Caballeros de Nostradamus · No. 1
Un embajador de Costa Rica es asesinado en Roma el día del solsticio de verano. Su sustituto descubre que el crimen esconde una conspiración internacional destinada a reconfigurar las estructuras del poder global, guiada por las profecías de Nostradamus.
4.5 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Ricardo Díaz
Personaje principal
Ricardo Díaz creció en una familia adinerada en Costa Rica. Estudió Derecho antes de iniciar una carrera diplomática. Su sueño era ser embajador en Italia, pero perdió la plaza frente a su primo hermano Arthur, lo que desencadenó una profunda depresión. La muerte de su madre y la ruptura con su prometida Tatiana lo llevaron al borde del suicidio.
Tras el asesinato de Arthur, pospone su decisión y acepta el cargo de embajador en Roma para investigar y tratar de resolver el misterio de su asesinato. Conoce a la periodista Alessandra Rocca, quien también investiga.

Alessandra Rocca
protagonista
Periodista de La Repubblica, conocida por sus reportajes sobre el robo de la Mona Lisa, donde cuestionó la hipótesis de terroristas libios. Es muy relacionada en el mundo diplomático de Roma. Se hizo amiga de Arthur Huxley, quien le confió sus investigaciones sobre Da Vinci y las profecías.
En esta novela: Alessandra presenció el asesinato de Arthur. Contacta a Ricardo para compartirle el mensaje de Arthur que la citaba para revelaciones. Aunque se muestra como una aliada, Ricardo siente que podría ocultar algo. Ella ofrece su ayuda para resolver el caso, pero no revela toda la historia.

Pasquale Monti
Personaje principal
Detective de Homicidios de la policía romana, hijo de un detective, comenzó su carrera muy joven. Es considerado el mejor en su trabajo. Sufre de hipertensión por el estrés laboral.
Monti está a cargo de la investigación del asesinato de Arthur. Es escéptico sobre la teoría oficial de que está relacionado con la Mafia y sospecha que hay algo más detrás, aunque carece de pruebas. Cree que alguien intenta encubrir algo más.

Sacerdote Alberto Giusti
principal
Sacerdote italiano que ayuda a Ricardo y se convierte en su aliado de confianza. Su rol exacto en la trama aún no se ha revelado completamente, pero se insinúa que será pieza clave.
Lo Favorito del Autor
En la novela, el protagonista descubre un poema colgado en un pequeño cuadro sobre el escritorio del embajador asesinado. Escrito por Arthur años atrás, del que tiene una copia en su casa de la colina. Estas son las palabras favoritas del autor dentro del libro:
Invierno, verano, invierno,
un enero, otro enero y otro más.
Invierno, verano, invierno,
ahora llueve, y de pronto todo es paz.
La vida sigue sin pedir permiso.
Los años vienen rápido
y de igual forma se van,
y se nos acaban, a veces sin aviso.
Y, mientras tanto, ¿amamos?, ¿sentimos?
Respiramos, sí, ¿pero existimos?
¿Hacemos que cada momento cuente?
¿Nos aferramos a la vida, a su fuente?
El secreto está en sabernos parte
del infinito detrás de la creación,
la respuesta está en vivir sin dudas,
sin miedos, sin culpas, sin buscar aprobación.
Es soñar, reír… Es encontrar nuestra misión.
Es saber que cada amanecer es otra oportunidad,
para maravillarnos de la vida, y encontrar felicidad.
Desde el día en que dejamos de ser ángeles,
y bajamos a este mundo terrenal,
hasta el día en que tras un último suspiro
volvemos para unirnos con la luz…
¡el infinito que algunos llaman celestial!
Primeras Páginas
Cuando tenía veintitrés años, mientras estudiaba en Roma, conocí a una hermosa chica italiana, quien resultó ser una condesa de Bolonia. ¡Ella me reveló otro mundo!
Un año después, en un evento no relacionado, fui invitado por el conde Seregó-Alighieri (descendiente del poeta Dante) y su esposa, a una cena en el Club della Unione di Venezia.
