Caballeros de Nostradamus · No. 5
Un terremoto sacude la Pirámide de Cholula y revela un secreto enterrado durante milenios. Artefactos ocultos emergen en Polonia, manuscritos prohibidos salen a la luz en el Vaticano y un grupo de poder se reorganiza en Washington D.C. La conspiración que ha moldeado la historia humana desde la antigüedad finalmente se muestra — y no tiene intención de detenerse.
4.8 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Athena Dubois
Personaje principal
Athena es la hija de Angelique Dubois, huérfana criada en un orfanato en Martinica. Posee el don de profecía. Mencionada por el profeta Salomón de Amiens en un manuscrito del siglo XVI, y dibujada cuatro siglos atrás, es buscada para cumplir la profecía de Salomón. Su papel en la profecía es fundamental.

Jean Chretien (J.C.) Perrier
Personaje principal
Billonario francés, presidente de Industrias Perrier.
Desciende de Francesco Perrier (Conde de Saint Germain).
Hombre de temperamento de acero, poderoso y decidido, pero vulnerable emocionalmente.
Lidera la búsqueda de las columnae.

Fátima Malik
Personaje principal
De Marruecos, trabaja con una fundación. Es pareja de Ricardo (aparentemente, pues se recuesta en su pecho). Tiene un enfoque racional y estructurado. Su papel es recapitular la información y coordinar al grupo.
Miembro del grupo de Cholula. Se convierte en líder de facto del grupo tras la activación. Madre adoptiva de Athena. Recuerda fragmentos de su vida pasada como Persélope.

Ricardo Díaz
Personaje principal
Ricardo Díaz creció en una familia adinerada en Costa Rica. Estudió Derecho y trabajó en el Banco Mundial antes de iniciar una carrera diplomática. Su sueño era ser embajador en Italia, pero perdió la plaza frente a su primo hermano Arthur, lo que desencadenó una profunda depresión. La muerte de su madre y la ruptura con su prometida Tatiana lo llevaron al borde del suicidio.
Tras el asesinato de Arthur, pospone su decisión y acepta el cargo de embajador en Roma para investigar y tratar de resolver el misterio de su asesinato. Conoce a la periodista Alessandra Rocca, quien también investiga.

Doménica Le Blanc
Personaje principal
Heredera suiza, con un 25% de acciones en dos bancos (uno en Suiza y otro en Luxemburgo). Artista y astróloga. Tiene acceso a un jet bancario. Su padre coleccionaba autos antiguos.
Es novia de Stéfano y amiga de Jacinta Schneider.

Leonardo Da Vinci
Personaje principal
Leonardo da Vinci, el genio del Renacimiento, fue el maestro de Nostradamus y Melzi. Les transmitió conocimientos esotéricos, les legó el cáliz de los profetas y los manuscritos, y les reveló parcialmente el secreto de la inmortalidad. Primero aparece en los recuerdos de Nostradamus, especialmente en su lecho de muerte y en las enseñanzas a sus discípulos. Su decimotercera profecía es el eje de la trama.
Pertenece a una raza de profetas capaz de ver ondas en el éter y predecir el futuro. Busca el cáliz de bronce perdido (el objeto más preciado de los profetas) para realizar un ritual de visiones antes de la inminente crisis. Hoy vive como Piero Vinci, el arquitecto más famoso del mundo.

Aura Gualtieri
Personaje principal
Antropóloga del grupo de excavación de Giambruno en Sudán que desaparece. Está allí tras su fallido romance con un sacerdote. Tiene consigo un tesoro familiar cuya importancia desconoce.

Carlo Nunzio
Personaje principal
Sacerdote romano, se ha enamorado de Aura Gualtieri. Cuando ella desaparece en Sudán, va en su búsqueda. Las cosas no salen como espera...

Stéfano Della Croce
Personaje principal
Stéfano Della Croce es un arqueólogo en sabático. Creció en Costa Rica como hijo único, perdió a su padre y abuelo a los diez años, y fue educado por su madre con esfuerzo.
Se convirtió en arqueólogo gracias a una beca de Lawrence Miller, su mentor.
Es un hombre atormentado por sus errores pasados: un matrimonio fallido, infidelidades... Su principal motivación es proteger a su hija Samantha y descubrir la verdad sobre su herencia y la profecía que lo involucra.
En esta novela: Stéfano comienza a descubrir los secretos de su familia. Se ve obligado a abandonar su vida normal y enfrentarse a un poder oculto que lo persigue. Su evolución implica aceptar su destino como 'el elegido' y aprender a confiar en Rachel mientras desentraña el misterio del meriáa pyramis.

