Caballeros de Nostradamus · No. 2
Las profecías asociadas al año 2012 no terminaron: apenas comenzaron. Desde Mónaco hasta Sudán, de Costa Rica a los archivos más oscuros del poder, herederos de antiguas estirpes, arqueólogos y visionarios avanzan hacia un clímax orquestado durante siglos. El destino del mundo ya está en movimiento.
4.5 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Stéfano Della Croce
protagonista
Stéfano Della Croce es un arqueólogo en sabático. Creció en Costa Rica como hijo único, perdió a su padre y abuelo a los diez años, y fue educado por su madre con esfuerzo.
Se convirtió en arqueólogo gracias a una beca de Lawrence Miller, su mentor.
Es un hombre atormentado por sus errores pasados: un matrimonio fallido, infidelidades... Su principal motivación es proteger a su hija Samantha y descubrir la verdad sobre su herencia y la profecía que lo involucra.
En esta novela: Stéfano comienza a descubrir los secretos de su familia. Se ve obligado a abandonar su vida normal y enfrentarse a un poder oculto que lo persigue. Su evolución implica aceptar su destino como 'el elegido' y aprender a confiar en Rachel mientras desentraña el misterio del meriáa pyramis.

Rachel Miller
Personaje principal
Rachel Miller es la sobrina y única heredera de Lawrence Miller. Ayudó a su tío en los últimos meses a reunir las piezas del rompecabezas sobre el meriáa pyramis. Heredó conocimientos secretos. Su motivación es cumplir la última voluntad de su tío y proteger el legado familiar.

Doménica Le Blanc
protagonista
Heredera suiza, con un 25% de acciones en dos bancos (uno en Suiza y otro en Luxemburgo). Artista y astróloga. Tiene acceso a un jet bancario. Su padre coleccionaba autos antiguos.
Es novia de Stéfano y amiga de Jacinta Schneider.

Jean Chretien (J.C.) Perrier
protagonista
Billonario francés, presidente de Industrias Perrier.
Desciende de Francesco Perrier (Conde de Saint Germain).
Hombre de temperamento de acero, poderoso y decidido, pero vulnerable emocionalmente.
Lidera la búsqueda de las columnae.

Aura Gualtieri
Personaje principal
Antropóloga del grupo de excavación de Giambruno en Sudán que desaparece. Está allí tras su fallido romance con un sacerdote. Tiene consigo un tesoro familiar cuya importancia desconoce.

Carlo Nunzio
Personaje principal
Sacerdote romano, se ha enamorado de Aura Gualtieri. Cuando ella desaparece en Sudán, va en su búsqueda. Las cosas no salen como espera...

Maurizio Forte
Personaje principal
Maurizio Forte comenzó su carrera como un precoz multimillonario gracias a la bolsa de Londres. Su ambición lo llevó a crear un consejo que controla áreas clave como la banca, los medios y la energía. Cree que el meriáa pyramis le otorgará la inmortalidad y el poder absoluto. Es amigo de Antonelli desde Oxford y juntos han buscado el objeto durante décadas. Su motivación es el poder, pero con el tiempo su filosofía se ha vuelto más oscura y corrupta.
En esta novela Forte recibe la noticia del hallazgo del lingote de plata . Apoya a Antonelli en la búsqueda de Stéfano y está dispuesto a usar todos sus recursos para obtener el meriáa pyramis. Su influencia es omnipresente a través de Antonelli y el consejo.

Lawrence Miller
Personaje principal
Arqueólogo de la Universidad de Nuevo México. Mentor de Steven Giambruno, Stéfano Della Croce y David Vinecourt.
Lawrence Miller fue contratado en 1985 por el consejo de billonarios para analizar la Biblia de Gutenberg, donde descubrió el código secreto del meriáa pyramis y un segundo código sobre una profecía que involucraba a su propia familia. Conocía los secretos del consejo y tenía acceso a información de primera mano sobre sus planes. Su motivación era cumplir la profecía y revelar la verdad a Stéfano antes de morir.

David Vinecourt
Personaje principal
Arqueólogo francés, amigo de Stéfano. Vive en el 9º arrondissement de París. Casado con Bernardette, tiene una hija de 8 años. Sus inclinaciones esotéricas ayudan a desentrañar el misterio de las tabletas.

Leonardo Di Monti
Personaje principal
Cardenal y arzobispo de Venecia, es traicionado por el Papa Pablo VII.
Se espera que sea electo Papa en el próximo cónclave.

