Atlántida · No. 1
En un mundo donde las pirámides laten con energía ancestral y los dioses aún intervienen en los asuntos humanos, un erudito recibe una misión imposible: descifrar los secretos de monumentos colosales en una civilización que vivía en perfecta armonía con las leyes del cosmos. Lo que comienza como investigación científica se convierte en revelación capaz de sacudir los cimientos de una civilización entera.
Esta saga se desarrolla en la Atlántida. Sus personajes hablan Posiník, el idioma atlante — un lenguaje diseñado para ser fonéticamente preciso. Las palabras con tilde marcan el acento correcto: por ejemplo, olínka se pronuncia o-LÍN-ka.
4.8 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales
Athena
Diosa · Última Defensora de la Casa de Zeus
De piel verduzca y esmeralda en la frente sobre el ojo del alma. En el prólogo, herida de muerte, entrega a su último gigante la clave del futuro antes de enfrentar a su perseguidor.
Serena ante el apocalipsis, piensa en la misión, no en su propia muerte.
Narión (Rión)
Último Gigante de Confianza de Athena
Casi tres metros de altura, disminuido por las heridas de días de batalla. Ejecuta la orden más importante de su vida: llevar la punta de la columnae a la isla sagrada de Turúk Baritlán y ocultarla hasta que llegue el tiempo de la profecía.
Secundarios
Evemón
Adversario · Hijo de Poseidón
Hijo de Poseidón que ha perseguido a Athena desde el inicio de la guerra. Dirige los el-kenáro con precisión mortal.
Los el-kenáro
Fuerzas de Poseidón
Figuras que "rasgaban el aire como aves de rapiña" en sus siluetas inconfundibles contra las nubes.
La punta de la columnae
Reliquia · Me-riáa
Un objeto triangular de anurum de treinta centímetros, me-riáa, que "puede destruir o salvar todo lo construido." No es un personaje, pero funciona como tal en la trama.
Lo Favorito del Autor
La visita a la Esfera de los Deseos, y lo que dice la esfera:
Nogog leyó y releyó fascinado aquellas frases por cuyos preceptos trataba de guiarse. Estaban escritas en Posiník, lenguaje principal de la Atlántida, pero se afirmaba que a lo largo de los milenios habían aparecido en diferentes idiomas, un misterio inexplicable.
Te deseo lo mejor para tu vida.
Te deseo que lo que sueñes se te cumpla.
Te deseo que esa visión que te motiva y te hace levantarte cada mañana, se materialice.
Te deseo que descubras tus talentos, y los uses. Si eres pintor, pinta; si eres escritor, escribe; si eres cantante, canta; pero hazlo, no te mueras con tus dones atrapados en el pecho.
Te deseo que trabajes haciendo eso que te gusta, para que tu vida sea gozo, no faena.
Te deseo que encuentres no a tu alma gemela, sino a un alma que te entienda, que te quiera, que te acepte y no te trate de cambiar. Te deseo también que tú la quieras, y la aceptes, y no la trates de cambiar.
Te deseo que la vida te dé a probar sus néctares, y no sus venenos; que la Creación te enseñe lo mejor de sus criaturas.
Te deseo que rías con todas tus fuerzas, y que puedas desahogarte cuando tengas que llorar.
Te deseo que ames con pasión, que perdones sin precondición, y que tengas la felicidad no como meta efímera o inalcanzable, sino como el ingrediente principal de cada momento de tu vida.
Te deseo que te encuentres, que te descubras, y que reconozcas tu unicidad.
Te deseo que te sientas suficiente, que no te creas ni más ni menos que nadie, y que camines erguido sabiendo que tienes derecho a tu lugar en el mundo, a tus sueños, a tus creaciones.
Te deseo que aceptes que hay un alma infinita en tu cuerpo, un alma tan sublime como la creación misma, que merece lo mejor de lo mejor.
