Caballeros de Nostradamus · No. 6
Cerca de Cabo Verde, un descubrimiento oceánico imposible reabre el mito de la Atlántida. Desde Washington hasta Italia, España y Sudamérica, académicos, marchantes de arte, políticos y visionarios son arrastrados hacia una red que conecta el pasado mítico con el futuro de la humanidad. El grupo que busca la extinción global comienza, por fin, a mostrar su verdadero rostro.
4.8 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Vida Jiménez
Personaje principal
Doctora en Teología, Arqueología y Sociología, máster en Arte y Arquitectura, pintora consumada. A los 15 inició la universidad. Especialista en idiomas antiguos y primeros siglos del cristianismo. Se involucra con el senador Gordon en una investigación sobre gigantes y un artefacto misterioso, robando una pirámide de oro del Smithsoniano para evitar un apocalipsis
Miembro del equipo de Poseidonis. Ayudó a cargar un cadáver durante la misión. Se comunica con Alexander Gordon, pero desconfía de él. Descubre su parentesco con J.C.

Hans Andersen III
Personaje principal
Profesor invitado en George Washington University, experto en cultura inca y conexiones entre civilizaciones antiguas usando IA. Tiene doctorados de Yale, Oxford y Bolonia. Es autor de varios libros. Cree en la reencarnación. Se dirige a un congreso esotérico en Bolonia.

Alexander Gordon
Personaje principal
Senador de Maryland, candidato presidencial, heredero de una antigua familia que controla el mundo en secreto. Estudió Derecho en Georgetown, doctorado en Ciencias Políticas en Harvard y Economía en Oxford. Viudo, padre de gemelos de 18 años. Recluta a Vida. Desea evitar la destrucción del mundo para preservar su poder.
Senador, presidente del Comité de Inteligencia del Senado y miembro prominente del Comité de Apropiaciones. Próximo presidente de Estados Unidos. Tiene una cabaña en Virginia donde caza con el tío de Vanessa. Está implicado en el complot del Círculo de Poder y el atentado de Verona. Contactó al Círculo y manipuló a Giancarlo. Contrata a Vanessa como interna por petición de su tío.

Antonio Vivaldi
Personaje principal
Encuentra un manuscrito de Verne, pero lo guarda por muchos años hasta que la vida le lleva a involucrarse con Marilyn Jones y los misterios de la Atlántida. Desciende de un hermano de Antonio Vivaldi, el músico italiano.

Marilyn Jones
Protagonista
Marilyn Jones es una rica heredera que ha usado su fortuna para explorar los mares en busca de la Atlántida a bordo de un barco llamado Nautilus, por lo general acompañada de su hermana Verónica. Es hija de Robert (Bob) Montgomery Jones y Ada Monrose-Jones.

Verónica Jones
Protagonista
Rica heredera que ha usado su fortuna para hacer lo que le da la gana. Ahora explora los mares en busca de la Atlántida a bordo de un barco llamado Nautilus acompañando a su hermana Marilyn. Es hija de Robert (Bob) Montgomery Jones y Ada Monrose-Jones. Es más de lo que parece...
Lo Favorito del Autor
La parte favorita del autor en esta novela:
La descripción del viñedo Vivaldi, y la relación especial del abuelo con las viñas.
Y por supuesto, ¡la Atlántida!
Primeras Páginas
Washington D.C., 22 de diciembre, 7.30 a.m., GMT-5
Había un sentido de urgencia en el movimiento de sus extremidades inferiores. La doctora Vida Jiménez avanzaba entre la multitud con rostro serio y sus piernas devoraban metros, subiendo y bajando escaleras sin cuestionárselo. Trataba de ir rápido, pero no tanto que sobrepasase las capacidades de su cuerpo: tenía que llegar a Nueva York.
«¿En qué diantres me metiste, Alexander?», se preguntaba mientras sacaba fuerzas para cargar el enorme oso de peluche –casi tan grande como ella–, cuyo peso se hacía difícil de llevar debido al tesoro escondido en sus entrañas: un artefacto en forma de pirámide que acababa de robar del Instituto Smithsoniano.
Trató de analizar la trascendencia o las posibles consecuencias de su descubrimiento o de sus actos, pero no llegó a ningún lado, porque no tenía ni idea de lo que significaba la trama en que se había metido.
