Atlántida · No. 2
Cuando las estrellas anuncian el fin, dioses, gigantes y humanos se enfrentan a lo inevitable. Un profeta que recuerda múltiples vidas, una erudita que estudia las almas y una semidiosa que desafía a su propio padre convergen mientras Noé prepara un arca para sobrevivir — y para preservar el conocimiento prohibido.
Esta saga se desarrolla en la Atlántida. Sus personajes hablan Posiník, el idioma atlante — un lenguaje diseñado para ser fonéticamente preciso. Las palabras con tilde marcan el acento correcto: por ejemplo, olínka se pronuncia o-LÍN-ka.
5 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales
Persélope Tokrán
Erudita · Estudiosa de las Almas
Una de las mentes más brillantes de la Atlántida. Investiga los misterios del alma humana, la muerte y lo que hay más allá. Su fortuna familiar le permite dedicarse sin restricciones a estas indagaciones.
Carga con la pérdida de su única hija.
Noé
El Constructor
El más célebre constructor de la Atlántida, que prepara su arca no solo para sobrevivir el diluvio sino para preservar el conocimiento prohibido de la civilización.
Secundarios
Hakel
El Anciano Extraordinario
Un ser capaz de disminuir el ritmo de su propio cuerpo a voluntad. Persélope lo estudia buscando la conexión entre memorias y el corazón. Guarda secretos que van más allá de su longevidad.
Akrát
El Astrónomo Joven · Stel Celet
El más joven de los Stel Celet en el observatorio de Poseidonis. Sus capacidades extraordinarias le permitieron anunciar la llegada de La Niebla antes que nadie.
Merkal
El Anciano Mayor
Lidera el círculo de sabios que interpreta las señales del cielo.
Lo Favorito del Autor
El capítulo en el cual Persélope se atraganta.
Persélope, máxima erudita en el estudio de las almas, era miembro distinguido de los trescientos catorce, además de representar los viñedos Tokrán. Por esta razón se la invitaba a todo.
Al menos una vez por Zok, en algún lugar del mundo, desfilaba junto a los mejores de su especie en eventos públicos organizados por los dioses y gurí. Como ellos decidían quienes estaban en La Lista (así llamaban a las tabletas que colgaban en los reinos anunciando a los ciudadanos distinguidos) y se resentían fácilmente si uno no asistía, lo mejor era hacerlo. Salir de la lista era una ofensa terrible, la única forma aceptable era la muerte; para mantenerse uno debía seguir siendo importante, agradar a los dioses y gustar de viajes en el–kenáro, manjares, desfiles y eventos maravillosos desde el palco de honor.
Persélope los disfrutaba con gusto, los privilegios eran reales. Tenía las mejores vistas de los espectáculos, y mientras era atendida por siervos y doncellas compartía platillos exquisitos con las gentes más brillantes e importantes y bebía ánforas de su saí–péi vendido a los gurí a precio de oro.
El siete tritún, día treinta y uno del año, así como el catorce tritún, el día oficial del Número Sagrado, eran los más ajetreados. Con las primeras luces del alba iniciaba una procesión alrededor del mundo. En cada lugar participaban en desfiles y ceremonias, y partían en el–kenáro al siguiente destino.
Persélope no había visto a Noé en días. Él había prometido encargarse del asunto de Megá, así que no lo buscó para no generarle presión. Además, estuvo entretenida meditando y filosofando con Zamí, escuchando sus historias y sus ideas acerca de cómo explotar mejor las capacidades del alma.
Ese día se levantó de madrugada y se preparó con ropajes finos para los eventos del día. La blusa dejaba expuestos unos brazos torneados y bronceados que enmarcaban perfectos un busto generoso y una cintura en la que cada músculo denotaba trabajo y atención. Sus piernas eran del grosor que una simetría absoluta demandaba para transmitir delicadeza, y hasta sus pies –un elemento que a Noé erotizaba– ensalzaban la compleja exquisitez del conjunto.
Se le recogió junto a los otros en el el–kenáro, y se le llevó por los reinos donde se mezcló, charló, rio, comió y bebió saí–péi con los suyos. En ningún momento dijo nada que la pudiera comprometer ni dejó de actuar con normalidad perfecta: a nadie le interesaba lo que hacía en su tiempo libre, ni si trataba o no de detener el fin del mundo.