Tras leer, los bahktantes se sentaban frente a la esfera, cerraban sus ojos, se tapaban los oídos, y escuchaban. Todos percibían lo mismo, la energía del planeta, que reverberaba como un oleaje continuo, o más bien, como la espuma del mar deshaciéndose, una energía tumultuosa pero a la vez con sentido como si el planeta hiciese un ommmmm reverberado, un sonido que no se escuchaba en otras partes, y cuyo significado nadie se atrevía a conjeturar
Primeras Páginas
1
Hercutlán, año 13451 post cronos
El cielo ardía en tonos escarlata.
Las columnas de humo que ascendían desde el otrora magnífico Paraíso de Hércules dibujaban siluetas retorcidas contra el horizonte en llamas. El estruendo de edificios derrumbándose se mezclaba con los gritos de los caídos, componiendo una sinfonía terrible.
Athena, última defensora del linaje de Zeus, se agazapó tras los restos de una estatua de su padre. Jadeaba, sin aliento, su cuerpo incapaz de resistir. La sangre manaba de una herida en su costado, tiñendo de un brillo metálico el traje ceñido al cuerpo que protegía su piel verduzca.
Tocó la esmeralda que le adornaba la frente justo sobre el ojo del alma e imploró la ayuda de sus ancestros, no para ella, sino para su última misión.
A lo lejos, los el-kenáro rasgaban el aire como aves de rapiña, sus siluetas inconfundibles contra las nubes teñidas de sangre. Athena sabía que era cuestión de tiempo antes de que detectaran su posición. Los hijos de Poseidón no se conformarían con la victoria: exigirían aniquilación.
—Mi señora —murmuró una voz a su espalda.
Athena se sobresaltó.
—Rión, lo hiciste… —afirmó la diosa al último de sus gigantes de confianza, al ver la caja de madera que llevaba en sus brazos.
—Han derribado el último bastión —continuó Rión, su voz quebrada por el cansancio, sus casi tres metros disminuidos por las heridas y el agotamiento de días de batalla sin descanso—. Apolo ha caído. Artemisa... —su mirada se desvió hacia el suelo—. No queda nadie más.
Athena asintió. No había lugar para lágrimas o lamentos en estos últimos momentos.
—Entonces este es el fin de la Casa de Zeus —declaró con una serenidad que contrastaba con el caos a su alrededor—. Tal como estaba escrito.
Dirigió su mirada hacia la caja que Narión acababa de recuperar del templo. Athena extendió sus manos, recibiéndola con la reverencia que se reserva para las reliquias más sagradas. Sus dedos recorrieron las tallas, símbolos que narraban una historia tan antigua que pocos quedaban que pudiesen descifrarla por completo.
—¿Qué es? —preguntó Narión, incapaz de contener su curiosidad.
—Lo que puede destruir o salvar todo lo construido —respondió Athena, abriéndola con un movimiento suave. El interior estaba forrado de terciopelo negro que contrastaba con el brillo dorado del objeto que contenía: un objeto triangular de anurum de unos treinta centímetros de altura, que parecía absorber y reflejar la luz de formas imposibles.
—Me-riáa —susurró Narión, reconociéndolo por lo que era: una de las míticas puntas de las columnae.
Athena asintió.
—La que mi padre recuperó de Poseidonis.
En el horizonte, tres naves se destacaron del resto, dirigiéndose hacia ellos con precisión mortal. Athena sabía que era Evemón, quien durante días había dirigido la masacre de su familia.
—Ya vienen los el-kenáro —observó sin emoción particular—. Evemón me ha estado cazando desde el principio.
Cerró la caja y la depositó en las manos de Narión. Su gesto, preciso y decidido, no dejaba lugar a dudas sobre la importancia de lo que estaba a punto de encomendarle.
—Toma uno de los barcos menores del puerto sur. Dirígete a Turúk Baritlán.
—¿La isla sagrada? —Narión no ocultó su sorpresa—. Ningún humano puede pisar ese suelo, salvo en el bahktún...
—Ya nada de eso importa Narión—dijo Athena, mientras extraía un artefacto de sus ropas y se lo entregaba. —Aquí están mis instrucciones detalladas. Haz como te digo allí.
Narión asintió. Las preguntas se agolpaban en su mente, pero sabía que cada instante era precioso.