Roberto Antonelli
Personaje principal
Roberto Antonelli es el mejor amigo y colaborador de Maurizio Forte, a quien conoció en Oxford. Juntos fundaron el consejo de billonarios y dedicaron su vida a buscar objetos sagrados. Fue Antonelli quien encontró la Biblia de Gutenberg en una cripta de Roma y quien siguió a Miller a Costa Rica para obtener información adicional. Su motivación es la inmortalidad y el poder. Es un hombre de gran erudición, pero moralmente ambiguo, dispuesto a todo por sus objetivos.
Lo Favorito del Autor
LA TABLA CON LAS EDADES DEL GENESIS que suma 10.324, siendo que las dos edades de destrucción según los mayas suman 10.331, una diferencia de 7 años.
Vino a mi en un sueño. Me vi sumando esto y obteniendo el resultado. Casi no puedo creer cuando al levantarme, era verdad….
b. El diluvio, la Biblia y la Atlántida
Según el Génesis, Dios dio vida a Adán y Eva en el sexto día de la creación. Nueve generaciones más tarde, ante la corrupción del mundo, envió el diluvio. Las aguas mandaron sobre el mundo por ciento cincuenta días. Noé, sin embargo, fue salvado por la voz de Dios (¿o una profecía?).
La Biblia contiene aquí una clave que confirma los ciclos de 5165 años. Génesis 5 hace un recuento de los descendientes de Adán y Eva hasta Noé, y con impresionante detalle numérico, describe las edades a las cuales cada descendiente engendró un hijo; y la edad en que murió, o en el caso de Enoc, desapareció en el cielo. El siguiente cuadro muestra esas fechas:
Primeras Páginas
PRÓLOGO
Montecarlo, Mónaco, 11 de diciembre
—¡Diecisiete negro!—exclamó la croupier de la ruleta.
—Maldición —murmuró uno de los jugadores, mientras una mujer junto a él celebraba haber ganado. Él, por su parte, había perdido ochocientos euros, gran suma para alguien que vivía de las limosnas dejadas los domingos en la iglesia por cada vez menos fieles.
Esa noche, ese dinero no era importante; en unos minutos tendría una reunión que sí lo era.
Pedro López había volado esa mañana de Sevilla a Barcelona y de allí a Niza, donde tomó un tren a Montecarlo. Tras recorrer la ciudad y visitar el palacio de los príncipes, jugó en el casino varias horas. Aún recordaba los inicios de una maldita ludopatía de la cual no sabía cómo librarse. Le perseguía desde el seminario mayor, cuando uno de sus colegas lo introdujo en las apuestas deportivas, como una «forma inocente de poner emoción extra al futbol». Diez años después, el juego lo controlaba y tenía deudas con gentes que su madre —una mujer fuerte y devota de la Virgen que mucho le influyó para tomar los hábitos— jamás hubiese aprobado.
Vestido con ropa ordinaria, apostando en el tablero sus últimos euros, nadie hubiese sospechado que era un sacerdote experto en arte, asignado en forma temporal a la catedral de Sevilla, bella ciudad en el corazón de Andalucía, España.
«Dios, ayuda. ¡Vamos, once, vamos!» pensó.
La ruleta ralentizó sus giros y se detuvo.
—¡Treinta y cinco rojo! —anunció la croupier, señalando en el tablero al ganador. Su once perdía una vez más.
Algo alterado, se levantó de la mesa y revisó el reloj, un Rolex falso comprado en un mercadillo. Eran las siete de la tarde: la hora convenida. Recorrió con la mirada buscando al hombre que había ofrecido cincuenta mil euros por el pequeño lingote de plata que apretaba en su bolsillo. «Demasiado por una antigüedad intrascendente», pensó.
Un individuo anciano, con la descripción y vestimenta acordadas, cruzó el umbral, miró en dirección a él, y con un gesto le señaló el baño. Pedro lo siguió, pensando que aquel rostro arrugado, aunque vital, le resultaba familiar.
—¿Dónde está?—preguntó el recién llegado apenas abrió la puerta.
El sacerdote entregó el lingote y demandó su recompensa. Su sangre bombeaba a un ritmo no habitual. El otro, sin inmutarse, examinó la pieza.
—¿Cómo llegó a sus manos?—preguntó con voz impersonal—. Necesito la verdad; tiene mi palabra de que nadie más la escuchará, pero solo con la verdad sabré si es lo que busco.
Pedro lo pensó por un momento. Ya se había arriesgado demasiado ofreciendo el lingote en Internet, y el desconocido podía ser un enviado del Vaticano para atraparlo.
«¿Será allí donde lo he visto? No, no es del Vaticano, esos todos se parecen», pensó. Además, cincuenta mil euros eran demasiada tentación. Con suerte podría doblarlo en el casino y pagar las deudas más preocupantes.