Noé no asistió pues terminaba los preparativos en Nubitlán. Al llegar allí trató de hablarle y de obtener algún cumplido –había pasado más tiempo de la cuenta poniéndose hermosa para él– pero aparte de un saludo breve le fue imposible conseguir privacidad.
Cuando Noé y los Tún Celét pasaron al estrado ella se quedó en la tribuna principal. Una tropa de gurí entró y se distribuyó entre los invitados, uno cada diez. Un camarero le ofrecía viandas cuando Noé llamó a Megá a su lado. En cuanto hizo su anuncio los hombres pusieron ambas manos sobre el pecho y haciendo una reverencia iniciaron al unísono una entonación:
—Pura Taní, dignatarios, Noé, Gal Gurí de Nubitlán, os invita a su boda con Megá de Malátuk…
Persélope, que tenía la boca llena, no terminó de escucharlos. Se hundió en la silla, se atragantó con la vianda, y tosió descontrolada, segura de sufrir un ataque al corazón. Cuando se recuperó de aquella situación irreal, un gurí delgadísimo con cara que no se sabía si era de serio o de asustado, se le puso frente a ella y con una reverencia le preguntó si el mensaje se daba por recibido.
Persélope juntó las manos y asintió, sin espetar sonido.
—Persélope Tokrán, ¡aceptado!—gritó el hombrecillo y alguien lo anotó. Se hizo lo mismo con el resto de invitados. Persélope se volteó hacia el escenario, y miró a Noé, quien a poca distancia del palco levantaba sus manos con las de Megá en señal de unión victoriosa.
Le fue imposible controlar la furia, la sorpresa, la absoluta confusión al ver la sonrisa con la que celebraba su traición. Noé le juraba siempre que la amaba; ella no se lo decía de vuelta no por caprichosa o egoísta, sino porque le daba miedo que cuando la tuviese por completo ya no la querría más…
«Pero si a ambos nos gustaba nuestro acuerdo… pero si él me ama…»
El error era evidente.
En aquel momento en la tribuna principal Noé anudaba los aros con Megá. Tomó un círculo de plata y lo colocó en su cuello; ella tomó el segundo y se lo colocó a él. Así sellaron su compromiso.
Mientras el griterío de las gentes confundía exclamaciones de «Alabada sea la Fuente», con «Alabado sea Noé», Persélope se tragaba las lágrimas para no hacer una escena y se mantuvo incólume y muy digna hasta que terminó la ceremonia, sintiendo seiscientos veintiséis ojos en su espalda.
«Primero el fin del mundo, ¿y ahora esto? »
Las cosas en su vida estaban dando un giro hacia lo peor.
Primeras Páginas
Poseidonis, año 15373 post cronos
Un observatorio magnífico, visible desde todas direcciones, ocupaba la cima del Monte Asteria. Diseñado por Anatí, la arquitecta de los dioses, el Stel Atúm representaba la culminación de decenas de miles de años estudiando las estrellas.
Cada noche en su acristalada cúpula los Stel Celet recorrían la bóveda celeste desde cada ángulo posible. Escogidos desde niños y llevados a vivir entre adoración y lujo, sus cerebros desarrollaban tal concentración que eran capaces de captar un número infinito de detalles en el movimiento, comportamiento o emisión de luz del sol, la luna, los planetas, las estrellas, y otros fenómenos.
Esto se contrastaba con milenarios mapas desplegados en sus posiciones y, usando los Stel Kirá, –cuyo sofisticado sistema de diales, agujas y engranajes permitía complejos cálculos–, se elaboraban calendarios y presagios sobre su influencia en las personas. Nada era tan apreciado por un atlante como conocer su futuro. El pasado se develaba con las memorias del kilopé; el futuro, empero, era incierto y esta incertidumbre les era intolerable. A cambio de predecir los destinos escritos en las estrellas, los atlantes rendían a estos observadores de astros una adoración semidivina muy cercana a la prodigada a los profetas.
El círculo de fuego –una pared en el centro del salón con llamas que subían al techo en espiral–, apenas combatía el efecto de la brisa gélida que envolvía los cuerpos. Las condiciones eran óptimas. El cielo despejado permitía un hermosa visión del cinturón de estrellas, apenas afectado por una luna que empezaba su ascensión.
