Caballeros de Nostradamus · No. 4
Jules Verne se une a la lucha por preservar la civilización. Mientras un hombre huye de París hacia los fantasmas de su pasado, secretos se revelan en Dubái, San Petersburgo y América Central: el Cáliz de los Profetas, esferas perfectas imposibles, y verdades que nunca deberían haber visto la luz. El Armagedón no es ya una idea: es una cuenta regresiva.
4.6 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Julio Verne / Pablo Flores Rincón
Personaje principal
Julio Verne, en su primera vida fue un escritor famoso; luego, por más de un siglo, ha vivido en el anonimato, cambiando de identidad. Actualmente vive como Pablo Flores Rincón en Madrid. Es el heredero de los secretos de Leonardo y Nostradamus.
Tuvo visiones del futuro que plasmó en sus novelas. Amigo de Tesla y Twain.

Leonardo Da Vinci
Personaje principal
Leonardo da Vinci, el genio del Renacimiento, fue el maestro de Nostradamus y Melzi. Les transmitió conocimientos esotéricos, les legó el cáliz de los profetas y los manuscritos, y les reveló parcialmente el secreto de la inmortalidad. Primero aparece en los recuerdos de Nostradamus, especialmente en su lecho de muerte y en las enseñanzas a sus discípulos. Su decimotercera profecía es el eje de la trama.
Pertenece a una raza de profetas capaz de ver ondas en el éter y predecir el futuro. Busca el cáliz de bronce perdido (el objeto más preciado de los profetas) para realizar un ritual de visiones antes de la inminente crisis. Hoy vive como Piero Vinci, el arquitecto más famoso del mundo.

Francesco Melzi, conde de Saint Germain
Personaje principal
Francesco Melzi, conde de Saint Germain, fue el discípulo favorito de Leonardo da Vinci. Heredó sus manuscritos y, tras la muerte del maestro, descubrió junto a Nostradamus el elixir de la inmortalidad. Ha vivido como un noble errante, a veces usando el alias de conde de Saint Germain. En esta novela, vive retirado en París, meditando sobre el ciclo de la vida. Es sorprendido por la llegada de un moribundo Nostradamus y juntos intentan evitar el apocalipsis.

Michel de Nostradamus
Personaje principal
Michel de Nostradamus es el famoso profeta del siglo XVI, que en 1566 fingió su muerte y ha vivido durante siglos como consejero, médico y astrólogo en cortes europeas, ocultando su identidad. Posee el don de profecía heredado de una larga estirpe, y es portador del cáliz de los profetas. En esta novela, reaparece tras siglos de silencio para evitar el cumplimiento de la decimotercera profecía de Leonardo da Vinci, que predice el fin del mundo.

Isaac Newton
protagonista
Sir Isaac Newton ha pasado cuatro siglos recolectando conocimiento arcano. Vive en un castillo en Woolsthorpe, Inglaterra. Desarrolla un artilugio que según cree, podría ayudar a evitar el apocalipsis.

Stéfano Della Croce
protagonista
Stéfano Della Croce es un arqueólogo en sabático. Creció en Costa Rica como hijo único, perdió a su padre y abuelo a los diez años, y fue educado por su madre con esfuerzo.
Se convirtió en arqueólogo gracias a una beca de Lawrence Miller, su mentor.
Es un hombre atormentado por sus errores pasados: un matrimonio fallido, infidelidades... Su principal motivación es proteger a su hija Samantha y descubrir la verdad sobre su herencia y la profecía que lo involucra.
En esta novela: Stéfano comienza a descubrir los secretos de su familia. Se ve obligado a abandonar su vida normal y enfrentarse a un poder oculto que lo persigue. Su evolución implica aceptar su destino como 'el elegido' y aprender a confiar en Rachel mientras desentraña el misterio del meriáa pyramis.

Fátima Malik-Oberstend
principal
Abogada marroquí-holandesa, especializada en derechos humanos y de la mujer. Fundó una ONG junto a su madre para asistir a mujeres víctimas de abusos en Marruecos. Su padre es abogado y diplomático amigo del rey de Marruecos. Su madre es una abogada holandesa. Estudió Derecho en Holanda y una especialidad en Navarra. Conoció a Ricardo en un centro comercial en Marbella. Tiene un pasado misterioso.

