Capítulo primero. Poseidonis
1
Cabo Verde, África
El jet que transportaba al billonario J.C. Perrier, su prometida Rachel Miller, y a Leonardo Di Monti, cardenal y arzobispo de Venecia, aterrizó después del largo viaje desde San Petersburgo.
En el último minuto, a través de sus contactos con el Estado Ruso, Ciduska Plushenko procuró un jet Bombardier Global 7500, cuyos mil cien kilómetros de velocidad crucero le permitieron recorrer la distancia en menos de siete horas.
En el hangar les esperaba un helicóptero para llevarles a unas coordenadas en el Atlántico. Dos horas antes habían sido testigos telefónicos de la activación de la pirámide de Cholula. Luego de eso, a pesar de múltiples intentos, no pudieron comunicarse más ni con el grupo de Fátima en México, ni con el grupo de Da Vinci en Kazajistán.
A la una y diez de la tarde el Airbus H225 Súper Puma se aproximó a su objetivo. El Saratoga y el Auckland, los dos barcos principales de la flota contratada por Perrier para buscar la columnae de Poseidonis mencionada en el Manuscrito Médici, se posicionaron cerca del barco de exploración Nautilus, anclado desde la madrugada en las coordenadas del punto cero.
—Nautilus, este es el Saratoga, requerimos hablar con su capitán.
—Saratoga, habla el primer oficial, Jacques Tavera, el capitán tuvo que desembarcar en Tenerife, yo estoy a cargo.
—Señor Tavera, el señor Jean Chretien Perrier, presidente de industrias Perrier, pide permiso para aterrizar en su helipuerto. Desea entrevistarse con la señorita Marilyn Jones.
«¿J.C. Perrier, el billonario?» pensó. Perrier era un símbolo de Francia, el mayor empresario de su país. Una sonrisa se dibujó en el rostro del primer oficial, un francés, ante la posibilidad de conocer en persona a tan famoso compatriota.
—Bien sûr! Afirmativo, Saratoga, afirmativo, el señor Perrier puede aterrizar, es para nosotros un honor. La señora Jones está por llegar, bien sûr! —dijo el oficial, aún impactado. No pensó que fuese un buen momento para llamar a su jefa e informarle de la visita inesperada. La grúa subía el submarino a la superficie en ese momento.
—Señor Perrier, es un honor, soy Jacques Tavera, primer oficial y parisino como usted —dijo el francés, que acudió al helipuerto a recibirlo en persona.
—Encantado Jacques, lo noté en su acento. Gracias por permitirme aterrizar en su barco.
—Un placer, señor Perrier, la señorita Jones está en el submarino que estamos subiendo a cubierta, tardaremos un rato, ¿puedo ofrecerle a usted y a sus acompañantes algo de tomar mientras tanto? Tenemos un área social, un pequeño salón.
—Gracias, Jacques, vamos.
El mar estaba calmo.
Después de un rato en el salón J.C. se refugió en un saliente de un rincón semioscuro de la cubierta y se sentó. Sacó una pastilla de menta del bolsillo de una chaqueta de plumas que le permitía ser casi inmune al frío extremo de la noche. Con tanto ir y venir había olvidado la última buena ducha.
El minisubmarino que traía a las personas que buscaba tardaría en ser subido. Decidió aprovechar ese rato para sí, sus primeros minutos de soledad y silencio en algún tiempo. Se sentía raro. Se preciaba de ser un hombre fuerte, con temperamento de acero, pero ya por varias horas se sentía vulnerable y la única explicación para lo que sentía era la activación de la segunda pirámide. Días atrás, en Sudán, ser testigo directo de la energía liberada por la primera le provocó un despertar interior y le hizo comprender que a pesar de su dinero y poder estaba a la deriva.
Cuando ya no tuvo ganas de pensar más en sus sentimientos y su vulnerabilidad, buscó a Tavera, el primer oficial del barco.
—Dígame, Tavera, entre parisinos, ¿pasó algo extraño aquí cerca de las diez de la mañana?
—Imagino que sus gentes ya le habrán comentado, Monsieur —dijo Tavera, un poco más formal de la cuenta—, así que no tengo problema en confirmarle que al ser las diez y once emergió un rayo de luz a un par de metros a estribor. Nos llevamos el susto de la vida, no sé qué hubiese pasado si nos ilumina directamente.