Pedro decidió complacer al comprador y hablar con la verdad.
—Soy sacerdote —confesó. Un gesto de sorpresa casi imperceptible se dibujó en el rostro del anciano. Pedro continuó—. Además, soy historiador, y con los años me he convertido en experto en objetos religiosos antiguos. Asisto a iglesias en España y Latinoamérica en el catálogo de sus tesoros. Hace tres meses, la catedral de Sevilla solicitó mi ayuda para preparar una exposición de su tesoro, más allá de los huesos de Colón que allí se exhiben. Este lingote de plata proviene de un hecho poco conocido del cual la iglesia no se siente orgullosa. —Se detuvo para recordar los detalles de la lección estudiada años antes, y repasada en las últimas semanas—. En el siglo XIV, después de años de tolerancia, inició un período de antisemitismo en España. En 1392 un sacerdote fanático, un tal Ferrant Martínez, lideró una cruzada que terminó en un ataque al barrio judío de Sevilla. Cuatro mil habitantes fueron asesinados, y sus sinagogas saqueadas. Cuenta la leyenda que quien no declaraba su renuncia al judaísmo y su conversión al catolicismo, era asesinado: hombres, mujeres y niños… Los «conversos» eran luego interrogados por Martínez. Si no creía en la sinceridad de su conversión, ¡los asesinaba él mismo! Y si cree que esto es horrible, la historia tiene otros asesinos seriales como este… ¡a algunos los hicieron santos!
Estudiar historia le había obligado a repasar —y a defender ante sus compañeros seculares de la Universidad—, los capítulos oscuros de la institución a la cual servía desde joven. Pero, y aunque a veces lograba con argumentos sofistas contener los cuestionamientos, su propia mente se negaba a justificar algunos actos de su santa madre Iglesia.
—Este lingote —continuó Pedro— es parte del botín obtenido de la sinagoga. Si lo ve, tiene una inscripción judía. Sería políticamente incorrecto exhibirlo, pues reviviría viejas heridas recordando lo que se ha hecho en nombre de «alguien» que predicó amor y tolerancia.
—¿Quién más sabe de esto? —preguntó el comprador, poco interesado en problemas filosóficos, mientras confirmaba que la inscripción en el lingote era lo que buscaba: לי רי
—Como encargado de catalogar las piezas, soy el único que sabe de su existencia. Además, nadie extrañará este lingote teniendo todo ese oro. De hecho, si le interesa algo más, podríamos hablar, puedo recomendarle un par de…
El hombre miró a Pedro sin ocultar su desdén.
—No, esto es lo que necesito. Aquí tiene.
Le entregó un sobre con dos fajos de billetes de quinientos euros, que el sacerdote revisó satisfecho, y salió del baño sin despedirse. Pedro salió tras de él, y sin pensarlo se dirigió a la mesa de ruleta. Aún nervioso, pero complacido por la exitosa transacción, miró sonriente a la mujer de la ruleta.
—Cinco mil euros, por favor… ¡Esta vez voy a ganar! —dijo. Y apostó todo al número once.
Roberto Antonelli, un anciano de ochenta años cuyo temperamento solía ser pausado y reflexivo, atravesó a toda prisa los salones del casino. Una vez fuera, corrió a la limusina que le esperaba, acariciando el lingote de plata que acababa de adquirir.
Cincuenta mil euros… Lo que el sacerdote ludópata nunca sabría es que si hubiese pedido un millón, o diez millones, los hubiese recibido. Ningún dinero era obstáculo para los hombres a cuyas manos llegaba ese lingote tan insignificante en apariencia, tras medio siglo dedicado a su búsqueda, y décadas desde el hallazgo de una Biblia de Gutenberg en una cripta de Roma.
Aquella noche asumió el riesgo de ser reconocido por el vendedor —él también era historiador, uno famoso en todo el mundo—, pues valía la pena, el cura no sabía lo que tenía en las manos.
Marcó un número.
—Caro Maurizio, ¡sí es el lingote de plata! Es lo que describe la Biblia de Gutenberg.
Su voz se negaba a salir de la forma habitual, la emoción le formaba un nudo en la garganta y le provocaba un deseo incontenible de llorar. Nunca lloraba, pero aquella noche su vida, su existencia misma, quedaba justificada.
Al otro lado de la línea, Maurizio Forte, uno de los hombres más poderosos del planeta, cerró sus ojos. El sueño parecía estarse cumpliendo. También él tenía un nudo en la garganta: había envejecido junto a Antonelli esperando ese momento.
—Estamos cerca, Roberto —respondió con voz entrecortada—. Cerca.