Anna Plushenko
principal
Arquitecta rusa, hija de Alexei Plushenko (físico) y una candidata a Nobel. Trabaja para Piero Vinci desde hace 7 años. Es su asociada favorita y tiene acceso a secretos. Se convierte en amante de Julio Verne.

Ciduska Plushenko
Personaje principal
Magnate rusa, autoridad en microprocesadores. Es la anfitriona del grupo en San Petersburgo. Su complejo subterráneo es seguro. Ayuda a coordinar la interfase. Tiene acceso a recursos del Estado.

Maurizio Forte
Personaje principal
Maurizio Forte comenzó su carrera como un precoz multimillonario gracias a la bolsa de Londres. Su ambición lo llevó a crear un consejo que controla áreas clave como la banca, los medios y la energía. Cree que el meriáa pyramis le otorgará la inmortalidad y el poder absoluto. Es amigo de Antonelli desde Oxford y juntos han buscado el objeto durante décadas. Su motivación es el poder, pero con el tiempo su filosofía se ha vuelto más oscura y corrupta.
En esta novela Forte recibe la noticia del hallazgo del lingote de plata . Apoya a Antonelli en la búsqueda de Stéfano y está dispuesto a usar todos sus recursos para obtener el meriáa pyramis. Su influencia es omnipresente a través de Antonelli y el consejo.

Juan Sánchez Navarro
Personaje principal
Joyero y anticuario en Marbella, España. Se dedica a la compraventa de joyas, antigüedades y secretos. Tiene cuentas en Suiza y en Gran Caimán, y maneja negocios opacos. Astuto, oportunista, cínico; hombre de negocios práctico que antepone su beneficio personal; capaz de mentir y manipular; cree en su inteligencia y capacidad para aprovechar oportunidades; tiene un lado sórdido.
Lo Favorito del Autor
La parte favorita del autor en esta novela:
Verne joven, enamorado, sufriendo reveses con todas las que cortejaba (una novelización de lo sucedido en la vida real)
Primeras Páginas
1
Tánger, 07 de diciembre
Fátima levantó sus ojos, que por instantes habían permanecido clavados en sus propias manos temblorosas, y lo observó. Él hombre frente a ella la miraba a su vez con un tímido esbozo de sonrisa. Por alguna razón —llámese instinto, sexto sentido o intuición— aquel desconocido le inspiraba confianza.
Sin embargo…
«¿Qué demonios hago aquí?». Eso fue lo primero que se cuestionó, mientras procuraba calmar los músculos de su cuerpo, que temblaban como si tuviesen vida propia.
«¿Qué demonios hago aquí?», se repitió en algún rincón de su mente, mientras su corazón parecía querer salírsele del pecho, de tan fuerte y de tan rápido que latía.
El lugar de aquel furtivo encuentro no podía ser más alarmante: una callejuela perdida de la Medina de Tánger. Ser mujer y estar allí, sola, representaba un riesgo, pues en un mundo cada vez más envenenado por cuestiones que, a su juicio, eran más políticas y de conveniencia para algunos que religiosas de verdad (aunque las mentes débiles pudieran ser arengadas tocando esas fibras que llegan a lo profundo de la psique), no «encajar» en ciertos entornos podía resultar muy peligroso…
Para evitar complicaciones, se vistió conforme a las costumbres más conservadoras, con ese traje que detestaba y que representaba todo lo que se empeñaba en combatir: el burka negro que le envolvía de los pies a la cabeza y el rostro cubierto por un velo. Lo único que mostraba el opresivo traje eran sus ojos, como si tuviese que avergonzarse de su ser, ¡como si tuviese que sentirse pecadora por haber nacido mujer!
Fátima llegó al sitio convenido al filo de las cinco. Lo vio apenas cruzó el umbral de la tienda de fachada indefinida cuya dirección halló sin problema en Google Maps. Su porte y rasgos eran imponentes; no dudó que fuese el comprador que había ofrecido una absurda suma de dinero por su «tesoro».