J.C. sonrió, algo que no se le daba bien, menos cuando revelaba involuntariamente lo que estaba pensando. Significaba que la tercera pirámide, la de Poseidonis, había sido activada. Estaban cerca. Cholula estaba activada, al menos, su última comunicación con Fátima pareció indicarlo. Se puso serio.
—¿Cuánto duró el fenómeno? —preguntó, usando un nombre genérico para no fijar ideas en la mente de su interlocutor.
—Unos tres segundos. El tiempo que duré inhalando y exhalando para calmarme. Emergió de repente, una luz tan brillante que fue imposible no verla sin importar donde se estuviese en el barco. Terminó igual de repente cuando los cerebros de la gente apenas comenzaban a cuestionarse qué diantres pasaba.
Tavera terminaba su relato, cuando se les informó que estaban por abrir la escotilla.
2
Marilyn Jones descendió de primera. Su rostro tranquilo cambió al ver a J.C., quien se acercaba amigable y extendía su mano para saludarla.
—Hola, ¿todo salió bien allá abajo? Mi nombre es...
—¡Pros! —dijo Marilyn, abrazándolo—. Te reconocí de inmediato. Lo hicimos, la activamos, ¡estamos cerca!
Los otros pasajeros del submarino también le abrazaron, mientras J.C. Perrier no comprendía por qué se le recibía con tanta efusividad.
«Serán de un país donde se abrazan mucho, más después del COVID», pensó, «aunque puede ser que me hayan confundido, pues me llaman Pros».
Cuando el recibimiento y los abrazos terminaron, J.C. se recompuso y afirmó:
—Señorita Jones, mi nombre es J.C. Perrier. Mi misión es importante, necesito hablarle.
—¿No nos recuerdas? —preguntó ella, luciendo decepcionada. Al encontrarlo en cubierta se convenció de que recordaba, no era así.
—¿Debería recordarla? —respondió él.
Ella, dirigiéndose a Antonio, agregó:
—Antonio, ¿por qué no vas con Hans y ponen a... al señor Perrier al corriente de todo? Vida, Verónica y yo coordinaremos el rescate de Giuseppe.
—Después de usted —le dijo Antonio, indicándole el camino hacia el área social del barco, donde esperaban Rachel y el cardenal di Monti.
J.C. no quería perder tiempo preguntándose de dónde debía recordarla, conocía muchísima gente a diario y le era imposible grabar todos los rostros, así que avanzó a grandes zancadas con la mente enfocada en la misión. El tiempo se agotaba; tenía consigo una Meriaa pero no los medallones ni noticias de los demás, y quedaba el resto de ese veintinueve, el treinta y treinta y uno, y finito. No era momento para tomársela con calma.
Antonio Vivaldi y Hans Andersen acompañaron a J.C. al salón social. El primero señaló la mesa más alejada (algunos de la tripulación almorzaban), y tras sentarse comenzó su relato.
—Voy a asumir que está aquí por la pirámide atlante.
J.C. lo miró pensativo, y luego, como si se resignase, asintió.
—La encontramos entre las ruinas de Poseidonis —dijo Antonio, quien se sentía en potestad de revelar la información. Tanto Hans como él mantuvieron la mirada sobre J.C., midiendo sus reacciones—. La activamos usando una Meriaa y tres medallones.
J.C., con una efusividad rara en él, tomó a Antonio de los hombros y dijo con emoción:
—¡Fantástico! Activamos una en Sudán el veintiuno de diciembre, y otra en Cholula, México, hoy mismo. ¡Falta una!
Se arrepintió al instante de hablar de más, dando información a gentes de las que no sabía nada. No se sentía en control, sus emociones se paseaban fuera de los límites.
Antonio mantuvo un tono pausado y continuó con las revelaciones.
—Tras activar la columnae recuperamos algunas memorias de vidas pasadas. Son muy confusas... Tu rostro nos es familiar, eres Pros, nuestro aliado, pero no tenemos claro el por qué. Cuando Marilyn corrió hacia ti y dijo tu nombre en las mentes de los demás se formó un rostro, el tuyo. No es igual, tu color de piel era más oscuro, pero eras tú, tu rostro, Pros...
—Las almas reencarnan —intervino Hans, al ver una mueca involuntaria en el rostro de J.C. que demostraba cuán tontería le parecía la afirmación—. La activación de la pirámide nos llenó de imágenes, de memorias... Yo hasta hace poco creía ser Hans, catedrático universitario y autor de algunos libros; ahora sé que soy un alma que he vivido muchas veces.
—Yo también —dijo Antonio.