—¿Hasta cuándo debo ocultarlo, mi señora?
—Hasta que llegue el tiempo de la profecía, cuando La Niebla cubra el segundo solsticio, y el heredero deba hacer su elección. Está en lo que te entregué.
Las siluetas de los el-kenáro eran cada vez más cercanas.
—Vete ahora —ordenó, su voz firme pero amable—. Lo que me aguarda no es para tus ojos.
Hizo un gesto de dolor, y miró su herida. Su sangre —azulada y espesa, como la de todos los dioses Maatán— brotaba a borbollones. Narión dudó un instante, el conflicto evidente en su rostro entre su deber de proteger a su señora y la misión que acababa de recibir.
—No hay vergüenza en sobrevivir para cumplir un propósito mayor —lo tranquilizó Athena—. Esta guerra está perdida, pero quizás, con lo que llevas en tus manos, la verdadera batalla pueda ser ganada.
El gigante inclinó su cabeza en señal de respeto, apretando la caja contra su pecho. Con una última mirada a su señora, se escabulló entre las ruinas.
Athena lo observó alejarse, permitiéndose un momento de esperanza antes de volverse hacia los el-kenáro que se aproximaban. Levantó su arma, y apuntó.
—Ven entonces, Evemón —murmuró para sí misma.
La primera explosión de energía impactó a pocos metros de su posición, convirtiendo el mármol antiguo en polvo incandescente. Athena no retrocedió. En su rostro se dibujó una sonrisa serena mientras avanzaba hacia su destino, una guerrera divina que, incluso en la derrota, llevaba consigo la semilla de una victoria futura.
Narión no miró atrás mientras se alejaba entre los escombros del que había sido el más glorioso de los reinos. El peso de la caja en sus manos parecía multiplicarse con cada paso, como si la responsabilidad que cargaba se materializara en lo físico. En su mente resonaban las palabras de Athena, un eco que lo acompañaría durante el resto de su vida: "Cuando la Niebla cubra el segundo solsticio, y el heredero deba hacer su elección."
El ocaso teñía el mar de rojo cuando su pequeña embarcación se alejó de las costas de Hercutlán, dejando atrás la silueta de una civilización en llamas.
2
Poseidonis, año 15374 post cronos
Los trece gigantes llegaron a lo largo de la noche y por diferentes rutas hasta las cuevas del marmá. Aquí la concentración de energías que fluías desde las profundidades formaban un nexo perfecto para el ritual que debían completar.
Nadie más sabía que estaban allí, y mucho menos, que habían decidido tomar la profecía entre sus manos.
El primero de ellos, uno de los dos que ese día cumplía cien años, observaba nervioso el cielo a través de la abertura central del techo. Faltaba poco para que las estrellas se alinearan en la configuración exacta que habían esperado por décadas. A su alrededor, los otros doce terminaban de disponer los elementos del ritual en el suelo de obsidiana pulida.
—Los cálculos son precisos —susurró Etmón, un Stel Celet cuyos conocimientos astronómicos eran indispensables—. La convergencia del tridente ocurrirá en el momento exacto del solsticio. El momento perfecto para iniciar el sello.
El líder del grupo asintió, pasándose una mano por su barba recién trenzada para la ocasión. Extendió el rollo de pergamino donde la antigua profecía había sido transcrita siglos atrás:
Cuando el Tridente Celestial forme el triángulo perfecto,
Nacerán los que han de romper y los que han de salvar.
El que lleva la sangre más antigua volverá,
Y antes del último ciclo, su elección hará temblar
Los cimientos del velo que oculta la verdad.
Todos tenían miedo. Miedo de sí mismos, miedo de los otros, miedo de los dioses. No era la primera vez que alguien los traicionaba, y por eso se miraban unos a otros con sospecha. Venía con el territorio. Era parte del riesgo de aceptar ser miembro de una logia prohibida que adoraba un dios caído, cuyos miembros solo se encontraban en ocasiones como esta y la mayoría no se conocían entre sí.
Ese y otros riesgos no se sabían al empezar; te lo decían al final, cuando ya era muy tarde, cuando eras un iniciado y ya tu vida giraba en torno a pertenecer.