El hombre pareció sorprendido al verla ataviada de esa forma. Su rostro, de edad indefinible —cincuenta, quizá— permanecía apacible, mientras sus ojos, expresivos y particularmente hermosos, parecían esculcar en lo profundo de su alma.
Con un gesto casi imperceptible, el tendero —un árabe de sonrisa amable pero mirada sospechosa—, los invitó a pasar a la trastienda y bajó los ojos como si pretendiese no ver nada. No era la primera vez que transacciones de ese tipo se realizaban en su local: el comercio de secretos era una parte lucrativa de su empresa.
—Mademoiselle, el objeto, por favor —dijo el comprador en francés, una vez fuera de la vista del resto del mundo. Su voz estaba imbuida de una fuerza magnética que Fátima percibió: era un ser particular, y transmitía una energía envolvente. Por un segundo fue incapaz de reaccionar, preguntándose para sí:
«¿Quién es? ¿De dónde lo conozco?».
Controlando sus manos temblorosas, extrajo del bolso un cáliz de boca ancha de unos veinte centímetros de alto, dorado —aunque opaco por los siglos—, fabricado con lo que parecía una aleación de bronce.
Lo colocó despacio sobre una mesa en un rincón de la trastienda.
El comprador lo devoró con sus ojos, que emitían un particular destello.
«¿De dónde? ¿De dónde lo conozco?».
2
Fátima se cuestionó una vez más —al igual que toda la tarde—, por qué había aceptado hacer eso, por qué había aceptado estar allí.
Una promesa… Una promesa, ¡y las malditas leyes machistas!
Una semana atrás, una mujer entró en su despacho. Su rostro y la desesperanza que la envolvía como un manto lúgubre, sumado a la derrota que gritaban sus pupilas de color azul intenso, dijeron a Fátima lo que debía saber. Otra víctima.
Fátima escuchó —con lágrimas en sus mejillas y rabia en su corazón—cómo el marido de la mujer fue asesinado a sangre fría, dejándola viuda y con una hija adolescente. Según las leyes de su país, como mujer no tenía derecho a heredar, ¡ni ella ni su hija! Ni siquiera por haber trabajado toda su vida para crear una pequeña fortuna, que ahora quedaría en manos de los hombres —si es que podía llamar así a esos canallas— de la familia de su esposo.
Tras la repentina y misteriosa muerte, el hogar de la familia —una propiedad valiosa ubicada cerca de la playa— fue reclamado por el único hermano de aquel: un «devoto religioso» que recitaba de memoria sus sagrados libros, pero que las lanzó a la calle sin remordimiento, apropiándose hasta del último centavo que su marido y ella ahorraron a lo largo de los años. ¡Todo de acuerdo con «la ley»!
La ley. «Dícese del instrumento usado por los poderosos para someter a los débiles y acallar a sus detractores, bajo el pretexto de buscar el orden y la justicia». Fátima aprendió esa máxima muy joven, al ver las injusticias repetirse por doquier. La ley. ¿La ley de quién? ¿Aprobada por quién? ¿Con qué intención? Para nadie es un secreto que, sin importar el régimen político, las leyes se hacen a medida de quien pueda pagarlas, o de los caprichos del dictadorzuelo o rey de turno. Incluso en las llamadas «democracias», los legisladores están al servicio del mejor postor.
Injusta o no, la ley era la parte más importante de su vida.
Su madre era una abogada holandesa; su padre, un abogado y diplomático marroquí. Ella, con una posición de privilegio poco común en su país, estudió Derecho en Holanda y una especialidad en Derechos Humanos y Mujeres en la Universidad de Navarra. Terminados sus estudios en Europa, Fátima Malik-Oberstend, ahora una abogada prominente lista para enfrentarse al mundo, volvió a Marruecos, el país de aquellas injusticias, lugar donde su consciencia le dictaba que tenía que estar. Junto a su madre, fundó una organización no gubernamental dedicada a asistir a las mujeres. Aunque no atacaba el mal en la raíz, al menos cambiaba algunas vidas y alimentaba su energía para seguir la lucha.
