Caballeros de Nostradamus · No. 8
Espías, cardinales, oligarcas, científicos, chefs visionarios, genios de la inteligencia artificial y siete huérfanos unidos por un pacto de sangre convergen mientras un nuevo Papa se prepara a reinar sobre las ruinas de la civilización. Entre fe, alquimia, espionaje, tarot y traición, se revela una verdad inquietante: la clave del futuro siempre estuvo en los números.
4.4 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales

Charlton
Personaje principal
Uno de los siete de Zeus.
Adoptado en una familia aristocrática inglesa.
Casado con Tania, tiene un reconocido podcast de temas ocultos y arqueología prohibida.

Tania
Personaje principal
Una de los 7 de Zeus. Huerfana a los 9, cuando su madre muere en un asalto en el 7/11 de Hell's Kitchen. Es adoptada por una familia de oligarcas rusos, y hereda una fortuna a los 22 cuando sus padres mueren en un "accidente".
Está casada con Charlton Monrose.
Tiene poderes psíquicos que oculta a los demás.

Lizzi
Personaje principal
Una de los 7 de Zeus, los huérfanos de New York. Cayó en drogas muy joven, tras aplicar los consejos de su madre: "Si quieres ganar en la vida, lee las reglas y has todo lo contrario". Hoy es un guiñapo humano...

Sergei Konstantinoff
Personaje principal
Una de los 7 de Zeus.
Oligarca ruso, que hace lo que tiene que hacer para sobrevivir.
Es un genio matemático, aspecto que mantiene oculto.

Molaki
Personaje principal
Uno de los 7 de Zeus. Genio informático de la inteligencia artificial y la computación cuántica.

Julio
Protagonista
Chef propietario de un restaurante exitoso que rechazó estrellas Michelín. Aprendió cocina en Japón durante un verano y con chefs italianos como Vittorio en Savigno. Da clases de cocina a las que asisten personas influyentes (políticos, agentes). Lee el tarot durante sus clases. Parece tener un propósito oculto y conexiones con el mundo de la inteligencia.

Ron Reagan
Protagonista
Agente de la CIA, asesor de política en temas de inteligencia y contraterrorismo del Comité de Inteligencia del Senado. Descendiente de ocho bisabuelos de diferentes etnias del Viejo Oeste. Es hijo único y último descendiente de esa línea. Está desesperado por conocer a alguien especial, casarse y tener hijos.

Vanessa Bergström
Protagonista
Historiadora de religiones, con PhD en Historia de las Religiones en Barcelona. Fue deputy del sheriff en su pueblo en Virginia y antes fue la mascota Fighting Hawk en el Blue Ridge Community College. Estudió primero en Oxford (Historia general) y luego en Barcelona. Su tío es amigo del senador Alexander Gordon, quien la contrató como interna en su oficina. Su madre es española. Se mudó recientemente a Washington desde un pueblito cerca de Blue Ridge, Virginia. O eso es lo que creemos.

John O'Brien
protagonista
Cardenal americano ultraconservador, elegido Papa como Pio XIII. Enemigo de Di Monti. Su papel irá creciendo a lo largo de las novelas...

Stéfano Sergó Farinari–Bevilvino
protagonista
Marqués descendiente de linajes antiguos (Lucius Farniranus). Nuevo líder del Círculo de Poder, sobrevivió a Verona. Es astuto, manipulador, ambicioso y pragmático. Cree en la superioridad de la nobleza. Es inteligente y estratégico, pero puede ser despiadado. Tiene una obsesión por el poder y el control y busca obtener poder absoluto. Desconfía de la gente y aprende de sus errores

Alexander Gordon
protagonista
Senador de Maryland, candidato presidencial, heredero de una antigua familia que controla el mundo en secreto. Estudió Derecho en Georgetown, doctorado en Ciencias Políticas en Harvard y Economía en Oxford. Viudo, padre de gemelos de 18 años. Recluta a Vida. Desea evitar la destrucción del mundo para preservar su poder.
Senador, presidente del Comité de Inteligencia del Senado y miembro prominente del Comité de Apropiaciones. Próximo presidente de Estados Unidos. Tiene una cabaña en Virginia donde caza con el tío de Vanessa. Está implicado en el complot del Círculo de Poder y el atentado de Verona. Contactó al Círculo y manipuló a Giancarlo. Contrata a Vanessa como interna por petición de su tío.