Entonces te dabas cuenta de que el compromiso era para siempre, y que podía significar una muerte prematura.
Malek, un gurí rebelde -o eso decía él- cuyo rostro lampiño brillaba con el sudor de la anticipación, miró al grupo con ojos entrecerrados cuando estaban por comenzar.
—Hermanos, este no es momento de flaquear —recordó con voz severa—. Hoy, en esta noche, deberá cumplirse la profecía.
Uno de ellos asintió, sin evitar dirigir su mirada hacia el punto donde sabía que se encontraba su hogar, donde su esposa llevaba días con los primeros signos del parto.
—Mi hijo… Se espera para hoy—dijo, como si eso explicara su distracción.
Malek sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
—Si nace, será un hijo del solsticio. Quizá su sangre es lo que hemos estado esperando.
La voz de uno de los más ancianos se elevó:
—Es hora.
Los trece formaron un triángulo dentro de un círculo que habían marcado sobre el suelo. De un cofre de plata sacaron trece esferas de cristal morado. Con doce de ellas formaron un cuadrado en el centro, y dentro del cuadrado colocaron la esfera solitaria.
Quizá por su cercanía a una fuente de energía tan pura como el marmá, resplandecían con una luz interna pulsante, como si contuvieran el latido de un corazón antiguo.
‹‹Doce más uno, en el marmá››, pensó el gurí, pero no lo dijo.
Inició la oración prohibida, una que no se había escuchado desde los tiempos de Zeus y los suyos. Las palabras fluyeron en un idioma que ya nadie hablaba pero que todos sentían resonar en sus huesos.
—Om solúba meringári sá
—¡Ze-ús! —respondieron los otros doce, golpeándose el pecho.
—Om solúba meringári sá
—¡Ze-ús! ¡Ze-ús!
—Om solúba meringári sá
—¡Ze-ús! ¡Ze-ús! ¡Ze-ús!
Luego cantaron al unísono:
—Ommmmmmmmm dubáa dubáa.
La esferas respondían intensificando su brillo.
—Ommmmmmmmm dubáa dubáa
Brillaban aún más fuerte.
—Ommmmmmmmm du….
Entonces sonaron las trompetas.
El repentino estruendo de trescientos catorce trompetas hizo que más de un corazón se detuviese.
Las gentes esperaron en silencio. Cuando callaron, los que estaban por las playas y en las calles comenzaron a correr y a gritar ‹‹¡La Niebla! ¡Viene la Niebla!» afirmando lo obvio.
Los que dormían se levantaron, y todos sin demora iniciaron su preparación.
La Niebla, el fenómeno más sagrado de la Atlántida, aparecía cada cierto número de años –a veces siete, a veces diez, a veces más–, y por un día cubría treinta y un kilómetros alrededor de los paraísos de Poseidonis, Cholutlán, Nubitlán y Tactlán, los cuatro reinos principales ubicados en un cinturón alrededor del globo.
Una bruma densa, abrasadora, apabullante, penetraba por los ojos, por la boca y por los poros e invadía hasta el último resquicio. Ser cubierto por el blanco más profundo de los blancos era una sensación hermosa y llena de buena energía.
Pero como todo en la Atlántida, hasta la Niebla era elitista, y confirmaba el aforismo sesenta y uno de la Sabiduría:
‹‹A quien tiene, más se le dará;
A quien nada tiene,
Hasta lo poco le será quitado. »
El éxtasis lo experimentaban quienes vivían en su radio de influencia, nadie más. Allí vivían los ricos tanto nuevos como antiguos (de los que conservaban su fortuna y prestigio por generaciones), así como los administradores y sacerdotes de los reinos.
Los que poseían riquezas pero tenían su hogar en otros lugares participaban en un peculiar ritual de preparación, pagando sumas exorbitantes para reservar espacios en los distritos principales.