Era la noche principal del Carnaval de Venecia, y todos los invitados —excepto yo— eran miembros de la nobleza europea. Algunos, pertenecían a las familias más antiguas de Italia y España.
Lo que vi y escuché en esa noche tan extraña como particular en mi vida me inspiró a escribir este libro.
A la condesa P. S. di Bianchi.
Aunque nuestras vidas tomaron caminos diferentes, ella seguirá siendo la única que sabe dónde estos libros dejan de ser fantasía, y comienzan a describir la realidad.
Arthur
El año mil novecientos noventa y nueve, séptimo mes,
del cielo vendrá un gran rey de terror.
Resucitará el gran rey de los mongoles
antes de que Marte reine para el bien.
Centurias X, 72
1
La muerte es solo un paso en la historia infinita de las almas.
Roma, 21 de junio
Sacó nerviosamente el reloj de su bolsillo.
No era partidario de los convencionalismos, pero el hermoso Waltham 16S de dieciocho quilates, en su familia por generaciones, era el único símbolo que se permitía.
Marcaba siete minutos antes del mediodía.
—¿Qué pasa, Giuseppe? —preguntó el embajador a su chofer.
El auto estaba atascado en el tráfico desde hacía varios minutos, y aunque tenía música relajante en su móvil («agua con pajaritos», como la llamaba), el estrés de la jornada estaba afectando sus sentidos.
—No sé, signore, creo que es un accidente.
A unos cientos de metros se divisaba su destino, el edificio de la FAO, la Food and Agricultural Organization, situado muy cerca del centro histórico de Roma. A unas cuadras de allí había sobrevivido por milenios el lugar de diversión favorito de los antiguos romanos, el Circo Massimo, arena de espectáculo y muerte de centuriones, esclavos y cristianos en la época de los césares.
Arthur Huxley, embajador de Costa Rica ante Italia, repasaba el discurso que daría en una conferencia sobre el nuevo orden ecológico internacional, en el cual su país tenía años de jugar un papel importante. Sin embargo, y por razones ajenas a la ecología, este sería el discurso más trascendental de su existencia.
Estaba tenso. En sus manos jugaba con una tarjeta de memoria SD, mientras gotas de sudor nervioso se deslizaban por su frente.
—Giuseppe, ¿qué sabes de Nostradamus? —preguntó para tratar de calmar sus nervios.
—¿Nostradamus? ¿El profeta? Recuerdo hace muchos años, en 1999, la locura con sus profecías. ¡Grazie a Dio, no se cumplieron! Y luego, en el 2012, que las asociaron con los mayas.
—Vaya, conoces del tema.
—Sí, signore, la mia moglie ama las profecías. De hecho, me casé por culpa de Nostradamus, ella me convenció de que el mundo se iba a acabar, yo le creí, ¡y me casé! Debería haber sabido mejor, pero tenía veintidós años, era un bambino, signore.
Giuseppe gesticulaba, moviendo sus manos para todos lados. «Muy italiano», pensó el embajador, quien sonrió por un instante. Entonces, se acordó de su misión de esa mañana.
«Si tan solo la vida fuese tan simple».
El embajador continuó con un tono cada vez más grave.
—Sí, como tu esposa María, muchos creen que las profecías controlan el destino. ¿Y de los años perdidos del calendario has oído hablar?
—No, mi calendario tiene todos los años. ¡Demasiados, me temo! —respondió Giuseppe en tono de broma, sabiendo que estaba a punto de recibir una clase sobre el tema. Por eso el embajador le resultaba simpático: siempre trataba de enseñarle algo.
—Varias teorías afirman que este no es el año que pensamos. Por ejemplo, los historiadores alemanes Heribert Illig y Hans-Ulrich Niemitz desarrollaron la «hipótesis del tiempo fantasma», afirmando que en la Edad Media los emperadores Otto III y Constantino VII conspiraron con el papa Silvestre II para alterar el calendario y agregar doscientos noventa y siete años, de manera que sus reinados fuesen situados en el año 1000 después de Cristo, año con gran significado, y no en el 700. Por tanto, estaríamos en los 1700 y no los 2000.