Isaac Newton
protagonista
Sir Isaac Newton ha pasado cuatro siglos recolectando conocimiento arcano. Vive en un castillo en Woolsthorpe, Inglaterra. Desarrolla un artilugio que según cree, podría ayudar a evitar el apocalipsis.
Lo Favorito del Autor
La parte favorita del autor en esta novela:
Julio y como todo lo resuelve cocinando platillos exquisitos.
Primeras Páginas
Verona, Italia, 13 de Julio
Las explosiones lo lanzaron al piso.
El crujido del acero deformándose y del concreto colapsando sobre su cabeza sonaron como trompetas del apocalipsis.
Por instinto se cubrió de una lluvia de escombros.
El mundo se volvió blanco, rojo…y después... nada.
Abrió los ojos en un universo de polvo, en tinieblas, sus oídos en zumbido. Tosió, la garganta seca, se ahogaba …
Se movió.
Vivo.
«¡No!» corrigió, «no estoy vivo, soy un superviviente... Y los supervivientes... tienen que sobrevivir…»
El zumbido lo desorientaba. Intentó quitarse la chaqueta y por poco se desvanece del dolor. De su costado brotaba sangre, una rotura seria.
Tomó un instante para recomponerse. No sentía perforado ningún órgano vital, pero si no se ponía en movimiento moriría.
Hizo un recuento mental, reviviendo su noche hasta ese punto, intentando comprender su situación.
Recordaba charla amena, tono jovial, vinos extraordinarios, whiskies de malta única, habanos de tabacos escogidos.
La última reunión normal por algún tiempo.
En dos días estarían a la cabeza del mundo, o lo que quedase de él.
El Círculo de Poder.
El nuevo orden.
Lo que pasó fue inesperado. Disparos en niveles superiores, impactos de artillería, soldados corriendo frenéticos. Estaban bajo ataque, se luchaba a muerte.
Los miembros del Círculo y sus invitados iniciaron la evacuación, dirigiéndose al túnel de escape dos niveles más abajo. En la confusión, encontraron al general Di Marco–Bevilaqua derribando las puertas del salón que alojaba al Conde Giancarlo Rocca di Rossi.
«¡Giancarlo!», exclamó, seguro de que el general les traicionaba y atacaba a su líder.
Sacó su arma y corrió tras Di Marco.
Cruzaba el umbral cuando colapsó.
Aun en shock, se cubrió la boca y la nariz, e inhaló y exhaló tres veces. Con la tercera exhalación activó la adrenalina.
Se apoyó contra el marco de la puerta, sacó el móvil de su pantalón y buscó señal: imposible en un bunker subterráneo bajo toneladas de concreto … que amenazaban aplastarlo y convertirse en su tumba.
A treinta o cuarenta metros de su posición estaba el túnel de escape. Iluminó con la linterna del móvil. Colapsado, salvo pequeños espacios entre columnas, sin forma de saber si existía un camino.
A la derecha, al fondo, vio el escritorio de Giancarlo.
Se preguntó si habría sobrevivido: el silencio absoluto no era buena señal. No quiso llamar su nombre, en caso de que el general Di Marco estuviese vivo y quisiera terminar su traición.
Su única opción era el túnel.
Escuchó un lamento lejano de alguien mal herido. Trató de incorporarse. El dolor fue tan fuerte que lanzó un gruñido.
Una linterna le iluminó.
—¿Señor? —dijo alguien.
Dudó su siguiente paso, pero necesitaba ayuda.
—¿Quién eres? —preguntó, aferrándose a su arma.
—Luciano Perugino, hijo del Conde Pietro.
«De los nuestros por generaciones», pensó.
Pero en tiempos como estos, ¿cuánto vale la lealtad heredada?
—Estoy herido, ¿Sobrevivientes? —preguntó con desconfianza.
—Un par gemían hace un rato, ya no los oigo.
¿Hace un rato?
Miró el reloj. Doce y veintidós. Su cerebro estuvo entrando y saliendo del limbo por media hora.