Otros contrataban barcos enteros, que pasaban años esperando preparados con una atención obsesiva a los detalles, listos para aventurarse en las aguas al primer susurro de la llegada de la Niebla. El momento era crucial: los navíos debían echar el ancla en las posiciones elegidas antes de que la pared blanca descendiera sobre el mar, porque una vez que cubriese las aguas toda navegación era imposible. Los mares se convertían en un laberinto traicionero donde incluso los capitanes más experimentados no podían distinguir arriba de abajo, y mucho menos encontrar su camino a través de la impenetrable blancura.
Según las ordenanzas religiosas, no importa donde se estuviese, la obligación era postrarse y recitar mantras de adoración a los dioses durante el fenómeno. La mayoría se olvidaba de eso, y se limitaba a buscar un espacio confortable para acostarse y disfrutar la dicha, el más intenso de los gozos.
El sonido repentino cortó el aire como un cuchillo.
El cántico se interrumpió a mitad de la nota, y los cristales perdieron brillo, mientras todos intercambiaban miradas alarmadas.
Se escucharon gritos distantes.
—¡La Niebla! ¡Viene la Niebla!
Malek palideció.
—No puede ser... La Niebla en el solsticio…
El más anciano de ellos, Nomór, se adelantó hacia el centro del triángulo, y habló con un tono que mezclaba asombro, temor y reverencia.
—Cuando la Niebla cubra el segundo solsticio —dijo, repitiendo otra profecía... La Fuente nos trajo aquí esta noche para ser testigos de la otra profecía… Debemos completar el ritual ahora, antes de que la Niebla nos alcance. Si nos envuelve durante el proceso, las energías se volverán impredecibles.
—O es lo que debe ocurrir —rebatió otra voz.
Todos voltearon hacia Kiám, el más enigmático de los trece.
—Si el ritual se completa ahora, estaremos sellando su destino antes de que respiren por primera vez.
La discusión se intensificó mientras la presión del aire cambiaba. La Niebla se acercaba, podían sentirla como una presencia viva reptando entre los árboles del bosque.
El líder tomó una decisión.
—Continuaremos —dijo con firmeza—. No hemos dedicado décadas de preparación para detenernos en el momento crucial.
Reanudaron el cántico con renovada urgencia.
La silueta blanquecina de la Niebla comenzó a filtrarse por la abertura del techo, descendiendo como tentáculos etéreos hacia el interior del recinto sagrado. Los hombres intensificaron el ritmo. Las esferas brillaron con fuerza. Todos sintieron como el mundo a su alrededor se desdibujaba. Las paredes del marmá parecían adelgazarse, volverse translúcidas, como si la barrera entre dimensiones se hubiese vuelto permeable. La Niebla los envolvió, tan densa que ya no podían verse unos a otros.
El cántico alcanzó el último ommm, una nota larga y única en la reiteración treinta y uno.
Entonces, un destello cegador emanó de las esferas, tan intenso que traspasó la opacidad de la Niebla. Durante un segundo eterno, la luz reveló las expresiones extáticas de los trece, sus rostros transfigurados por el contacto con aquello que trascendía su comprensión.
Luego vino el silencio.
Cuando la Niebla se disipó un día y medio después, un gigante se encontró solo en el marmá.
De sus compañeros solo quedaban túnicas vacías, dispuestas en el suelo como si sus ocupantes se hubiesen evaporado en el aire.
Tembloroso, recogió las esferas de cristal y el pergamino con la profecía. En la parte inferior, habían aparecido nuevas líneas, escritas con una tinta que brillaba como sangre fresca.
Las leyó, negó con la cabeza, y se alejó.
Mientras corrió por senderos conocidos, una certeza se instaló en su corazón: uno de ellos los había traicionado; había alterado el ritual, provocando que la energía se canalizara de forma imprevista... No tenía otra explicación. Tampoco podía explicar por qué seguía vivo; o por qué esas nuevas palabras en el pergamino.
Al llegar a su casa escuchó desde fuera los llantos de un recién nacido.
¡Su hijo era un hijo de la Niebla!
Volvió a leer el pergamino, volvió a negar con la cabeza, y lo rompió. Esas palabras no podían ser sobre su hijo. Cayó de rodillas y golpeándose el pecho tres veces, juró que él, siendo un hombre poderoso, haría todo para que no se cumpliesen.