Con su rostro lleno de lágrimas —pues, aunque la historia de la viuda era tan común en su país, ella siempre terminaba por llorar—, aseguró a su nueva clienta que haría lo posible por ayudarla.
Djemma, la viuda, le entregó entonces el cáliz: lo único que había salvado de su fortuna, su única esperanza de recoger algún dinero. Cuando Fátima lo vio, su corazón se contrajo de tristeza, sin comprender cómo ese objeto, una vieja copa sin valor, podía ser de alguna ayuda. ¡Pero ella cumplía sus promesas!
El siguiente fin de semana cruzó en el ferry Tánger-Málaga la corta distancia que separa a España de Marruecos; un viaje que hacía con frecuencia para recuperar sus fuerzas y respirar un aire que no fuese de opresión. Llevaba el cáliz de la viuda para que un amigo estableciera su valor. La reacción del experto, un joyero y anticuario de Marbella, no dejó de sorprenderla. El cáliz era antiguo. Muy antiguo.
—Esto puede valer algo. Te diré qué haremos, Fátima —dijo su amigo el español—. Enviaré un wasap a mis conocidos, y lo listaré en un par de sitios de Internet. No me extrañaría si aparece un comprador».
Con esas palabras, la esperanza retornó a su espíritu y a sus labios un esbozo de sonrisa. Tres días después, a las diez, su teléfono sonó.
—¡Lo he vendido! ¡Lo he vendido! —dijo emocionado el español. Luego describió cómo un comprador de Dubái ofrecía un precio extraordinario y viajaría a Tánger esa tarde. El encuentro estaba coordinado para las cinco en la Medina donde en una de las tiendas, un contacto de confianza, la protegería en la transacción y se aseguraría de que recibiese su dinero.
Ahora, siete días después de que el cáliz llegase a sus manos, y a siete horas de la llamada de su amigo el anticuario, Fátima estaba en una apretujada trastienda, arriesgando su vida en medio de tejidos multicolores y copias de bolsos Louis Vuitton.
Todo para cumplir una promesa.
Con recelo, pues ahora sabía el valor del singular tesoro, observó al comprador mientras este revisaba el cáliz con ojos penetrantes que parecían esconder herméticos misterios. Lo examinó por un minuto, quizá dos, por arriba, por abajo, y por cada uno de sus lados, no hubo un milímetro de bronce que no recorriesen sus ojos esculcantes. Con las yemas de los dedos, acarició una marca, una incisión en la base de la copa, y justo cuando una lágrima amenazaba con desertar sus ojos, sonrió.
—Grazie, Grazie… Je vous remercie… —dijo, mezclando el francés y el italiano, traicionando su origen, en un tono que no ocultaba una emoción profunda. Sin dejar de acariciar el cáliz con su alma, sacó un sobre con la suma convenida, veinte mil euros, una pequeña fortuna a cambio de una copa vieja, con la cual Fátima ayudaría a la pobre viuda.
3
Mientras Fátima recibía el sobre y confirmaba su contenido, el hombre de los ojos penetrantes se refugiaba en las profundidades de su mente, experimentando una felicidad que no había sentido en siglos. ¡Lo había buscado por todo el mundo! Había estado allí, en el infinito, perdido por quién sabe cuánto tiempo… ¡y al fin hoy lo encontraba!
El cáliz de bronce fue por milenios el objeto más preciado de toda la raza de profetas: individuos con la extraña potestad de ver ondas en el éter, e interpretar el porvenir de esta desdichada humanidad. Y daba gracias a que no era de oro, o mucho tiempo atrás lo hubiesen fundido para formar parte de la corona de algún rey, del anillo de algún obispo, o del lingote de un mafioso o de un político, hundido en la bóveda secreta de un banco en Suiza o Luxemburgo.
Cuando el 7 de diciembre al ser las siete de la mañana, sus algoritmos descubrieron la subasta, su corazón saltó al menos dos latidos. Por años sus programas esculcaron Internet —esa extraña compilación de todo lo pensado y escrito en la historia; perdido entre los pensamientos irrelevantes de una masa con teléfonos y una gran necesidad de fama y atención—, hasta que aquella mañana calurosa en Dubái, un mensaje le anunció el ansiado match.