—¡Lo sabía, signore! ¡Estamos en el salvaje Oeste!
—Giuseppe, ponte serio. Luego, Ernst Hollstein afirma en su «teoría de tres anillos» que la diferencia es de veintisiete años, por un error en el 525 después de Cristo, cuando Dionisio el Exiguo trató de equiparar los calendarios juliano y gregoriano.
—Le creo, mi primo Dionisio es malísimo para las matemáticas, signore, ¡malísimo!
El embajador no pudo evitar reír ante el humor de Giuseppe, que tenía salidas jocosas para todo. Luego, la particular oscuridad que esa mañana parecía empañar su aura regresó.
—Otros dicen que la diferencia originada en la reforma del calendario de 1582 no obedece a un error, sino a un pacto entre la Iglesia y la nobleza para borrar unos años, sin que quede claro cuántos. Entonces la Iglesia mantenía el registro del tiempo. Lo hicieron en forma paulatina, un año aquí, uno allá, para que pasara desapercibido.
—Signore, eso es más raro que lo de Nostradamus. ¿Por qué hacer algo así?
—No sé, quizá por las profecías que hablaban del fin del mundo al final del segundo milenio. Al borrar esos años, en el «falso» milenio la gente acudiría a la Iglesia en busca del perdón. Años más tarde, cuando el verdadero milenio llegara, estarían mejor preparados para el Armagedón.
—¡Propaganda vaticana, signore, propaganda!
Esta vez ambos se echaron a reír.
Al embajador le caía bien su chofer, siempre tratando de encontrar el lado divertido de la vida. Nadie podría decir que había formado parte de una unidad de élite en el Ejército italiano. Ni siquiera toda la locura de la guerra de Afganistán y los treinta y cuatro soldados italianos muertos en combate —incluyendo a su cuñado más joven—, en nombre de una guerra estúpida, lograron amargar la vida del exteniente Giuseppe Bardello, de Calabria.
—Pues hoy, Giuseppe, podrás decirle a tu esposa que unos lunáticos están tratando de hacer cumplir las profecías de Nostradamus. Por eso necesito llegar a la conferencia cuanto antes, alguien allí me ayudará a lidiar con estos locos.
Ese 21 de junio marcaba el inicio del verano, el solsticio, una fecha importante en su familia. Pero aquella no era una típica mañana veraniega para Arthur Huxley. La noche anterior apenas había conciliado el sueño juntando las piezas de un rompecabezas que al inicio no tenía sentido, pero que ahora revelaba ante él una imagen increíble. Las profecías de Nostradamus eran la punta de un iceberg que estaba a punto de colisionar con la humanidad y que amenazaba con hundir su futuro; el problema sería lograr que la gente creyese en sus «excéntricas» teorías de la conspiración. ¡Demasiadas vidas dependían de cuán en serio se tomase la información que estaba por compartir!
«Los peores momentos son aquellos en los que nada parece haber sucedido, y, sin embargo, todo está sucediendo». Recordó leer esa frase en alguna parte. Describía a la perfección su encrucijada: todo parecía en perfecta calma, pero él sabía que todo estaba sucediendo.
El hombre, el extraño que le indicó el camino y develó el nombre de los principales personajes —y que decía haber sido amigo de su abuelo en Inglaterra, aunque no pareciese un viejo—, le ayudaría a que la información estuviese disponible para el mundo.
Tal vez porque era consciente de lo que sabía, sentía miedo. Nunca había sentido un miedo tan intenso; y a medida que el vehículo se acercaba a su destino, el sentimiento no hacía más que incrementarse. No estaba seguro de a qué o a quién temer porque nadie, absolutamente nadie, conocía aún lo que había descubierto, ni siquiera aquel extraño.
Los secretos habían llegado a sus manos pieza por pieza, por casualidad, o quizá por obra del destino, como si se le hubiese elegido para revelarlos a las masas.
Al otro lado de la calle, un auto frenó intempestivo casi frente a su ventanilla. Arthur alzó la mirada, fijándola en dos hombres con pasamontañas que corrían hacia él. Su corazón latió más rápido.