3
Poseidonis, año 15374 post cronos
Sus manos se movían con firmeza sobre el pergamino cumpliendo un ritual tan antiguo como la propia Atlántida. Con cada trazo cuidadoso, la mujer, en avanzado estado de embarazo, tejía deseos y visiones en el destino de su hijo no nacido, tal como lo habían hecho innumerables madres antes que ella.
«Que sea grande, que sea fuerte, que sea digno de su raza y su familia, tan ilustre entre los reinos» escribía. «Que la Fuente lo bendiga y lo convierta en un Atlón, para orgullo de los suyos en muchas vidas por venir. »
Atlón, o digno de Atlas, era el máximo título que se concedía a los individuos distinguidos, dotados de la capacidad de aprovechar y explotar al máximo las bendiciones y talentos concedidos por la Fuente. Se otorgaba cerca del final de sus vidas, para que la vanidad no interfiriese con sus logros.
Dobló el pergamino y con la alegría de los buenos augurios se enfundó ropas cómodas y se acostó.
Entonces sonaron las trompetas.
«Las trompetas» pensó la mujer y se incorporó de un salto.
Había vivido la Niebla muchas veces, conocía el procedimiento.
Se asomó por la ventana y por la posición de los astros verificó la hora: todo atlante era un astrónomo aficionado gracias a los detallados calendarios preparados por los Stel Celet, los observadores de estrellas.
«¿La Niebla en el solsticio?»
Se cuestionó si esto había sucedido alguna vez, las implicaciones eran serias. Imposibilitaba los rituales y la petición de deseos en los distritos cubiertos por ella: el solsticio era el solsticio, no dos días después, las gentes eran supersticiosas.
Se preparó entonces para pasar sola el proceso: su marido estaba fuera y los siervos tenían libre, pues según la partera el bebé –un niño–nacería en doce días.
Las primeras punzadas aparecieron enseguida.
Las contracciones se hicieron más frecuentes conforme avanzó la mañana, y el niño nació antes del mediodía.
Lo mismo sucedió alrededor del mundo un total de seiscientas veintiocho veces.
Según la tradición, entre los nacidos ese día surgirían los profetas Tún Celét.
Veintiún años después los hijos de la Niebla, convertidos en adultos, iniciaron su bahktún, el viaje hacia los tiempos.
1
Poseidonis, año 15394 post cronos
—No puedo creer que me hayas arrastrado hasta aquí —jadeó Taok Partús mientras se dejaba caer sobre una roca. Su cuerpo de casi tres metros se dobló por la mitad mientras trataba de recuperar el aliento en la cima de un volcán apagado al cual acababan de ascender a lo largo de un camino sinuoso y traicionero.
—Vale la pena, la vista es esplendorosa—respondió Nogog, su primo, otro gigante de rostro masculino, piel bronceada y brazos musculosos enmarcados por cabellos negros a media espalda.
Bajo ellos se desplegaba Poseidonis en toda su gloria: una ciudad luminosa e imponente que brillaba como una joya engastada entre el océano y las montañas, sus edificios blancos y dorados extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. No era solo la capital del mundo; era el testimonio del poder y la sabiduría atlante.
Los Partús, hermosos representantes de su raza y miembros de una familia rica y prestigiosa, la admiraban absortos, conscientes de que sería la última vez que la verían vírgenes de los recuerdos que estaban por recuperar.
—¿Nervioso? —La voz burlona de Taok rompió su contemplación. Encaramado en una roca cercana lo observaba con esa sonrisa que siempre usaba cuando estaba a punto de molestarlo—. El brillante Nogog Partús, la mente más privilegiada de nuestra generación, temblando como un niño ante su bahktún. ¡Qué dirían tus admiradores!
—No estoy nervioso —protestó Nogog, aunque sus manos inquietas lo traicionaban—. Solo... pensativo.
—Ah sí, siempre pensativo —Taok regresó a su lado y se sentó. ¿Cuántas vidas crees que recordarás?