Tomó la línea azul en Smithsonian Station, y al llegar a Metro Center se bajó. Compró una mochila en una tienda, fue a un baño, sacó el tesoro, se deshizo del peluche y tomó la línea roja hasta Union Station.
Sintiéndose observada, aunque sin estar segura de por quién ni de si los temores provocados por su paranoia eran posibles, compró un boleto en efectivo para el próximo tren a Nueva York.
Cuando por fin se sentó en el tercer vagón de primera clase, el más vacío que encontró, trató de respirar profundo y de calmar el sistema nervioso de su cuerpo que disparaba todo tipo de sinapsis.
Inhala, exhala, inhala, exhala…
Estuvo a punto de romper en llanto, pero usando las técnicas aprendidas en jiu-jitsu, pudo controlar la urgencia al recordar todo lo logrado en una existencia que la había preparado justo para este momento.
Vida Jiménez era una mujer fuerte, hermosa, soltera, independiente, cuyo coeficiente intelectual la definía como genio. Quince años atrás, siendo una adolescente, inició la Universidad en busca de cumplir su sueño. «Quiero viajar y hacer cosas interesantes, no pido mucho», se decía, y ese fue su principal requisito a la hora de escoger una carrera.
Desde muy joven desarrolló gran pasión por los idiomas antiguos. Algo le llamaba la atención en los caracteres cuneiformes, en los jeroglíficos, o en esos simples garabatos y dibujos que los seres humanos han ensayado a lo largo de su historia para transmitir su mensaje y dar a conocer sus ideas. Para ella tenían sentido –reconocía patrones aún sin haberlos estudiado–, así que buscó las carreras que tenían una relación simbiótica con ellos, y dedicó los siguientes diez años a estudiarlos. Como le venía de forma natural aprender todo, fue la mejor en cada materia que cursó, y la adolescente tímida se convirtió en una exitosísima doctora en Teología, Arqueología y Sociología, máster en Arte y en Arquitectura, además de pintora consumada.
Esa era ella, cinco semanas atrás, antes de que el Senador Alexander Gordon, uno de los hombres más poderosos de los Estados Unidos le ofreciera trabajar en un proyecto del Instituto Smithsoniano.
Su carrera estaba dando un giro importante en las últimas veinticuatro horas, tras la aparición del artefacto que llevaba en su mochila. Lo sucedido después había sido inesperado, y se estaba volviendo peligroso. La única persona en quien confiaba la esperaba en Nueva York. Era un hombre poderoso, era su amigo, y podía darle protección en caso necesario.
Reunirse con él se había tornado en algo urgente.
1
Washington D.C., 15 de Noviembre
El senador Alexander Gordon se sentó en la última fila del auditorio y escuchó a la conferencista describir la vida en los primeros siglos después de Cristo, cuando un culto temprano, una astilla de la tradición judía, comenzó a convertirse en la religión que dominaría el mundo moderno. De eso trataba el último libro de la doctora Vida Jiménez, una autora muy gustada en estos temas, y la clase de mente que no solo poseía la inteligencia para estar a la cabeza de su especialidad, sino la pasión y empatía necesarias para compartir sus experiencias. Y esto lo hacía con cualquiera que tuviera la curiosidad de leer sus libros o asistir a sus conferencias.
Para Gordon estuvo claro que las razones por las que el auditorio estaba lleno de público masculino, no se limitaban al hecho de que su libro era fascinante (también los cuatro anteriores), ni a la evidente erudición de la oradora, que lograba transportar a la audiencia a esos primeros siglos, haciéndolos recorrer las calles de Jerusalén y Roma, casi ver y tocar a sus personajes. Vida era además una mujer muy atractiva. No solo atractiva, bellísima. Cabello lacio, largo y negro, facciones delicadas pero fuertes, ojos oscuros que con la luz reflejaban magia, un cuerpo delgado y a la vez voluptuoso en una contradicción perfecta, todo unido a una voz melodiosa, a una simpatía contagiosa, y al hecho de que sus disertaciones eran en extremo interesantes; la convertían en un placer para los sentidos.
Pero Gordon no estaba allí para admirar su belleza. Su currículum, sus libros, y sus conferencias le habían convencido: ella era la elegida, la persona que le ayudaría a traicionar a las familias y todo aquello que hasta hace muy poco había seguido ciegamente.
La conferencia terminó, y el auditorio se vació salvo por un grupo de asistentes que querían tomarse selfies con la autora. Tras el proceso, que no fue expedito, y una vez que el último admirador satisfecho se alejó, el Senador, que había esperado en las filas delanteras, se acercó.