Con abstracción absoluta Akrát, el más joven de los Stel Celet, aguzó sus ojos para buscar señales a través de los cristales. Tras experimentar su Atarusta un año atrás, pasando de un chiquillo normal y muy inquieto a un gigante, sus pupilas se dilataron y ganaron en acuciosidad, y con su nueva capacidad de concentración comenzó a percibir lo que otros no veían. Se sumaba a esto una obsesión implacable por descifrar hasta el último secreto de los cielos, al punto que nadie recordaba la última vez que había tomado un día entero de descanso.
Cuando se comprendió la magnitud de sus capacidades y talento excepcional, , los ancianos le asignaron la posición más prestigiosa del observatorio: el puesto treinta y uno que miraba al Norte, punto cardinal desde donde partían todas las demás. Desde allí, un aviso temprano le había hecho pensar que el fenómeno estaba próximo. Un pequeñísimo cambio, algo que solo alguien que dedicaba su vida a escudriñar los cielos hubiese podido detectar, le indicaba que un gran ciclo terminaba y que otro estaba por comenzar.
En el lugar previsto captó el momento exacto de la aparición de la anomalía. «Viene la Niebla», se dijo. Los suyos buscaban la confirmación definitiva de su llegada, él la acababa de encontrar. Anotó los resultados con su calma habitual –nunca se alteraba– y les dio una última mirada asegurándose de que no se le escapase nada.
«En los años de La Niebla / Los destinos se entrelazan / Los prodigios florecen» rezaba el aforismo veinticinco de la Sabiduría, y Akrát estaba orgulloso de ser él quien anunciase la llegada. Bajó las gradas y se plantó frente a los siete sabios.
—Será mañana, en el día de los profetas—afirmó seguro de sí mismo.
Los ancianos asintieron preocupados. El día del solsticio, cada cien años, nacían desperdigados por el mundo tres seres semidivinos –los profetas Tún Celét–. Los nacimientos de ese día eran documentados con cuidado especial, y durante siete años de inagüá, (espera), se les daba seguimiento en busca de señales que identificasen a los esperados Mensajeros de la Fuente. Era un día muy importante para la cultura atlante, lleno de presagios y predicciones fantásticas.
—Nunca han coincidido la niebla y los nacimientos—dijo Merkal, el anciano mayor, consultando un enorme calendario.
—Es un signo—agregó un segundo.
—Pero… ¿de qué?— preguntó un tercero.
Ninguno se aventuró a responder. Tampoco se atrevieron a dudar de las observaciones de Akrát, cuya valía era a toda prueba.
Ciento veintiún años después se obtuvieron los primeros atisbos de respuesta.
1
Poseidonis, año 15494 post cronos
El sonido no era intenso, pero si foráneo, un zumbido molesto por vibraciones que surgían ante la presión de una atmósfera que no era la suya. El anciano, cuyo cuerpo no era frágil a pesar de tanta edad, yacía en trance. Apenas respiraba. Tenía el poder de disminuir el ritmo de su cuerpo, de su sangre, de los latidos del corazón, y lo que a otros hubiese tomado tres mil respiraciones, a Hakel, el más grande profeta de los tiempos, no le tomaba más de cien.
En aquel estado, Persélope Tokrán buscaba la exacta localización de todas las partes de su alma. La oportunidad de estudiar a aquel hombre extraordinario había sido uno de los puntos importantes de su carrera; sin embargo aún no encontraba lo que buscaba.
Terminó las mediciones, se sentó en un sofá cercano y espero paciente hasta que Hakel despertó.
—¿Lo encontraste? Dime que está más cerca de resolver estos misterios—dijo el anciano con cara de consternación.
—La conexión con las memorias… sigo segura que se da a través del corazón, como te comenté, el nivel de energía es superior…
—Eso lo sé, quería saber si hay algo nuevo, pruebas definitivas.
—No, pero estamos cerca. ¿Por qué te urge de repente? ¿Ya no te agradan mis visitas?—dijo Persélope intentando ser simpática.
Hakel había estado serio, callado, pero lo conocía lo suficiente para no interrogarlo. Jamás compartía sus emociones con nadie. Incluso siendo amigos, las intimidades no formaban parte de su naturaleza.