Anna Plushenko
Personaje principal
Arquitecta rusa, hija de Alexei Plushenko (físico) y una candidata a Nobel. Trabaja para Piero Vinci desde hace 7 años. Es su asociada favorita y tiene acceso a secretos. Se convierte en amante de Julio Verne.

Ciduska Plushenko
Personaje principal
Magnate rusa, autoridad en microprocesadores. Es la anfitriona del grupo en San Petersburgo. Su complejo subterráneo es seguro. Ayuda a coordinar la interfase. Tiene acceso a recursos del Estado.

David Vinecourt
Personaje principal
Arqueólogo francés, amigo de Stéfano. Vive en el 9º arrondissement de París. Casado con Bernardette, tiene una hija de 8 años. Sus inclinaciones esotéricas ayudan a desentrañar el misterio de las tabletas.

Francesco Melzi, conde de Saint Germain
Personaje principal
Francesco Melzi, conde de Saint Germain, fue el discípulo favorito de Leonardo da Vinci. Heredó sus manuscritos y, tras la muerte del maestro, descubrió junto a Nostradamus el elixir de la inmortalidad. Ha vivido como un noble errante, a veces usando el alias de conde de Saint Germain. En esta novela, vive retirado en París, meditando sobre el ciclo de la vida. Es sorprendido por la llegada de un moribundo Nostradamus y juntos intentan evitar el apocalipsis.

Isaac Newton
Personaje principal
Sir Isaac Newton ha pasado cuatro siglos recolectando conocimiento arcano. Vive en un castillo en Woolsthorpe, Inglaterra. Desarrolla un artilugio que según cree, podría ayudar a evitar el apocalipsis.

Julio Verne / Pablo Flores Rincón
Personaje principal
Julio Verne, en su primera vida fue un escritor famoso; luego, por más de un siglo, ha vivido en el anonimato, cambiando de identidad. Actualmente vive como Pablo Flores Rincón en Madrid. Es el heredero de los secretos de Leonardo y Nostradamus.
Tuvo visiones del futuro que plasmó en sus novelas. Amigo de Tesla y Twain.

Lawrence Miller
Personaje principal
Arqueólogo de la Universidad de Nuevo México. Mentor de Steven Giambruno, Stéfano Della Croce y David Vinecourt.
Lawrence Miller fue contratado en 1985 por el consejo de billonarios para analizar la Biblia de Gutenberg, donde descubrió el código secreto del meriáa pyramis y un segundo código sobre una profecía que involucraba a su propia familia. Conocía los secretos del consejo y tenía acceso a información de primera mano sobre sus planes. Su motivación era cumplir la profecía y revelar la verdad a Stéfano antes de morir.

Leonardo Di Monti
Personaje principal
Cardenal y arzobispo de Venecia, es traicionado por el Papa Pablo VII.
Se espera que sea electo Papa en el próximo cónclave.

Maurizio Forte
Personaje principal
Maurizio Forte comenzó su carrera como un precoz multimillonario gracias a la bolsa de Londres. Su ambición lo llevó a crear un consejo que controla áreas clave como la banca, los medios y la energía. Cree que el meriáa pyramis le otorgará la inmortalidad y el poder absoluto. Es amigo de Antonelli desde Oxford y juntos han buscado el objeto durante décadas. Su motivación es el poder, pero con el tiempo su filosofía se ha vuelto más oscura y corrupta.
En esta novela Forte recibe la noticia del hallazgo del lingote de plata . Apoya a Antonelli en la búsqueda de Stéfano y está dispuesto a usar todos sus recursos para obtener el meriáa pyramis. Su influencia es omnipresente a través de Antonelli y el consejo.