En ese instante, su reloj de oro marcó las doce en punto.
2
San José, Costa Rica, 21 de junio
Los rayos de sol se colaban tímidos por el gran ventanal que miraba hacia el norte, iluminando parte de la habitación. Las cortinas estaban corridas, revelando el hermoso panorama. Una corriente de aire fresco se filtraba, llenando todo a su paso.
Ricardo Díaz estaba frente a su portátil. Su cuerpo sudaba mientras golpeaba con furia el teclado, escribiendo lo que venía a su mente, atormentada aquel día por pensamientos terminales. Sobre la pantalla se leían sus últimas frases, una especie de renuncia al mundo, aceptando una muerte que sentía próxima e inevitable.
¿Habrá quien afirme que existir, que «ser» humano es una experiencia fácil? Decía Fromm que «el hombre, al nacer, se ve arrojado de una situación definida, tan definida como sus instintos, hacia una situación indefinida, incierta, abierta. Solo existe certeza con respecto al pasado y, con respecto al futuro, la certeza de la muerte».
Por ello, siendo tantas las preguntas sin respuesta y tantas las cuestiones a cuya comprensión nos está vedado acceder, la experiencia de vivir puede transformarse en un túnel sin fin, un laberinto sin salida, una montaña mágica que tratamos de escalar sin poder llegar nunca a la cima.
Esa mañana, la tarea de vivir se había tornado demasiado agobiante. Ricardo estaba cansado de escalar hacia la cima inalcanzable; de atravesar el túnel sin fin sin ver una luz, una salida; de estar perdido en este extraño laberinto que llamamos vida, sin poder resolver los acertijos intrínsecos del existir.
¿Para qué seguir torturándome cuando no deseo seguir adelante? Me he torturado suficiente… en el silencio de mi propia mente, en la impersonalidad del tumulto, en el falso placer del orgasmo. ¿Para qué seguir? ¿Para qué?
Quedó inmóvil unos segundos, mirando sin mirar la lejanía a través de su ventana. Junto al ordenador, tenía un arma. La tomó y la colocó en su corazón: una sola de sus balas, colocada en el lugar preciso, acabaría con todo...
Varias veces en los últimos meses —¡meses eternos y desoladores!— imaginó morir así, mediante aquel método instantáneo y, sobre todo, profundamente personal.
Una nueva frase se materializó en el monitor, proveniente, sin duda, de algún oscuro pasaje en su mente torturada: «Si la muerte es también un túnel sin fin, ¿no es esto similar a mi vida? No creo que sea peor que esta existencia sin sentido».
Dudó por un momento al ver su imagen reflejada en el monitor: era joven, bien parecido…, pero sus ojos reflejaban un alma llena de tristeza, de soledad, de amargura.
Dejó el arma de lado, y miró de nuevo a través del ventanal de su casa, construida sobre una hermosa colina de Escazú, desde donde divisaba San José hacia el este, decenas de montañas hacia el norte, y al oeste más y más montañas, en algunas se percibían viviendas, vidas lejanas sobre sus faldas y cimas; vidas que quizá se cuestionaban también esa mañana si la existencia tenía un sentido verdadero.
El tiempo pasaba despacio, tan despacio como pasa cuando se espera algo que se desea con mucha intensidad. Algunos rayos de sol llegaron hasta el rincón donde ahora yacía inmóvil, sentado en el suelo, con la cabeza entre sus brazos. Levantó su rostro y la luz iluminó sus oscuros ojos: lloraba.
Tomó el arma y la apuntó hacia su pecho, buscando en sus entrañas el valor para jalar de aquel gatillo… ¡Pero tampoco esta vez lo encontró! O su mente lo encontró, pero su cuerpo no le respondió y sus dedos se negaron a funcionar, como si supieran que ese no era el camino.
En ese instante, el teléfono de su casa timbró. Hacía mucho que nadie llamaba a ese número fijo cuya existencia había olvidado. Segundos más tarde, mientras escuchaba su propia respiración llena de tensión, alguien tocó dos veces a su puerta.
—¿Sí? —gritó con voz exasperada.