—Mañana empieza vod— dijo el anciano al bajar de la camilla, ignorando el comentario.
—Lo sé, es increíble como se fue este año y que ya estemos de solsticio. Regresaré a Nubitlán esta tarde, aprovecharé que Noé está por aquí y a través de un mensajero me ofreció que nos fuéramos juntos.
—Bien, no podré verte más hasta después de las festividades—, dijo Hakel.
—Eso imaginé, y por eso te traje un regalo de cumpleaños.
Hakel sonrió, Persélope era detallista y él ya se imaginaba el regalo.
Ella llamó al siervo de Hakel, que apareció con un ánfora del mejor vino Tokrán.
—Es el mejor de este año. Se supone que solo pueden beberlo los dioses, y ahora tú… No le des a nadie, en especial a este, ya a él le traje su ración—dijo Persélope señalando con cariño al siervo—. Este es tuyo, de nadie más, no lo compartas.
Hakel sabía que aquel era el mejor saí–peí del planeta, y desde un inicio no pensaba compartirlo con nadie. Aquellas ánforas eran un regalo apreciado.
—Bien, debo irme, ha sido un gusto trabajar contigo y seguiremos adelante el año que viene.
Hakel que miraba a través de los cristales hacia la columnae se volteó y su rostro, a pesar de la sonrisa que mostraba, transmitía tristeza.
— Claro, hija, dame un abrazo, dijo él.
Persélope caminó hasta él y lo abrazó. Hakel no era pequeño, pero como ella medía dos metros él apenas le llegaba al pecho.
—¿No te quedas a la Arístaga de los Partús? —preguntó Hakel, arrepintiéndose al instante. Esto era lo que detestaba del envejecimiento: los recuerdos se escapaban, los detalles se difuminaban y cometía indiscreciones como esta. El supuesto romance entre Persélope y Nogog Partús había sido hacía unos años el escándalo predilecto del planeta, o al menos en los paraísos. La expresión de Persélope, seguida por el gesto de reconocimiento de Hakel, hizo innecesaria cualquier disculpa verbal.
—Bien, me voy, que tengas unas maravillosas fiestas de solsticio.
2
Persélope salió del paraíso y se dirigió al palacio del viento. Poco después apareció un el–kenáro.
Al abrirse la portezuela un hombre bien parecido, vestido con los ropajes más finos, bajó del aparato, y Persélope, una mujer alta, delgada, bronceada, de cabellos negros y ojos azules lo recibió con un prolongado abrazo.
—¡Purá Taní!—dijo el Gal Gurí Noé.
—¡Purá Taní!—respondió Persélope Tokrán sin soltarlo. Luego, tomándolo del cuello, lo besó con muchas ganas.
Ya dentro del el–kenáro los ojos de Noé se posaron de la figura fuerte y contorneada de Persélope, resaltada por un vestido blanco de una seda muy fina.
—Tenía días sin saber de ti. Me hacías falta, mucha—dijo Noé. Su mirada y tono eran de reclamo, aunque todo su ser se derretía ante la presencia de Persélope.
—Tres zok… tienes razón, demasiados días, ¡la culpa fue de Hakel! Sabes que he estado aquí estudiándolo. Como su tiempo llegará en cualquier momento después del segundo solsticio, quise estar con él todo lo que pude. Estoy a las puertas de algo grande, ¡estoy tan cerca! Pero debo apresurarme, una vez que Hakel ya no esté, será imposible.
Aterrizaron junto a una villa en el extremo norte de la inmensa propiedad Tokrán. Entraron de la mano y atravesaron un salón grande decorado en paredes y techos con murales pintados a lo largo de diez generaciones, representando escenas de vendimias, de fiestas y de la alegría del saí–péi. Noé los ignoró, seguía sin quitar los ojos de Persélope.
—Vienen días intensos—dijo Noé, —el segundo solsticio será en tres días, ¡hay tanto que organizar!
—No te creo, ya tienes todo organizado. Deberías venir conmigo a las montañas con los karuel, a meditar todo el día y cantar ommmsss—bromeó Persélope, sabiendo que Noé no soportaba a los karuel.