—Buenas tardes doctora Jiménez, mi nombre es...
—Senador Alexander Gordon.
—Iba a decir solo Alexander, pero me halaga que sepa quién soy.
—Gastó una fortuna en anuncios para su reelección, imagino que muchos en este auditorio podrían reconocer su rostro en medio de una multitud. Encantada de conocerlo en persona.
—El placer es todo mío, doctora.
—Entonces, ¿le interesa el cristianismo en los primeros siglos, Senador? —dijo ella, refiriéndose al tema de su libro, aún sorprendida de que un individuo tan importante estuviese allí para verla.
—Usted me ha convencido de que fueron tiempos fascinantes, y que lo sucedido entonces dio forma a los siguientes dos mil años —respondió Gordon, que había escuchado con atención la disertación.
—En efecto.
—Doctora, la razón por la que estoy aquí no es social. Leí su último libro, me gustó, y quisiera contratar sus servicios para una consulta especial.
—¿Consulta especial?
—Usted es experta en muchos temas; necesito ayuda con cierto asunto.
—¿Y en qué asunto puede estar involucrado un senador, que se relacione con los primeros siglos del cristianismo, y que lo haya motivado a venir a mis tres conferencias?
Con aquella frase le hizo ver que había notado su presencia en los días anteriores. Era difícil no hacerlo, considerando que era acompañado de al menos una docena de hombres y mujeres de seguridad, que se mezclaban entre el público y parecían inocuos, pero que Vida podía reconocer a leguas.
—Doctora, si tiene tiempo ahora, me gustaría que me acompañase a mi casa. Vivo a media hora de aquí, en Maryland, y mi conductor nos puede llevar y traerle de regreso. Allí podremos discutir el asunto. Le pagaré el honorario que usted me indique.
—El dinero no me preocupa; pero su solicitud es inusual. ¿Es una operación encubierta de la CIA o del gobierno, y voy a desaparecer después de decirle lo que quiere saber? —preguntó ella en serio y en broma.
El Senador quiso asomar un intento de sonrisa, pero como no era muy proclive a ejercitar esos músculos de su rostro, lo que hizo fue una mueca extraña.
—Eso solo sucede en películas y en gobiernos republicanos —dijo el senador.
Vida no encontró gracioso el comentario. Él continuó.
—No es un asunto del gobierno, ni trabajo con la CIA. La consulta es mía. Investigué, leí su libro, la observé esta semana, y decidí que usted es la persona a consultar.
—De qué se trata?
—Tendría que mostrárselo en mi casa. Le propongo que llame a quien quiera y le haga saber que va para allá, y que nos hagamos un selfie para que se lo envíe. Le pido que no me tenga temor, no estoy en el negocio de secuestrar a expertos de renombre.
Esta vez la sonrisa se dibujó un poco más clara, y aquello la tranquilizó un poco.
—Muy bien, senador, vamos, pero le seguiré en mi auto.
*******
La razón por la que Vida quería conducir su propio auto era para buscar en Google todo lo que pudiese sobre el Senador.
«Conoce los hechos; conoce a tu enemigo; está preparado».
No podía recordar si las palabras eran de Lao-Tsé, Maquiavelo o el Doctor Phil, –había leído libros de los tres–, pero las usaba como un mantra y siempre funcionaban.
Vivía y trabajaba en Washington D.C., pero por principio tenía la costumbre de no confiar en políticos y de no relacionarse con ellos. Algo en la falsedad intrínseca de su profesión (decir que se va a hacer una cosa mientras se negocia lo contrario debajo de la mesa; y ofrecer cosas que no se pueden ni se pretenden cumplir jugando con las esperanzas de la gente), le generaba un asco insoportable.
Pero en Google no encontró nada negativo sobre el senador. Era un hombre poderoso, más de lo que ella pensaba, pero su vida personal era inmaculada. Graduado de leyes summa cum laude en Georgetown y Doctorado en Economía en Oxford a los veintitrés, en ambos primero de su clase.