Y Dios me respondió: Voy a revelarte lo que está por suceder.
Escríbelo en unas tabletas de barro para que se lea de corrido.
Tardará un poco en cumplirse, pero tú no te desesperes.
Aún no ha llegado la hora de que todo esto se cumpla,
pero puedo asegurarte que se cumplirá sin falta
Habacuc 2:2, Antiguo Testamento
1
San José, Costa Rica, 17 de diciembre
Volar en un avión a cinco mil pies, listo para saltar al vacío con su vida dependiendo de un pedazo de tela, era el tipo de emoción que resultaba irresistible para Stéfano Della Croce. Aunque acababa de cumplir cuarenta, aún se sentía —y estaba seguro de que actuaba— como si tuviese veinte.
Cuando el piloto dio la orden, miró a su instructor, asintió, y dio el salto con una enorme sonrisa en el rostro, a la vez que se preparaba para disfrutar de aquella inigualable sensación de libertad.
Con los brazos abiertos, el viento en el rostro, y el corazón bombeando adrenalina mientras caía a doscientos kilómetros por hora, se preparó a vivir el momento con intensidad y extraerle hasta su última partícula de gozo.
Sin embargo, como lo hacía en forma casi obsesiva desde un tiempo atrás, su mente se alejó del presente, para repasar —como si buscase la forma de cambiar cosas— el cúmulo de eventos y circunstancias que lo habían llevado hasta ese instante entre las nubes.
Revivió primero el momento, veinte años atrás, en el cual el destino marcó de una forma muy definitiva el rumbo de su vida. Siendo un joven estudiante de primer ingreso confundido en la tarea de definir su futuro en una etapa en la que nadie sabe lo que quiere, asistió a una charla en su universidad con el famoso arqueólogo Lawrence Miller. La interesante charla sobre pirámides que el expositor hizo amena y sugestiva, despertó en Stéfano una curiosidad que siempre había estado latente y significaba romper con su rutina de fórmulas matemáticas de cálculo, álgebra y física de la carrera de ingeniería, escogida por la promesa de un buen mercado laboral.
Al terminar la charla, buscó a Miller para aclarar dudas y reforzar puntos que le resultaban intrigantes. Aquel hombre elusivo y ocupado lo recibió con gran afecto y lo invitó a almorzar, ignorando a otros que también disputaban su atención. El arqueólogo lo trató como si lo conociese de siempre. Tras conversar horas, sucedió lo impensable: Miller le ofreció una beca total para estudiar Arqueología en la Universidad de Nuevo México.
Stéfano aceptó de inmediato. Meses después era estudiante allí.
Los años pasaron a una velocidad vertiginosa, como pasa el tiempo cuando se hace lo que se ama. Tras graduarse y convertirse en un arqueólogo, Stéfano trabajó en proyectos alrededor del mundo. Lo apasionaba la arqueología; la consideraba una ventana a la verdadera «humanidad». La mejor definición que jamás encontró de su «llamado» era la dada por August Strindberg, el escritor sueco: «La arqueología es una ciencia moderna; casi se podría decir que una enfermedad de nuestro tiempo. Y hay peligro en ella, ya que demuestra una y otra vez que la tontería humana, prácticamente casi siempre, ha sido la misma.»
Sí, Stéfano sabía muy bien, pues lo había comprobado in situ, que los humanos tienden a hacer las mismas cosas, y a cometer los mismos errores, una y otra vez, ¡y en todas partes!
Él no era la excepción.
A pesar de que en su vida profesional todo salía bien y se sentía realizado, en su vida personal había cometido muchos errores y herido a las personas más cercanas. Y no solo una vez.
Su mente hizo una pausa. Siempre la hacía cuando dejaba de pensar en arqueología y se concentraba en esa tormentosa parte de su vida. Regresó a su paseo entre las nubes, sintió el viento en su rostro y miró a los otros que, como él, flotaban en el aire y se acercaban al punto en el cual abrirían sus paracaídas.
Entonces divagó de nuevo y volvió al momento de su pasado, cinco años atrás, en el que su vida se complicó sin remedio.
Tras una relación de pocos meses y un sorpresivo embarazo, Stéfano hizo lo que consideraba «honorable» y se casó con su novia, a pesar de que no la amaba. Y aunque comenzó a idolatrar al fruto de aquella relación —su pequeña Samantha—, muy poco después comprendió que la vida de casado no era para él, pues le gustaban demasiado las mujeres.