Michel de Nostradamus
Personaje principal
Michel de Nostradamus es el famoso profeta del siglo XVI, que en 1566 fingió su muerte y ha vivido durante siglos como consejero, médico y astrólogo en cortes europeas, ocultando su identidad. Posee el don de profecía heredado de una larga estirpe, y es portador del cáliz de los profetas. En esta novela, reaparece tras siglos de silencio para evitar el cumplimiento de la decimotercera profecía de Leonardo da Vinci, que predice el fin del mundo.

Rachel Miller
Personaje principal
Rachel Miller es la sobrina y única heredera de Lawrence Miller. Ayudó a su tío en los últimos meses a reunir las piezas del rompecabezas sobre el meriáa pyramis. Heredó conocimientos secretos. Su motivación es cumplir la última voluntad de su tío y proteger el legado familiar.

Sacerdote Alberto Giusti
Personaje principal
Sacerdote italiano que ayuda a Ricardo y se convierte en su aliado de confianza. Su rol exacto en la trama aún no se ha revelado completamente, pero se insinúa que será pieza clave.

Itzamara
Personaje principal
Aparece en novela 5 en Cholula, y está relacionada con los secretos que esconde esa ciudad. Joven mexicana de ascendencia indígena.

Jacinta Schneider
Personaje principal
Mujer rubia, de piernas largas, belleza formal y reservada. Alta ejecutiva de las empresas familiares. Ojos serios y mirada práctica. Complexión esbelta. Amiga de Doménica Le Blanc. Es hija de un dueño de un ejército privado europeo.... y algo más.

John O'Brien
Protagonista
Cardenal americano ultraconservador, elegido Papa como Pio XIII. Enemigo de Di Monti. Su papel irá creciendo a lo largo de las novelas...