Cuando estaba con Noé, Persélope se transformaba. Era menos seria, menos reflexiva, le gustaba sonreírle y verle el rostro mostrando transparente la fascinación particular que ella le provocaba. Su relación era compleja, como siempre que existe intimidad, pero sus particulares matices le resultaban convenientes a ambos.
Persélope tomó un ánfora, preparó dos copas, y las sirvió rebosantes. Guardaba su mejor saí–péi para disfrutarlo con él, una cosa que jamás le confesaría. Él lo sospechaba, ningún saí–péi era tan bueno, los había probado todos. Quizá eran esas uvas especiales las que les hacían terminar en la cama cada vez, justo al final de la primera copa.
Se la tomaron rápido.
Después de amarse como se ama a quien no se ha visto en treinta días, disfrutaron una segunda copa. Esta la tomaron en pequeños sorbos, saboreándolo con gran placer.
—¿Cuándo te veo de vuelta?
—Yo hablaba en serio con lo de visitar los karuel de las montañas, me cae bien un poco de meditación para reencontrarme con mi ser y regular las energías en esos hermosos templos circulares de pilares tallados. Confieso que estoy frustrada de no haber resuelto este misterio.
—Todavía…
—Cierto, y lo voy a resolver. Saldré mañana para llegar antes del solsticio, y luego haré puitó y kaprá y quedaré lista para venir a terminar este asunto con Hakel.
—Bien, estaré pendiente de tu regreso. Entretanto…
Entretanto se amaron por el resto de la tarde.
Persélope conocía a Noé de toda la vida, desde muy joven le gustó. Lo miraba a la distancia en los eventos, como lo miraban también otras, pues era un hombre muy atractivo y con gran poder. Era además el cliente más importante de los viñedos Tokrán, compraba la mayor parte de su producción.
Desde los dieciséis ella ayudaba a su padre con la administración de los viñedos y participaba en reuniones con Noé. Aunque él era veinte años mayor, se hicieron amigos, y la atracción de su parte creció. Después del kilopé, cuando tuvo edad para una relación… Noé estaba casado y había iniciado una familia. Además acababa de ser nombrado Gal Gurí de Nubitlán tras la muerte de su predecesor.
Cuando años después Noé enviudó, ambos estuvieron listos para más. Salieron, se conocieron mejor, se gustaron aún más, y Noé le propuso matrimonio. Ella lo rechazó, por razones tan tontas que ahora ni recordaba, relacionadas con un deseo de mantener la libertad.
Para no perderlo, pues sentía cosas por él, le propuso un acuerdo: yacían de vez en cuando, y se comían a besos cuando lo ameritaba la ocasión, pero no pasaban de eso. No era una cuestión de atracción, era difícil no sentirse atraída por él –tenía riquezas, poder y todo su ser transmitía vigorosa masculinidad–… es que ser la esposa del hombre más poderoso del planeta no le llamaba la atención, su vanidad rechazaba la idea de que su vida girara en torno a alguien que no fuese sí misma. Entre atender viñedos y estudiar almas tenía suficiente... o así justificaba la situación.
El acuerdo, que ya cumplía siete años, les daba a ambos lo mejor de los mundos, su libertad tan ansiada, pero también el amor, cuando sintiesen la necesidad. «Ni tanto que se nos convierta en rutina, ni tan poco como para que empiece el olvido», se recordaban mutuamente cada vez que pasaban mucho sin verse. Desde entonces daba a su amante por sentado. Su empatía era legítima, se admiraban mutuamente, y les gustaba compartir ánforas de saí–péi para hablar como se habla con aquellos con los que la confianza es absoluta.. El actual estatus de las cosas la satisfacía; de vez en cuando algo los juntaba y las cosas se daban de forma natural. Ninguno lo forzaba, ninguno lo pedía, solo pasaba, a veces tras mucho tiempo, a veces muy seguido. A ambos les gustaba su arreglo, y por eso no se atrevían a una relación estable.
Aunque a Noé le molestó al principio que ella no quisiera casarse, no le disgustaba el arreglo que resultó después. La veía cuando la deseaba, y cuando su ausencia se le hacía intolerable… sin compromisos, sin reclamos, y con un irremediable deseo de flirtear, de tener pensamientos eróticos, y de terminar en la cama.
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