Siete de diciembre. Siete de la mañana. Siete, doce, siete…
No era ajeno al poder de la numerología, sabía que los números son el idioma del infinito.
«La ciencia de los números y el arte de la voluntad son las dos claves de la magia; ellas abren todas las puertas del universo», como afirma la verdad aprendida por Pitágoras de los sacerdotes de Menfis.
Aquella combinación no escapó a su intelecto: el infinito hablaba, su obligación era escuchar.
Contactó al joyero español que conducía la subasta. Iniciada en cinco mil euros, tenía una oferta de ocho mil: alguien más se interesaba por el cáliz. «¿Quién o quiénes estarían pujando? ¿Por qué?».
—Muy buenas tardes, ¿hablo con el señor Sánchez Navarro?
—Sí, soy Juan Sánchez.
—Gracias, señor Sánchez, mi nombre es Piero Vinci —dijo en perfecto español. Aún sonreía cada vez que lo decía. Le gritaba al mundo quién era, y, sin embargo, a nadie se le hubiese ocurrido ni en sus sueños la verdad.
Leonardo di ser Piero Da Vinci, su nombre de hace muchos siglos.
Arquitecto Piero Vinci, en esta vida.
—¿Piero Vinci? ¿El arquitecto? —preguntó Sánchez sorprendido.
—Vaya, ¿me conoce?
—¿Y quién no? Arquitecto Vinci, permítame decirle que habla con un admirador. La belleza de sus edificios, la claridad de cada línea, de cada detalle. Soy cortador de diamantes, y le juro que sus edificios parecen diseñados con la precisión y belleza de un diamante.
—Muchas gracias, me halaga —dijo serio pero complacido. Sus edificios los diseñaba con tal cuidado que no en vano se le consideraba el mejor arquitecto del mundo, aunque no hubiese tantos que apreciasen aquel arte.
—Y dígame, señor Vinci, ¿a qué debo el honor?
—Está subastando un cáliz —afirmó Leonardo.
—Sí, sí, de bronce, muy hermoso, muy antiguo y…
—Lo quiero.
—Pero, señor Vinci, el problema es…
—Lo quiero; el dinero no es problema; nada es problema.
—El joyero midió sus siguientes palabras con cuidado.
—Es que, comprenderá que ese precio en el cual inició era… para probar el mercado. Sabemos que es muy pero muy valioso, y esperamos alcanzar un precio altísimo en subasta.
—¿Cuánto?
Le había dicho a la consignataria que tendrían suerte si obtenían diez mil euros, quince mil si aparecía un loco con dinero. Decidió probar cuánto quería Vinci aquel cáliz.
—Ochenta mil euros.
Da Vinci no pestañeó. Un millón de euros, cien millones, ninguna suma hubiese sido demasiado alta.
—Le daré cien mil si concluye la subasta ya y me indica dónde y cómo recoger el cáliz.
Sánchez titubeó. Trataba de decidir si la oferta era real, y no algún tipo de broma.
«Demasiado bueno para ser verdad… Nunca falta un gracioso».
Piero Vinci, el arquitecto más famoso del mundo. ¿Sería en verdad él en el teléfono? Nada perdería arriesgándose.
—Tenemos un trato —respondió Sánchez—. El tazón está en Tánger, Marruecos. Arreglaré con la consignataria que lo traiga a España, haremos el papeleo, etcétera, nos llevará unos días. ¿Nos vemos en Marbella la próxima semana?
—¿Qué tal esta tarde, en Tánger? El dinero está listo. Me indica si se lo transfiero ya a su cuenta en Santander, o al UBS en Suiza, a la cuenta de su corporación de Gran Caimán.
Sánchez quedó estupefacto tras estas palabras. Nadie conocía su cuenta en Suiza, y mucho menos, su corporación en Gran Caimán —que siempre había creído anónima, y que guardaba como su mayor secreto—. ¿Sería una trampa de Hacienda? Por un momento, sintió miedo. Si habían pillado a Messi y a Cristiano… Después de un silencio prudente, respondió con un tono muy serio, el de un hombre acostumbrado a hacer negocios.