Su cabeza dolía como mil demonios. Se palpó. Un golpe horrible. No pudo evitar otro rugido de dolor.
—¡Ahhhhggggg!
Todo estaba lleno de escombros, salvo resquicios por el cual pasaba la luz de la linterna de Perugino.
—Veo aplastados, nadie responde … A usted lo veo, no puedo llegar, hay vigas atravesadas. ¿Ve ese escritorio al frente? ¿Cree que puede llegar? —dijo el joven, iluminando en esa dirección.
—Intentaré.
Otro rugido.
—Vamos, lo encontraré allí, ¡vamos señor!
Lo lograron. La madera gruesa y sólida del escritorio resistía pese a varias vigas que amenazaban aplastarlo.
—Señor…—dijo Perugino, iluminando el suelo bajo el escritorio.
En un charco de sangre, una mujer con heridas de disparo en el pecho, en el costado derecho y en un brazo.
Buscó el pulso. Sintió algo débil.
—Señor…
Perugino iluminó otro cuerpo cercano.
—¡Porca miseria! —exclamó al ver a Giancarlo Rocca di Rossi, el ungido, o lo que quedaba de su torso, bajo una tonelada de escombros.
Sonrió cuando vio el cadáver del traidor Di Marco–Bevilaqua, el heredero de dos de las familias más nobles de Europa... el hombre que en una cena en su casa juró lealtad eterna mirándolo a los ojos.
Había vendido al Círculo de Poder; ahora yacía reducido a trozos.
Justicia divina.
Con mucho esfuerzo y en medio de rugidos de un dolor que amenazaba desquiciarlo arrastraron el cuerpo de la mujer por resquicios reducidos y precarios entre amasijos de columnas que pronto dejarían de resistir. Cada vez que alguna crujía tenían instantes, no minutos.
—¡Va a ceder! —gritó Perugino cuando un pilar de concreto comenzó a inclinarse.
—¡Muévete! —rugió él tirando del cuerpo inerte mientras toneladas de escombros se derrumbaban detrás.
Alcanzaron la entrada del túnel. No pudo con el dolor y se desmayó.
Oscuridad. Luego, voces.
Despertó una hora después en una habitación de la casa de seguridad en las afueras de la base, rodeado de varios rostros preocupados.
Tras cargar a la mujer por el túnel, Perugino había regresado por él con otros dos.
—¿Qué hora es?—preguntó.
—Las dos veintisiete—respondió alguien.
Casi tres horas desde las explosiones. En el mundo exterior, ya habían comenzado la búsqueda de sobrevivientes y cuerpos… y las investigaciones que cambiarían todo.
Necesitaba iniciar la contención, y hacerlo ¡ya!
El ultrasecreto sitio dieciocho, construido para coordinar el combate del terrorismo radical y la amenaza de chinos y rusos, era en realidad el cuartel general del Círculo de Poder. Se requería un altísimo pase de seguridad para trabajar en los niveles inferiores (–5 a –7), gente comprada con muchísimo dinero, pues hace mucho que no bastan causas o ideologías.
Nadie cuestionaba qué pasaba, ni quién venía, ni por dónde entraba.
Amparados a la construcción se invirtieron millones en un túnel de cientos de metros que llevaba a una casa de seguridad en Affi, un pueblo cercano a la base, que les daba libertad de movimiento.
Por allí salieron y se refugiaron los sobrevivientes.
Los demás estaban muertos.
—Hay varios heridos, están muy mal, no creo que sobrevivan—informó el Marqués Albiani, un miembro respetado del círculo. —Nikola es médico y detuvo las hemorragias, pero… no podemos salir de aquí hasta que se calmen las cosas, afuera es un pandemonio.
—Tonterías, hay que llevarlos a un hospital.
—¿Y si hay más traidores? ¿Y si Di Marco tiene cómplices? ¿Y si esta casa ya no es segura?
Albiani acababa de expresar las mismas dudas en su cabeza.
¿El General Di Marco? Hubiese pensado de muchos, no de él.
Pero todos lo vieron derrumbando las puertas y disparando, instantes antes de que el mundo cayera sobre Giancarlo y su hija.