J.C. los miró serio. Viendo en sus ojos y en sus gestos que creían lo que decían decidió atender a sus palabras sin juzgar.
«Quizá activar dos pirámides al tiempo multiplica el efecto y permite descubrir que las voces son uno mismo diciéndose que eso ya lo vivió, y que el mejor camino es hacia un lado y no hacia el otro», se dijo.
Hans, Antonio y otros habían abierto la escotilla a esos recuerdos y experiencias descubriendo personajes escondidos e inaccesibles hasta ahora. Lamentaba no estar teniendo la experiencia.
—¿Cuántas vidas recordaste? —preguntó J.C. a Hans, con curiosidad, recordando a Margarita, la mujer de su grupo que decía haber recordado una vida pasada tras la activación de la pirámide de Sudán.
—Todo es vago, más una sensación en el alma que recuerdos específicos, y las imágenes continúan llegando. No tiene sentido más allá de rostros y emociones ni he logrado armar la estructura de ninguna vida concreta, pero tu presencia y la de los otros del grupo me genera sensaciones fuertes. Hay algo en lo que creemos coincidir: hace muchas vidas tuvimos una relación cercana en la Atlántida que ahora es fundamental y da sentido a lo que está pasando.
Antonio continuó la historia de su encuentro, de Alexander Gordon y los purificadores, de Giuseppe, su violín, y todo lo que les llevó a activar la pirámide atlante.
Pasó horas escuchando historias y recibiendo información, aún sin poder comunicarse con los demás miembros de su grupo. Tanto el grupo de Fátima como el de Da Vinci seguían desaparecidos.
J.C. decidió compartirles el manuscrito Médici (tenía copia en su móvil) para confirmar si los eventos descritos allí resonaban con sus experiencias y facilitaban los recuerdos. La sinceridad de aquellas gentes unida al poco tiempo restante, le convencieron de que era momento de exponer sus cartas.
—Nuestra situación es como sigue, creemos que la pirámide faltante está en Vietnam, tenemos coordenadas aproximadas y una Meriaa, pero no los medallones. Quedan dos días para encontrarla, poco tiempo a pesar de que hemos movilizado todos nuestros recursos. Propongo viajar a Cabo Verde en mi helicóptero, y de allí un jet nos tendrá en Vietnam mañana. En segundo lugar, tengo un documento que quizá ayude a recordar al grupo, lo mostraré, se le ha denominado Manuscrito Médici.
Hizo una pausa.
—Y por último, no estamos solos, los purificadores saben de nosotros, y ya hemos tenido enfrentamientos, específicamente con Nicolás Maquiavelo.
—Sabemos de él; Alexander Gordon, uno de los purificadores nos está ayudando.
—¿El senador que estaba muerto y apareció vivo?
—Estuvo con nosotros todo el tiempo; sin él no hubiese sido posible activar Poseidonis. No quiere la purificación porque le gusta demasiado el poder que tiene y el que está a punto de obtener, así que creemos que al menos circunstancialmente está de nuestro lado.
—Nunca se sabe si se puede confiar en esos aliados del otro lado.
—Vamos con Marilyn y las otras, les explicaremos todo, y tomamos decisiones. ¿Qué haremos con Rachel y el Cardenal?
J.C. volteó y vio a su prometida conversando animada con el Cardenal di Monti. Era excelente conversadora, muy inteligente, y podía apostar que el cardenal estaba perdiendo el argumento, cualquiera que fuese.
—No le teme a Di Monti, no ha recordado, le comentaré de eso más tarde, cuando no esté con él, por el momento le daré las buenas nuevas.
Caminó hasta ellos, y para que los miembros de la tripulación que estaban cerca no escucharan les dijo discretamente:
—Poseidonis fue activada. Lo de Cholula no está cien por cien confirmado, pero lo doy por un hecho.
—¡Fantástico! —exclamó Rachel, también con discreción.
—Así es, estamos cerca —respondió J.C.
J.C. observó a Di Monti para tratar de leer su reacción. Nada. ¿Habría recordado? Si quería ocultarlo tenía las habilidades para hacerlo.
—Partiremos hacia Europa en un par de horas; por ahora bajarán en el submarino a recoger a alguien que quedó en la pirámide.
—Me quedaré con el cardenal Di Monti. Está tratando de convencerme de algunas de sus posiciones teológicas —agregó Rachel.
—¿Ha hecho algún progreso, Cardenal?
—Ella sí, yo no. —Fue su respuesta.
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