Casado con su novia de la secundaria, muerta en la pandemia del COVID-19 pues sufría de una condición de alto riesgo (según Wikipedia). Gordon se culpaba, pues él había llevado el virus a casa tras ser contagiado en el senado por un negacionista. Padre de una pareja de gemelos de dieciocho, un chico y una chica ejemplares que estudiaban al otro lado del país, en Stanford. Dos perros mastines napolitanos de pelaje pardo oscuro, Sparkles y Dino, a quienes llamaba «mis amigos, no mis mascotas». Ningún escándalo. Nadie le había encontrado nada. Ni se le detuvo fumando marihuana a los diecisiete, ni llevando un disfraz que treinta años después algún purista inmaculado llamará inapropiado en Twitter/X.
Sus posiciones en todos los temas eran centristas, sensibles, hasta podría decirse justas; y a sus cuarenta y tres era considerado el senador más prominente y el más respetado por ambos lados de la cámara, un logro casi imposible.
Después de quince minutos en CMG, (conducir mientras googleas), cosa que el piloto automático de su Tesla le facilitaba, su conclusión sincera fue que el tipo era asombroso, y que pronto llegaría a presidente, pues se rumoraba que sería el nominado por su partido para las próximas elecciones.
«¡Hasta yo voto por él!», pensó mientras hacía la llamada sugerida por el senador.
—Aló —respondió al otro lado de la línea Norah Barker, su mejor amiga, su hermana de otra madre, una abogada penalista graduada en Georgetown, tan buena que a los treinta y tres ya era socia de una de las firmas más prominentes de la capital estadounidense. Habían crecido en la casa contiguas desde los cinco años, –tenían la misma edad cuando se mudaron–, en Eastchester, New York, un pueblo de clase media alta a unos cuarenta minutos de Manhattan.
—¡Norita! —dijo Vida en forma cariñosa—. ¡No vas a creer esto!
—¡Al fin vas a trabajar menos y a vivir la vida! ¡Yeeeey!
—¡Ja, ja! Eres gra-cio-sísima, mira quién habla —dijo Vida sarcástica, pero a la vez feliz de poder charlar un rato con su amiga—. Pero esto es en verdad importante.
—Te escucho.
—Voy camino a la casa de Alexander Gordon, el senador.
—¿El de apropiaciones del senado?
—Sí, ese. Quiere que le revise un documento o algo así. Lo sé, ¿verdad? Suena interesante.
—Sí, pero también peligroso.
—Por eso te llamo, para que en caso de que no escuches más de mí, y mi cuerpo nunca aparezca, sepas quién es el asesino.
—¡El mayordomo!
Ambas rieron.
—Hablando en serio amiga, ten cuidado, con los políticos no se sabe.
—Sí, detesto a estos tipos y su entourage, pero este Gordon no se ve mala persona, no creo que quiera secuestrarme.
—Hemos visto suficientes películas para saber que es una posibilidad.
—Cierto. Debí haberme tomado el selfie que me ofreció, por aquello de las pruebas.
Norah no supo si reír, pues no pudo interpretar si Vida bromeaba.
—Okey...
—Es una broma, pero por si acaso ya sabes dónde estoy. Te dejo, acabamos de llegar.
*******
Como prometido, el viaje tomó exactamente media hora. La casa del senador era una mansión con veinte acres de terreno, varios pisos, y una cantidad absurda de habitaciones que recordaba y superaba algunos grandes castillos medievales. En apariencia Gordon vivía solo en esa casa, mansión, castillo, palacete, un espacio donde podían vivir veinte familias. Vida no comprendía este tipo de cosas. No es que le importara el socialismo o el capitalismo, sino que se preguntaba qué necesitaba demostrar, y a quién, la gente que escoge vivir en un castillo como este. La soberbia es el polo opuesto de la seguridad personal.
Detuvieron los autos frente a la puerta principal; Gordon se bajó, y vino a su encuentro.
—Dicen que los Tesla se manejan bien; aún no he probado uno —dijo el senador, admirando su auto.
—¡Debería! Todo lo que dicen es cierto, son fantásticos. El problema es que el piloto automático es tan bueno que a uno se le olvida que tiene que ir atento a la carretera. Si quiere, más tarde le da una vuelta a este.
El senador sonrió –esta vez la sonrisa fue completa–, le agradeció, y le indicó la entrada de la casa.
—Después de usted, por favor.
—Gracias.
El recibidor se abría en un gran salón lleno de arte. De sus paredes colgaban pinturas que ella creía estaban en museos. ¿O serían copias? Monet, Manet, Degas, Cézanne... Reconocía los cuadros porque una de sus tesis de grado era sobre impresionismo.
