Él era importante, ser descendiente de Dante tiene gran peso en Italia, y sin embargo, tanto él como su esposa, gente sencillísima, muy amable. Nadie se imaginaba que esa cena cambiaría mi destino.
Y todo porque me gustó una chiquilla en Roma y me animé a invitarla a un café. A veces la vida nos pide dar el primer paso.
Mauricio Chaves-Mesén