—¿Y Perugino?
—En el salón. Le debes la vida.
—Y lo recompensaré. ¿Es fiel?
—Confianza total; es el hijo de Pietro.
—Y Di Marco era el hijo de Antonio, y mira…
—Sí, perdimos a muchos, estamos acabados.
—No mientras ellas y yo vivamos. Hay que atenderlas enseguida—dijo, señalando a dos de las mujeres mal heridas.
Sin decir más, llamó a un primo lejano, el doctor Ercole Mazzetti. Un rato después una camioneta discreta llevó a los heridos lejos de Verona.
Desde la ventana trasera, vio el humo saliendo de la base de la OTAN: lo que tardaron años en construir, destruido en minutos.
No solo el concreto, sino su orden, su ilusión de control, su mundo: uno en el cual Giancarlo Rocca di Rossi –aplastado bajo las vigas–, era el elegido por cuatro profecías de Nostradamus.
En los meses que siguieron comprendió que Nostradamus no falló, se le interpretó mal.
Ahora estaba claro.
El verdadero elegido era él.
El Marqués Stéfano Sergó Farinari–Bevilvino.
1
Washington D.C., 22 de noviembre.
El arroz estaba tibio cuando Julio lo volcó en la esterilla. Con las manos húmedas de agua y vinagre lo extendió con la precisión que dan los años y el cariño. La hoja de alga nori crujió al recibir el peso blanco.
—No se trata de cubrir todo —dijo mostrando a sus alumnos—. Dejen siempre un borde libre.
Se detuvo, observando sus caras atentas.
—El sushi es equilibrio, no exceso. Y el equilibrio... es cuando lo humano encuentra lo divino sin apenas rozarse.
El cuchillo japonés descansaba a un lado; el salmón, cortado en tiras finas, despedía aroma marino.
—El arroz es tierra… nos sostiene —explicó—. El pescado es agua; nos recuerda de dónde venimos. El wasabi, fuego, despierta lo que dormía. Y el aire… el aire lo ponen ustedes. Respiren al enrollar.
Los alumnos rieron, creyendo que era broma. Julio no sonrió; se tomaba en serio su arte y su pasión. Respiró profundo, colocó el salmón con delicadeza y comenzó a rodar la esterilla.
—El secreto no está en apretar —continuó—, sino en escuchar. El alga dirá cuándo ceder, el arroz cuándo compactarse.
Los demás intentaron imitarlo, torpes y ruidosos.
Con paciencia, dio a cada uno la última instrucción de cómo hacer lo que él amaba, como si quisiera transmitirles el arte ancestral aprendido con sus maestros en Japón en un verano de doce años atrás.
Para Julio, cocinar era un arte. Le salía del ser. Amaba combinar sabores y aprender las historias detrás de cada plato. Su secreto eran las hierbas y los detalles a la hora de flambear o de sazonar o de freír. El ajo por aquí, la cebolla por allá, gotitas de aceites, pizcas de especias …
Así empezaba la magia.
Al momento de cortar el rollo, el filo bajó limpio, como si la hoja flotara. Lo partió en ocho trozos.
—Ocho es estructura, pero también es abundancia, por ser el símbolo del infinito… por eso no son cinco ni siete ni diez: son ocho trozos—afirmó. Esto era más que filosofía de cocina; era la estructura del universo explicada en ocho trozos de maki.
Hoy no sintió ganas de dar una explicación más detallada.
Colocó su plato en el centro de la mesa.
—Comerán primero del mío. Pero no solo prueben, sientan. El sushi no es alimento, es un espejo que les dirá si están en calma o en guerra, si llevan prisa o si saben esperar.
Entre risas nerviosas los comensales tomaron los palillos y probaron. El dulzor del vinagre, la frescura del pescado, la resistencia crujiente del alga: todo parecía más intenso de lo esperado.
«Es como si estuviera despierto por primera vez», murmuró alguno:
Julio asintió en silencio. Así terminaban sus clases, con la sensación de que algo invisible había cambiado en la sala.
El arte de la cocina ha estado presente desde siempre, y aquellos que saben crear platillos deliciosos han sido apreciados por sus contemporáneos.
Julio era de esos creadores.
Amaba lo que hacía, amaba cocinar y enseñar, pero también amaba cuando la gente reaccionaba así.
Cuando la voz sobre su restaurante se corrió, Michelín le ofreció estrellas. Las rechazó. No quería ni la atención ni la presión, le bastaban los reviews de Trip Advisor.
Ambrosía afrodisiaca.
Placeres dignos de los dioses.
Lo Dionisiaco en las tierras de Apolo.
Así llamaban a su comida. Era más que una metáfora.
Al finalizar la clase, doce personas se sentaron ante un banquete extraordinario. Ron Reagan, uno de los comensales, quien por fin se olvidaba un poco de su capricorniana rigidez, no dejaba de estudiar a una chica.
Cuando la vio por primera vez, recordó que, aparte de por buena comida, estaba aquí para esta eventualidad: más que el estómago, la posibilidad de conocer a alguien le convenció de tomar la clase.
Siempre llegan chicas bellas, le dijo Julio, animándolo.
Ella se acomodó en la esquina izquierda.
La miró sin mirar, técnica aprendida en la Agencia Central de Inteligencia en sus muchos años allí –observación pura, análisis sin interferencia emocional–, y eso bastó para sacar conclusiones.
No era rubia, pero su genética era nórdica, quizá rusa del noroeste, quizá mezclada con inglesa, y una pizca del Cáucaso o de Irán.
No llevaba anillo y exhibía señales de que no tenía pareja. La forma en que respiraba, el ángulo de sus hombros, la manera en que sus ojos recorrían la sala, todo decía que estaba cazando, no siendo cazada.
Como él.
Determinar estos detalles era parte de su entrenamiento, podían salvarte la vida, o ser tu perdición.
Algo sobresalió sobre lo otro: si alguien hubiese querido mostrarle a la mujer de sus sueños, le hubiese señalado a la que tenía enfrente. Era su tipo exacto, representaba con fidelidad lo que soñaba y pedía el universo, lo que el generador de imágenes de su mente renderizaba una y otra vez produciendo versiones de lo mismo.
No pudo hablarle. Se paralizó. Ni la experiencia del sushi y el saque que acompañó de manera perfecta la sesión le permitió acercársele.
Vanessa –así se llamaba la mujer– actuó con simpatía con hombres y mujeres por igual. No era solo su belleza, era su forma de mirar, de escuchar, de hacer que cada quién sintiera que le hablaba solo a él. Toda la clase giró entorno a ella.
Simpatía, no calidez pensó Ron camino a su auto, disecando los comportamientos de Vanessa. Algo estaba fuera de tono, se lo decían sus instintos.
La semana hasta la próxima lección sería una tortura lenta y deliciosa. No se lo reconocía ni a sí mismo, pero podía ser un poco masoquista.
Como todas las semanas al terminar la clase, en cuanto el último comensal se retiró, Julio salió al jardín, se dejó caer en la banca de madera y cerró los ojos. Exhausto, respiró hondo y se puso en neutro, como le había enseñado Randy, un amigo: no dormir, no meditar, solo bajar los brazos y dejar que cada célula recordara que la vida no era tan grave.
Podía estar así un minuto o una hora, dependía de cuan en serio se estuviese tomando.
Ya relajado, miró a su alrededor para asegurarse que no hubiese oídos cerca –más que orejas humanas, en estos días había que cuidarse de otras cosas–, e hizo una llamada.
—Listo.
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