—Señor Vinci, no dudo que es un hombre poderoso, no cuestionaré cómo sabe de mis cuentas. Soy práctico; hagamos lo siguiente, transfiérame ya ochenta mil euros al UBS, imagino que tendrá mi número de cuenta. Los otros veinte mil los llevará en efectivo a Tánger. ¿Está familiarizado con la Medina?
—Sí —dijo Leonardo.
—Perfecto; si recibo el dinero ya, lo hacemos hoy a las cinco. Haga la transferencia, y me llama de nuevo para darle indicaciones. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
El joyero colgó. Esperó unos minutos, sentado en su oficina, meditando su próximo paso. Aún no estaba seguro de creer en la historia de Piero Vinci y sus cien mil euros. Pero entonces, un software instalado en su portátil atrás emitió un bip particular. Transferencia. Abrió la pantalla. Ochenta mil euros en su cuenta de Suiza.
El maldito es de verdad.
El teléfono sonó.
—Señor Sánchez.
—Sí, gracias, señor Vinci, confirmado. Cinco de la tarde en el local número once, tercer cuadrante. El propietario se llama Said, allí llegará la vendedora.
Da Vinci colgó. No hubo despedida.
Sánchez miró al frente otro minuto, decidiendo su próximo paso. Luego marcó un número, no sin antes cambiar de semblante, como si debiese asumir un nuevo personaje.
—Fátima, ¿cómo estás?
—Hola, Sánchez, bien gracias, ¿y tú?
—Excelente, guapa, excelente. ¡Y con noticias! —dijo sonriendo de forma evidente, lo cual era notable aún al otro lado del teléfono—. ¡Hemos vendido el cáliz!
—¿En serio? ¡Gracias, Sánchez, gracias! ¿Cuánto, cuánto, cuánto? —preguntó Fátima emocionada.
—Mira, una negociación muy pero muy difícil, ¡pero no me creerás! ¿Recuerdas que te dije que tal vez conseguiría diez mil o quince mil euros? ¡Te conseguí veinte mil! Increíble, ¿no?
—¡Fantástico! ¡Qué bueno!
—Vale, de allí hay que descontar mi quince por ciento—dijo Sánchez, como implicando que le daba mucha pena tener que cobrar—. Es más, Fátima, sabes que me caes bien, y tu padre es un gran cliente … dame el diez por ciento, y me sigues comprando las joyas a mí, como siempre, ¿de acuerdo? Dos mil euritos no me caen mal, ya sabes, la crisis.
—Sánchez, ¡eres un amigo! Quedan pocos hombres buenos en este mundo, y tú eres uno. Estás ayudando a una viuda que lo necesita.
—No es nada, para eso estamos. Un detalle. El comprador quiere verte hoy mismo en la Medina de Tánger. Te llevará el dinero en efectivo.
—Pero…
—Es de confianza, no tendrás problema, y el lugar de reunión es seguro. Estará en el local once del tercer cuadrante a las cinco de la tarde. Tú le llevas el cáliz, él te da el dinero, y cuando puedas, en tu próximo viaje a España, no hay prisa, me traes mi diez por ciento, eso es lo de menos. Luego de la transacción, Said te acompañará hasta tu casa, para que no pase nada mientras llevas contigo ese dinero.
—Gracias, de verdad, ¡eres genial! ¡Hagámoslo así!
—Venga, me llamas apenas hagas la transacción para asegurarme de que todo ha salido bien, ¿vale?
—Vale, te llamo, y gracias, Sánchez, ¡gracias! —dijo Fátima.
Una vez que colgó, una sonrisa se dibujó en el rostro de Sánchez. Luego hizo una última llamada.
—¿Said?
—Que Alá te bendiga, amigo Sánchez.