—¿Son originales? —preguntó Vida, aunque conocía la respuesta.
—Mi bisabuelo tuvo negocios en París a principios del siglo pasado, y una gran afición por el arte. En ese entonces estas obras no costaban fortunas, algunos pintores ni siquiera encontraban quien les comprara sus obras, como este…
Gordon caminó hasta una esquina del gran salón y señaló un cuadro.
—¿Van Gogh? Reconozco el estilo, pero no el cuadro —dijo Vida.
Vincent Van Gogh solo vendió dos cuadros, y lo hizo meses antes de morir. Uno por cuatrocientos francos, el que todos conocen; y este, por el que mi antepasado pagó seiscientos, reconociendo el genio que nadie más veía.
—No está en ningún catálogo.
—No, mi familia se ha negado a que se le catalogue, y como tanto del mundo del arte depende de otras ramas de mi familia, se nos ha respetado. Es el único que nunca deja esta pared. Los demás los presto a museos para exhibiciones cortas, aunque debo confesar que estoy más tranquilo cuando están aquí. Pero no eran esas pinturas las que quería mostrarle —dijo, siguiendo hacia otro salón, más grande que el primero, de cuyas paredes colgaba arte español. Dalí, Picasso, Joan Miró... Cuadros valorados en decenas de millones. Hacer otro comentario o cuestionar si eran originales hubiese resultado superfluo.
Sobre una mesa de madera tallada visiblemente antigua, yacía una caja especial de vacío. Gordon le pidió con un gesto que lo viese. Vida se acercó a la caja, que encapsulaba una pintura de no más de un metro de ancho y de alto.
—¿Puedo? —preguntó, sugiriendo remover la protección para analizarla más de cerca.
Gordon asintió, y con una llave especial abrió la caja.
Vida no extrajo la pintura, se limitó a observarla con más detalle sin el obstáculo del vidrio. Conocía su temática. La misma escena había aparecido dos veces, en ambas ligadas a los orígenes del cristianismo: en un lienzo del siglo primero encontrado en Israel, y en un mural en la Hagia Sophia de Estambul, pintado en el año 360 sobre una pared de la iglesia original que sobrevivió a las subsecuentes construcciones. En su último libro trató sin éxito de resolver el misterio de esas pinturas, ciertos cabos nunca los pudo atar.
La pintura de Gordon era idéntica en diseño, color, textura y técnica a la de Israel, y similar en diseño a la de Estambul, pero en un recuadro en la esquina inferior derecha, cada uno citaba una parte diferente del mismo verso de la Biblia griega.
La de Israel decía «Pide y recibirás»; la de la Hagia «Busca y encontrarás». En la pintura de Gordon se leía «Toca y se te abrirá».
—Unos colegas desenterraron una pintura muy similar en Israel hace unos años —dijo ella sin quitar los ojos de la pintura.
—Lo sé.
—Y hay una tercera en Estambul…
—También lo sé, he leído su libro —dijo Gordon.
Se detuvo, la analizó con cuidado (se preciaba de ser un buen juez de carácter), tomó una decisión, y agregó:
—Doctora Jiménez, ¿qué tan buena es para guardar secretos?
El senador se excusó por un momento, y al regresar al salón llevaba consigo un documento. Era un acuerdo de no divulgación.
—¿Es esto necesario? —preguntó Vida, a quien le desagradaban los contratos largos y genéricos, diseñados de tal forma que nadie intente leerlos.
El senador permaneció impávido. Era un tipo enigmático, que podía ser agradable pero también tenebroso, y a Vida se le dificultaba saber cuál era el verdadero. Aunque ¿no era esa la descripción de la naturaleza de un político?
—Sí, es necesario. Lo que quiero revelarle es tan serio y tan profundo, que si usted no guarda silencio podría alterar el curso de la historia. El acuerdo no es para mí; es para usted. La cláusula décimo segunda le garantiza que mientras no abra la boca, nadie hará nada contra usted.
A Vida le dejó de gustar el senador. El tono fue agresivo, muy diferente al usado hasta ahora. La había amenazado –no veladamente–: si hablaba habría consecuencias. Decidió pensar antes de reaccionar. «El asunto es personal para Gordon, lo que quiere revelarme le importa mucho, ergo, lo protege con agresión. Además, ha logrado estimular mi curiosidad». Con respecto a las posibles amenazas, recordó a su instructor de artes marciales, el Maestro Yao. «Demuestra que no les tienes miedo, que eres más fuerte». Hablaba de enfrentamientos físicos, pero su sabiduría era aplicable a los mentales.