Nicolás Maquiavelo
protagonista
El famoso pensador Nicolás Maquiavelo, longevo. Es el principal antagonista. Tiene su propia agenda, una que ni sus supuestos aliados conocen.
Lo Favorito del Autor
La parte favorita del autor en esta novela:
La intervención de PROSPERO LAMBERTINI, el Papa Benedicto XIV, que apareció en la novela después de que yo conociera a un descendiente de su hermano, que me contó su historia.
Primeras Páginas
To-morrow — oh, that’s sudden!
Spare him, spare him!
He’s not prepared to die.
SHAKESPEARE
Puebla, México, 27 de diciembre, 9.02 a.m., GMT-6
El arqueólogo Steven Giambruno, el más antiguo discípulo del gran Lawrence Miller en la universidad de Nuevo México, reaccionó sobresaltado al escuchar a la distancia el claxon de un vehículo, absorto en sus pensamientos como estaba.
Era un tipo de clase media alta, algo pomposo, aunque de modales exquisitos. Lo pomposo se lo daba, aunque no fuese intencional, un bronceado perfecto que mantenía, no se sabe muy bien cómo, hasta en lo más crudo del invierno.
Estadounidense, su padre era italiano y su madre francesa. De él había heredado su bronceado y su gusto por lo fino. Su ropa era impecable, su cabello perfecto, sus lentes, su reloj, sus zapatos hechos a mano por un diseñador, todo parte de un conjunto pensado para transmitir una idea de pulcritud, de elegancia, de una cierta aristocracia (aunque nunca mencionó un origen nobiliario) que mantenía, no se sabía bien como, aún en medio del polvo y el calor de las excavaciones.
De su madre, la herencia fue su retórica perfecta, que provocaba que cuando se discutiese con él de cualquier tema –fuese de vinos, política, fútbol o arqueología–, recitase un discurso lleno de datos y opiniones, analizado, disecado y consensuado consigo mismo, que podía dar en inglés, en francés o en italiano, idiomas que hablaba perfecto y con acento nativo desde niño. A los diez hablaba el español de sus compañeros de escuela –creció en California–, y para cuando se graduó de la universidad de Nuevo México, hablaba alemán y portugués. Sus viajes por el mundo le enseñaron árabe y hebreo, y hoy, a sus cincuenta, leía una tableta babilónica, una inscripción maya o un papiro egipcio como si leyese la última novela de Wilbur Smith.
El doce de diciembre, cuando uno de sus asistentes desenterró una tableta de la base de una columna de un templo en el Norte de Sudán, con una rápida mirada reconoció un texto que se repetía en todas las culturas, no importa que tan lejanas estuviesen. Si alguien podía dar testimonio de ello era él, pues lo memorizó desde la primera vez que lo descifró en un templo olmeca-maya en América, y lo encontró repetido en una tableta camboyana, una egipcia y una hindú; los incas de Perú, los nativos de la Polinesia, los chinos... verbatim, palabra por palabra, repetían la advertencia de un final y de un nuevo principio, como si algo –o alguien–, hubiese querido que el mensaje apareciese en todos lados y fuese inconfundible.
Más extraño aún, era la advertencia que aparecía en el manuscrito de mil doscientos años, en su familia desde hacía siglos, y que mucho atrás le había llevado a estudiar arqueología. Un tesoro sacado del Vaticano tres siglos antes por un antepasado suyo que no quería que tal mensaje quedase oculto para siempre.
Tras los incidentes en el templo del desierto provocados por su descubrimiento, salió abruptamente de Sudán. El que ese extraño, el sirio, hubiese intentado robar su tableta el día en que fue desenterrada, le confirmó que alguien más quería la información que contenía.
El quince de diciembre decidió que era momento de empacar y regresar a Europa con las maletas. Una excavación normal hubiese debido seguir muchos meses, pero la muerte del sirio y la desaparición de Aura Gualtieri, la antropóloga del grupo, le dieron el pretexto perfecto para comunicar al museo que las condiciones de seguridad ya no eran aptas.
Lo más importante del trabajo estaba concluido, cumplida con la misión encomendada por su mentor y amigo, Lawrence Miller, propulsor de la excavación. El doce de diciembre le comunicó el grueso de su descubrimiento al viejo arqueólogo que esperaba con ansias por noticias en Nuevo México.
Tras volver de Sudán, y durante tres días completos, trató sin éxito de comunicarse con Miller, curioso de saber más de los secretos que escondía. Miller le había confiado qué buscar y dónde buscarlo, no lo que significaba. Giambruno no preguntó más, temía que su mentor le hiciera a su vez preguntas, y que él se decidiera a revelarle sus secretos, y a hablarle de su manuscrito.
Sin embargo...
El diecinueve de diciembre se enteró por las noticias del asesinato de Miller días después de que él le enviase la información de sus hallazgos. Esto le preocupó más de la cuenta, pues había motivo para pensar que ambos hechos estaban conectados.
Pasó la siguiente semana en Francia inventariando y entregando los artículos recuperados (por el convenio con el gobierno sudanés, los artículos serían estudiados en el Louvre, expuestos por siete años, y devueltos al Museo de Jartum) pero omitió referirse a la tableta de piedra que el sirio trató de robarle.
Esta tenía otra particularidad: una pieza similar, por no decir idéntica, apareció diez años antes en Camboya, en unas ruinas secundarias de Angor Wat. No era la primera vez que objetos encontrados a miles de kilómetros de distancia tenían similitudes, pero aquí la situación era diferente. Los símbolos en ambas eran mayas. ¡Mayas! Lo sabía tras pasar años en México y Guatemala. Su contenido recordaba la famosa profecía del dos mil doce –la que no se cumplió–, y agregaban una frase que conocía de toda la vida, con una ominosa advertencia:
La pirámide hablará de las aguas que llegarán;
de los fuegos que llegarán; ¡y los cráteres también hablarán!
Su perfecta comprensión del lenguaje antiguo le permitió descifrar que el hecho a que se referían ocurriría en cuatro lugares en la tierra, ¡lo mismo que decía el manuscrito familiar!
Poco después de las nueve de ese veintisiete, tras viajar miles de kilómetros, Steven Giambruno contemplaba entre extasiado, sorprendido y atemorizado, los mismos símbolos en las paredes del túnel. Recorrió el enorme sitio arqueológico por media hora hasta encontrar el lugar exacto donde su memoria le decía que los había visto. Ahora, tras analizar cada inscripción, llegó a una conclusión aterradora. No solo era este uno de los lugares de las profecías: era el lugar exacto donde el final comenzaría.
Y unos minutos después, a las nueve y ocho minutos de la mañana, comenzó. El suelo se sacudió con violencia y las paredes del túnel se estremecieron como si sufrieran una furiosa convulsión. Aunque durante sus muchos viajes el arqueólogo Giambruno se había habituado a los movimientos de un planeta en evolución, esta sacudida era diferente. La oscilación, la onda expansiva, algo en la forma en que las masas de piedra vibraban como si quisiesen explotar, le gritaba que lo que más temía comenzaba a suceder.
La purificación.
Por tres siglos su familia había creído sin reservas en lo relatado por el manuscrito Médici, un tesoro que se enorgullecía de poseer y proteger. No él, el más escéptico de todos. Aquel amasijo de folios recibidos como herencia de su padre para su primer cumpleaños del milenio, relataba una historia de gigantes, pirámides, esferas y del inminente final de un ciclo y de la civilización.
Se suponía que el destino reservaba para él la tarea de revelar su contenido al mundo antes de esto, así quizá lo peor sería evitado.
Steven, sin embargo, no quería ser considerado un gurú de Nueva Era, luchando por imponer alguna religión, mucho menos una en que no creía, llena de futuros predeterminados, lugares mágicos y fuerzas inexplicables. Hasta le avergonzaba la idea de que alguien se enterase de que su familia había gastado tanto tiempo y energía obsesionada en la locura de un albur, una mixtificación.
Resguardó los folios, para complacer a su padre (que murió joven, a los cuarenta y ocho, mucho antes de su tiempo), pero lo hizo con desdén, ocultándolos incluso de su difunto mentor y amigo Lawrence Miller, el único con quien alguna vez pensó en compartirlos. Obtuvo bachilleratos en Historia, Filosofía, y se dedicó a estudiar Arqueología, con la idea de lanzarse por el mundo a probar la falsedad de lo aseverado por los folios.
En los últimos dos años, sin embargo, la vida le estaba llevando a demostrar lo contrario, como si las piezas del rompecabezas se materializaran una a una frente a él para probarle su verdad. Una hora antes de que las entrañas de la tierra anunciaran lo que estaba por venir, confirmó en el túnel algo que lo hacía no solo cierto, sino urgente: los símbolos en el mural eran idénticos a la tableta de Sudán. No similares, los mismos. Las implicaciones eran espeluznantes.
«Debajo de este lugar...». leyó en los símbolos.
«Así dice esta maldita línea del mural, y luego repite la frase de la tableta», se dijo.
El estrés se asentó en su cuello y hombros, pues algo dentro de sí lo compelió a compartir ese conocimiento. El problema era, ¿con quién? Miller estaba muerto, la mitad de sus amigos no entenderían una palabra, no tenía familia, y sus colegas de Nuevo México... Si les decía lo que pensaba haber probado, se burlarían de él y le arrojarían al ostracismo. Su vida dependía de una universidad y sus investigaciones requerían asignación de fondos; y era claro que nadie financiaba locos, ni a quien se alejase de los cánones establecidos.
Pero si lo que decía el manuscrito -confirmado por los símbolos- era cierto, nada de eso importaría.
Se sentó, recostado contra el túnel, con el mural frente a él, y redactó un correo explícito, aunque sin revelar demasiado, al que adjuntó un video de los símbolos en el mural y fotografías de Sudán, que servirían para probar sus aseveraciones. Le tomó un buen rato, pues escribía con un pulgar.
Lo dirigió a un colega en sabático al cual nunca llamó amigo, y con quien lo que tenía en común era la cercana relación con Miller: su mentor lo respetaba y eso tenía que significar alguna cosa. Quizá él podría ayudarle a encontrar una respuesta, y si no, al menos él se quitaría del pecho aquellas ansias de compartir la información.
Stéfano Della Croce, el colega que le estaba intentado contactar desde hacía días, pero cuyos mensajes ignoró, no queriendo hablar con nadie.
Mensaje enviado.
Eso apareció en la pantalla de su móvil en el instante en que la tierra inició sus movimientos, como si reaccionase con furia contra algo o contra alguien. Fueron segundos eternos, aterrorizantes, en medio de la oscuridad, sabiéndose en completa soledad.
«¿Es esto? ¿Así es como termina?» pensó, mientras su cuerpo se sacudía violentamente como todo lo demás.
Entonces, algo impactó su cabeza, y todo oscureció.
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