—No sé, no es eso—Nogog se pasó una mano por el cabello—. Es ... todo. ¿No te preocupa que después de mañana no seremos los mismos? Como dice el aforismo, Nada es igual tras el bahktún/ Lo que fuiste se revela / Lo que eres se transforma.
—¡Bah! Tranquilo. Será lo mismo, nada es igual que ayer, ni será igual que mañana, hay que recibir lo que la vida nos dé, y recibirlo con alegría.
Tras entretenerse en aquel espectáculo por lo que pareció una eternidad, bajaron a la ciudad para prepararse para las ceremonias.
Atravesaron el umbral de la puerta de ocho metros del palacio Partús, construido junto al canal exterior en el primer distrito. Tras anunciar su llegada a los siervos, salieron al jardín para observar el panorama que se abría ante ellos. En la otra orilla el Monte Azul iniciaba su pendiente imposible, iluminado por una luna brillante que provocaba una sensación envolvente y placentera.
—La luna se ve perfecta desde aquí. Tal vez descubra algún augurio…—dijo Nogog.
—Hermano, eres dramático. Ya mucho, vámonos, demasiada filosofía por un día—interrumpió Taok, levantándose de un salto. —Deberíamos estar celebrando esta última noche de inocencia, no aquí encerrados observando panoramas. Las carreras de burros empiezan en una hora y aposté que...
—¿Apostaste? ¡El bahktún es mañana!
—Precisamente. Los gurí dicen que hay que llegar con la mente despejada. ¿Qué mejor manera de despejarse que ganando alguna apuesta?
—No, estoy rendido, caminamos mucho … y no he dormido en días.
Nogog se notaba algo descontrolado. Taok, recordando que su primo se ponía extraño en luna llena ( «a veces triste, a veces enojado, a veces meditabundo, a veces incoherente, pero nunca indiferente, y lo mejor es dejarlo en paz» era el consenso general en la familia), respondió:
—Aguafiestas. Yo soy el que debería quejarse, navegué seis días desde Cholutlán para estar aquí. Descansa entonces, la ceremonia inicia en la madrugada, luego tendremos muchos días para hablar, beber y apostar—dijo Taok.
Aunque no salió de fiesta, durmió poco, su imaginación alimentada por visiones sobre las vidas que estaba por descubrir y las aventuras, triunfos, y amoríos que recordaría.
Un golpe en la puerta lo despertó. Un sirviente patí, que apenas les llegaba al pecho, se inclinó con respeto.
—Mi señor, es hora de las purificaciones previas.
Taok suspiró y se levantó. Buscó a Nogog. Lo encontró en su habitación, contemplando su reflejo en el espejo, con ese aire algo dramático que lo caracterizaba.
—¿Listo?
—No, pero vamos, ya no puedo con las ansias de averiguar quién soy.
2
La isla de Poseidonis, reino más importante de la Atlántida, era una franja de tierra inmensa de varios millones de kilómetros cuadrados que se extendía en el medio del océano central, atravesada de Norte a Sur por una dorsal montañosa cuyas pendientes morían en el fondo del océano.
Ubicada entre los reinos de Cholutlán y Azatlán al Oeste, y de Gadía y Ampheretlán al Este, bordear sus costas tomaba varios días. En su centro se elevaba el Monte Azul, cuyas laderas occidentales creaban una planicie de sesenta kilómetros de ancho bañada por múltiples ríos. Allí se asentaba su capital, un lugar bullente y ajetreado donde acudían individuos de todos lados en busca de oportunidades, por lo que sus alrededores seguían creciendo en forma exponencial y los nuevos distritos se extendían hasta perderse de vista.
Un carruaje llevó a los Partús por la gran Avenida Celestial hasta el majestuoso templo de Poseidón –reproducción del templo original del Paraíso–, donde iniciaría el ritual que esperaban desde su nacimiento: el bahktún, la peregrinación para recordar vidas pasadas.