—Señor Díaz, le llama el ministro García, dice que es urgente —respondió una mujer.
—No hablaré con nadie, ya no trabajo para él —respondió Ricardo irritado. Estuvo a punto de apretar el gatillo, pero tampoco esta vez tuvo el valor.
La mujer al otro lado de la puerta, el ama de llaves de su familia por muchos años, trató de comprender. Sabía que algo atormentaba la mente de Ricardo; su comportamiento no era normal desde hacía un tiempo. El día anterior lo había pasado en el jardín, sin comer y con la mirada perdida en el vacío. Habiendo trabajado con su familia desde que él era solo un niño, sabía que este era el momento más difícil de su vida, ¡su más grande depresión! La mujer insistió:
—Ricardo, por favor, tome el teléfono.
Él levantó el auricular por un reflejo casi inconsciente, sin bajar el arma que sostenía en la otra mano.
—¿Qué quiere? —gritó al aparato. Su voz era cortante, impersonal, llena de rabia y resentimiento.
Al otro lado de la línea, la voz confundida del viceministro de Asuntos Exteriores respondió:
—Ricardo, soy José Rodríguez, ¡cálmate! Siento tanto como tú lo que pasó hoy en Roma. No te llamaríamos si la situación no fuese tan seria. Pese al dolor que debes sentir, necesitamos que vengas enseguida.
Las palabras de José hicieron que el humor de Ricardo cambiara a sorpresa y preocupación.
—¿Dolor? ¿De qué me hablas? ¿Qué pasó en Roma?
Roma. La sola mención de esa ciudad lo alteraba. En la búsqueda de culpables del fracaso vital que lo había llevado a la fatal decisión de acabar con su vida, Roma figuraba en letras enormes en su mente.
—¿Cómo? ¿No sabes…?
—¿Saber qué? ¿Qué pasó? —dijo en tono preocupado. Enseguida volvió al resentimiento—. La verdad no quiero saber. Allá está Arthur; recuérdale a García que él lo escogió por encima de mí… Así que, sea lo que sea, ¡arréglensela sin mí!
Estuvo a punto de colgar, lo detuvo la desesperación en la voz de José: —Ricardo, te juro que no es momento de reaccionar así. Pasó algo muy grave y te necesitamos. Prefiero no discutirlo por teléfono. Confía en mí y ven, envié un auto a recogerte, ¡solo ven!
Sin dar tiempo a que respondiera, José colgó.
Ricardo puso el arma junto al teléfono y se sentó en una esquina de su cama. Estaba confundido, pero en su confusión algo le decía que acudiera al llamado. Quizá no era una voz interna, sino curiosidad, el deseo de saber qué había pasado en Roma provocando la indeseable llamada.
«Alguna tontería política sin sentido… ¡Como siempre!».
No obstante, recordó la razón por la cual Roma aún le importaba. Arthur Huxley, el embajador, no era solo su primo hermano y la única familia que le quedaba en este mundo, sino también su mejor amigo.
Se levantó de la cama, caminó hasta el baño, secó el sudor de su frente y se frotó el rostro con agua fría a fin de reaccionar. Luego tomó un traje de su closet. Escogió el Armani azul, regalo de Arthur en su último cumpleaños. Terminaba de acomodar su cabello lacio, más largo y tupido que de costumbre, cuando escuchó el sonido de un auto que entraba a la enorme propiedad que acababa de heredar tras la repentina muerte de su madre.
Todo era lento: el auto, el viento, los latidos de su corazón.
Una vez más, sintió el deseo de acabar con todo: no había olvidado que su mayor deseo era morir.
«Un segundo. Solo un segundo… ¡Tan poco que valora el ser humano cada segundo de su vida! ¡Tan poco que es su vida que puede acabar en un segundo!».
Trató de organizar las ideas contradictorias que combatían en su cerebro, pero todo estaba nublado, confuso. Garabateó en un papel lo primero que le vino al pensamiento, algo que parecía la evidencia de una decisión irrevocable: «Ve allá, pero cuando vuelvas a casa terminarás con todo, ¡maldito cobarde!».
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