Una combinación de sus constantes viajes y períodos fuera de casa, unidos a su metro ochenta y dos, su contextura fuerte y atlética, y un look «académico» que atraía miradas, conspiró para que la primera de muchas infidelidades ocurriese al cabo de unos meses. Aunque al principio los sentimientos de culpa lo persiguieron por semanas, nunca se arrepintió. Peor aún, comenzó a disfrutar de la emoción que le causaba aquello —sin poder explicar bien el por qué—, hasta el punto de que la infidelidad se convirtió en un patrón.
Stéfano pecó, y lo hizo muchas veces, y por años se entregó sin miramientos a satisfacer sus placeres.
Su hija crecía y era ahora una hermosísima y muy inteligente personita de cuatro años que le proporcionaba una felicidad indescriptible. Su enorme amor por ella le hacía querer cambiar, pues los repetidos encuentros furtivos y casuales, como él los llamaba, no le daban ni un poco de la satisfacción que sentía con su hija; por el contrario, siempre lo dejaban vacío, lleno de culpa y de tristeza.
Entonces trató de recuperar el control sobre su vida y sus instintos, y al inicio de ese año tan largo y tan intenso, que ahora se acercaba a su final, escribió sus propósitos, el primero de los cuales fue: «Dar a mi hija una familia estable y feliz; la familia que nunca tuve».
A fin de pasar más tiempo ella, y evitar las tentaciones que su estilo de vida le proporcionaba, aceptó una posición en la Universidad Estatal de Florida, que implicó mudarse a Miami y alejarse de las excavaciones, las aventuras, ¡y las mujeres!
Pero al final, las cosas no hicieron más que complicarse.
Arqueología…
La arqueología ha concluido una y otra vez que la razón principal de las guerras y la caída de imperios es un instinto primitivo al que llamamos lujuria.
Un día a finales de ese enero, cuando el semestre comenzaba, su clase sobre Civilizaciones con Pirámides fue interrumpida por una estudiante que llegaba tarde: una musa de pelo largo oscuro, ojos claros y cuerpo de amazona. La atracción fue inmediata y mutua.
Esther era de Argentina, y su acento musical, sus piernas largas y perfectas, y un cierto je ne sais qua que emanaba de sus poros, llenó su vida de deseo y sensualidad.
La mujer era imposible de resistir —le resultaba intoxicante— y con el paso de las semanas, las cosas se complicaron: por primera vez en su vida, Stéfano se enamoró. Aunque trató, y trató, y trató de controlarse, fracasó. Esther era una fuerza de la naturaleza que él quería domar, controlar, ¡y completa y llanamente poseer!
Pero un día de luna llena, mientras repasaba el abecedario con su hija y le contaba historias de antiguas civilizaciones —que la niña, a pesar de su corta edad, encontraba fascinantes—, creyó encontrar la fortaleza de tomar la decisión que cambiaría todo.
¡No puedo abandonar a mi hija! Conozco demasiado bien ese sufrimiento, ¡mi padre me abandonó!
El día siguiente, en un café en Fort Lauderdale convertido en su refugio furtivo, terminó su relación con Esther y le pidió dejar de verse, dejar de amarse. En medio de un llanto sincero, trató de explicarle sus razones… ¡pero ella no estuvo dispuesta a darle una salida fácil!
«El Cielo no conoce ira como la del amor que en odio se transforma; ni el infierno furia como la de la mujer despreciada». Esas líneas del poema de William Congreve, La novia de luto, resumen el giro inesperado que tomó su vida cuando dos días después llegó a casa y encontró a Esther en la sala, hablando con su esposa.
En medio de rostros cubiertos por las lágrimas, su matrimonio y su romance acabaron de la peor forma. Sabía que lo había arruinado todo y que la relación con su hija cambiaría por culpa de su error y sería a partir de ahora diferente.
Solo, sin esposa y sin amante, y luego de un mes en el cual meditó acerca del sentido las cosas sin llegar a ningún lado, decidió rehacer su vida. Un sábado de mayo compró un boleto de avión de doscientos dólares, y tres horas más tarde llegó a su Costa Rica natal para iniciar un nuevo capítulo.
Siete meses después, descendiendo en caída libre a cuatro mil pies y preparándose para jalar del cordón de su paracaídas, sentía que la decisión era correcta.
Al llegar al suelo —con la adrenalina bombeando en sus venas—, vio al hombre a la distancia.
Al principio le pareció una broma de su mente; pero luego lo enfocó con claridad. Era él. Stéfano supo que otra vez su vida cambiaría; algo le dijo que para siempre.
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