Sin importar género, tamaño, condición social ni qué tan lejos viviese, todo atlante acudía a la capital de su reino cuarenta días antes de su vigésimo primer cumpleaños para iniciar este ritual. Era una obligación ineludible, un llamado inexcusable, un derecho de paso para ser considerado adulto en la sociedad con capacidad de enfrentar el mundo en serio, pues se confirmaba en primera persona la veracidad del postulado fundamental de la vida y religión de su civilización:
«Las almas reencarnan una y otra vez.
El recuerdo de las vidas anteriores se libera en el bahktún. »
Las cosas cambian cuando se rasgan los velos y se revelan los pecados, los amores, desamores, odios o asuntos pendientes de las pasadas vidas. Lo bueno se recordaba también, pero impactaba menos; era lo malo, las faltas, las que quedaban expuestas como heridas abiertas. Recuperar estas memorias –aunque se sintiesen, al decir de las gentes, como historias de lejanos personajes–, era un conocimiento que alteraba en forma visible la existencia de cualquiera.
El pueblo, la comunidad científica y las autoridades religiosas coincidían en aceptar la verdad de los aforismos de La Sabiduría:
3. "Somos seres infinitos
Repasando lecciones eternas;
La muerte del cuerpo no es el fin. »
23. "La vida es un breve eslabón,
En la cadena eterna,
de la maduración del alma. »
9. "El bahktún es un espejo eterno:
La sabiduría antigua se revela,
Los caprichos del alma despiertan. »
Las bases de estas premisas se consideraban irrefutables, y debatirlas era tan absurdo como negar la redondez de la tierra, o la existencia del sol, la luna, y el resto de las esferas del firmamento.
Quienes podían costeárselo dedicaban el medio año anterior al bahktún para prepararse y aprender acerca de lo que enfrentarían al recordar y reencontrarse con su yo, y el impacto de los errores, los pecados y en menor medida los aciertos y virtudes de otras vidas.
Los jóvenes se sometían a trances y practicaban técnicas que en teoría mejoraban la experiencia y permitían recordar más, analizar esos recuerdos –en particular los más dolorosos–, y clarificar el aprendizaje obtenido. La experiencia, sin embargo, superaba cualquier expectativa y era casi imposible articularla en palabras.
Al llegar al templo, Taok se acomodó tranquilo en el carruaje.
—Ve tú, iré en un rato… no quiero opacar tu entrada triunfal—bromeó.
Para no permitir que sus ansias quedaran en evidencia, Nogog respiró profundo, enderezó la postura, y pidió calma a su mente, que no cesaba de imaginar diez mil escenarios de lo diferente que sería su vida en adelante. Asumió entonces el aspecto serio y altanero asociado a su alcurnia y se bajó. Erguido, orgulloso, saludó con pompa y protocolo a quienes le congratulaban, con el aire de quien acepta con humildad el hecho de ser un escogido.
Pronto se generó conmoción entre quienes acudían a desear buen viaje a los bahktantes. Nogog era una celebridad, y muchos lo señalaban. Descendía de Nubón Partús el más venerado héroe atlante, una estirpe de mentes brillantes cuyos aportes intelectuales en arquitectura, ingeniería, artes, letras, filosofía, matemáticas complejas, patrones sagrados y otros se remontaban a muchas generaciones y estaban detrás de los grandes avances en los últimos siglos
De ojos oscuros y profundos, fue el alumno más brillante de la escuela, y ni sus compañeros o profesores siquiera pretendían estar en su categoría. Desde niño lo observaba todo con su cerebro diferente, más ágil en sus respuestas, más acertado en sus análisis, más profundo en sus reflexiones, y hasta las cosas más sencillas las veía desde otro ángulo para encontrar nuevas aristas. A los diecisiete fue admitido en la Academia Mayor, donde se dedicó a las ciencias y poco después dictaba cátedra. Sus discursos gustaban –lo que decía era interesante–, y por ello se le consideraba el más brillante de esta generación de genios. El planeta entero esperaba cosas de él –su bahktún causaba gran expectativa–, y un grupo nutrido de curiosos había venido a despedirle y de paso, aprovechar para hacer apuestas acerca de la identidad que recordaría: los atlantes no perdían ninguna oportunidad para apostar.
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