—Igual, hombre, igual. Tenemos una entrega. Llegará un tío a las cinco a encontrarse con una mujer, ya te envío la foto. Necesito que le des seguridad, como siempre, y te asegures de que ella reciba el dinero, y él, el objeto que compra, y que luego la acompañes a ella y la protejas. El honorario de siempre.
Hizo una pausa, se echó para atrás en su silla, dio una fumada a un cigarro que acababa de encender y soltó una bocanada de humo. Se sentía tremendamente bien consigo mismo.
—Hazme un favor, Said, graba todo. Quiero confirmar que el comprador es quien dice ser; el asunto me da curiosidad.
—Amigo Sánchez, puedes contar con tu amigo árabe, como siempre.
Sánchez sonrió. El acento y la pompa de Said siempre le causaban gracia.
—Por cierto —continuó el árabe—, mañana te envío a mi hijo con unos tesoritos que me acaban de llegar del sur. Míralos, y hablemos de precio. Tú sabes, tú sabes, siempre envío lo mejor, y por eso hacemos negocios, amigo mío, buenos negocios.
—Venga, hombre, te dejo, tengo que coordinar unas cosas, ¿vale?
Colgó el teléfono, y dio otra bocanada a su cigarro.
Se consideraba un hombre práctico, inteligente, de negocios. Le había conseguido a su cliente muchísimo más de lo prometido. Los ochenta mil de más eran la comisión por su extraordinaria capacidad de negociación. Había leído en algún libro que los seres humanos tenemos poderes sorprendentes, pero que algunos los usan para mal, pues al descubrir de lo que somos capaces se nos abre un peligroso universo de posibilidades… ¡No en su caso! ¡Él simplemente estaba atento a ese universo de posibilidades que se presentan a los que quieren ganar un poco de dinero!
¿Y para qué demonios querrá Piero Vinci ese tazón? ¿Lo usará de pisapapeles en su escritorio, porque eso lo hace sentirse poderoso? O quizá quiere diseñar basándose en sus curvas… ¡qué sé yo!
—¡Bahh! ¡Pues qué me importa! —exclamó en voz alta. Lo que sí le importaba era que en diez minutos había ganado ochenta mil euros «en negro», ya en su cuenta en Suiza.
«Excelente preparación para la Navidad», pensó. «Después de las fiestas cierro tienda, y me voy todo enero de vacaciones a Tailandia. Ya me hace falta un massaaai a manos de una linda chica tailandesa».
4
En la trastienda de Said no hubo más ceremonia.
Ni Fátima ni el comprador quisieron —ni pudieron— pronunciar otra palabra. Caminaron en silencio hasta la puerta de la tienda. Allí, el hombre la miró de nuevo —con esos ojos que, aunque pasasen muchos años, ella estaba segura de que no olvidaría—, tomó sus manos entre las suyas y, con un gesto, pues las palabras parecían habérsele agotado, le agradeció una última vez. Luego, se marchó.
Fátima quedo inmóvil mientras lo veía alejarse y confundirse con la multitud. Ahora estaba convencida, algo dentro de sí se lo gritaba, que el rostro de aquel ser enigmático le era profundamente familiar…
Leonardo da Vinci avanzó por las callejuelas de la antigua Medina, sin que sus manos pudiesen separarse del cáliz que había regresado a él. Pero ¿quién era aquella mujer? ¿Por qué lo tenía en su poder? ¿Sería acaso una moderna profetisa que ya no quería el don y se deshacía del tesoro? Poco probable. Olvidó preguntarle y ahora nunca lo sabría.
En ese momento lo importante era regresar a Dubái e iniciar las meditaciones. Doce noches. En la treceava iniciaba el segundo ritual por siete noches, y, si todo estaba bien, las visiones aparecerían. ¿Funcionaría después de todos esos siglos? ¿Sus poderes seguirían intactos? ¿Seguiría siendo él un profeta elegido?, se preguntaba. No lo sabría hasta probar… De lo que tenía certeza era de que era obra del destino, pues el momento de su última profecía se acercaba sin remedio. Si el universo o el mismísimo Creador ponían el cáliz en su camino, era porque algo malo estaba por pasar. Leonardo deseaba de todo corazón que hubiese tiempo de evitarlo.
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