Metió la mano en su cartera con mucha parsimonia y sacó una pluma de Mont Blanc. Firmó el acuerdo sin leerlo, de lo contrario tendrían que pasar allí todo el día, y levantando los ojos de forma desafiante, dio a entender que estaba preparada.
—¿Vamos? —dijo.
Gordon tomó el detallado acuerdo, lo guardó en una caja fuerte junto a su escritorio, y la guio hasta un elevador ubicado en otro salón lleno de arte, tras una disimulada puerta. Para activarlo usó un escáner de retina, y luego pulsó -3, aunque el elevador indicaba seis niveles subterráneos. La mansión era más grande hacia abajo que hacia arriba.
«¿Qué esconde este senador?» se cuestionó Vida, mientras descendía muchos metros bajo tierra.
Cuando se abrió la puerta ingresaron a un pasillo cuyas paredes eran paneles blancos de unos cuatro metros de ancho por tres de alto. Caminaron hasta llegar a la marcada con el número 70.
Gordon puso su mano sobre un lector de palmas junto al número, y el panel se levantó dejando al descubierto una habitación de ocho metros de profundidad. Allí, colocado sobre una amplia mesa de trabajo, se encontraba un esqueleto. Parecía humano, aunque era enorme. Vida calculó que medía más de tres metros.
Sin decir nada, sin siquiera una exclamación de asombro, se apresuró hasta su boca y revisó la mandíbula.
—Dos filas de dientes —murmuró clínicamente.
Luego revisó los huesos de las manos y los pies, corroboró que tenían seis dedos, y no cinco, y por fin sonrió, como una niña que confirma que Santa Claus existe. A Gordon le divirtió, a su manera, que aquella sonrisa infantil fuese la reacción. Después de todo, le estaba revelando el cuerpo de un gigante, uno de los secretos a voces de la ciencia.
—Siempre supe que era verdad —dijo Vida en tono doctoral—. Me faltaban las pruebas.
—¿A qué se refiere?
—Los indios americanos relatan haber vencido hordas de gigantes hace miles de años; y siempre ha habido rumores de que hace unos ciento cincuenta años se desenterraron docenas de esqueletos como este en West Virginia. Al parecer el Instituto Smithsoniano se encargó de recogerlos y disponer de ellos, negando después haberlos tenido.
—Las tres cosas son verdad Doctora. A finales de los 1800 no había mucho interés en que se cuestionara la narrativa aceptada por la ciencia, por lo que cuando aparecieron los esqueletos de West Virginia el Smithsoniano los recogió, los subió a barcazas, y los arrojó al océano. Eran una comunidad grande y organizada, y la operación fue más grande de lo que la historia cuenta: fueron cientos de esqueletos.
—¿Cuál es su fuente?
—Mi antepasado fue parte en las expediciones del Smithsoniano. Este gigante fue excavado del montículo Criel Mound, en South Charleston, en la misión del Coronel Lewis Morris. Las leyendas recogidas entonces decían que los gigantes, después de ser perseguidos y cazados por milenios por los nativos americanos, se dieron por vencidos y dejaron de luchar. En el montículo yacían enterrados los últimos reyes antes de que toda su raza fuese masacrada.
Vida no osó interrumpir. Si la historia de Gordon tomaba el rumbo que ella calculaba, estaba junto a un épico rey de los gigantes.
—Se encontraron siete cuerpos: el rey, la reina y sus cinco hijos. No se sabe si murieron juntos o en diferentes momentos, lo que se sabe es que con ellos se enterraron artefactos y tablillas en un lenguaje que no se parecía a ninguno conocido.
Hizo una pausa, seguro de que lo siguiente iba a provocar una reacción.
—También se encontró la pintura que usted vio arriba.
—¿En Norteamérica? —dijo Vida, cuestionando la veracidad de la historia imposible que se le contaba—. Su pintura es de Israel en el siglo segundo, ¿cómo apareció en una tumba de gigantes de hace mil años?
—Créame, me gustaría saberlo.
—Señor Gordon, tiene mi atención. Usted dijo que quería consultar mi opinión profesional para algo específico.
—Así es, pero la propuesta es un tanto complicada. ¿Subimos a mi estudio?
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