Atlántida · No. 3
La Atlántida se aproxima al solsticio final. Las pirámides han sido despojadas de sus puntas, rompiendo el equilibrio energético del planeta. Sin ellas, el ciclo de destrucción se activará con una fuerza sin precedentes. El tiempo se agota — y la verdad ya no puede ser silenciada.
Esta saga se desarrolla en la Atlántida. Sus personajes hablan Posiník, el idioma atlante — un lenguaje diseñado para ser fonéticamente preciso. Las palabras con tilde marcan el acento correcto: por ejemplo, olínka se pronuncia o-LÍN-ka.
5 estrellas globalmente · reseñas de lectores reales
Personajes
Personajes principales
Persélope Tokrán
Erudita · Corazón Emocional de la Saga
Regresa en este tercer libro más madura y marcada. Vive en Villa Tokrán Norte, entre viñedos y bosques plantados por sus antepasados. A sus casi cincuenta, inspira admiración, envidia y cierto temor.
Su amor por Noé complica todo.
Noé
El Constructor · El Amor de Persélope
Opera bajo una advertencia a Persélope: si parece traicionarla, es solo la forma que en ese momento determina correcta para alcanzar sus objetivos.
"Confía en mí, pase lo que pase."
Secundarios
Zamí
La Witucka de las Ivá-Petíat · Amiga de Persélope
Amiga íntima de Persélope. Experta en armonizar energías y asuntos prácticos. Tras un día envuelta en la bruma del el-kenáro, experimenta una transformación extraordinaria: donde antes había vejez, hay lozanía renovada.
Megá
La Prometida de Noé
Su boda con Noé es la herida más fresca de Persélope al inicio del libro.
Sherzám
El Custodio de la Receta
Conoce los ingredientes del brebaje que permite reproducir la Celetía, el ritual del cáliz.
Lo Favorito del Autor
Esta, es un spoiler, solo si ya has leído la novela…
“4
Anatí se recostó, y en meditación profunda trató de controlar su dolor. No pudo. Abrió los ojos. Fue entonces que vio el péndulo.
Tic tac, tic tac, tic tac…
El tic-tac permanente de aquel artilugio diseñado por humanos para medir el tiempo y sus latidos, la relajaba.
‹‹Mientras el péndulo oscile estamos vivos.
Mientras el péndulo oscile nuestro corazón late y la sangre fluye por el cuerpo.
Mientras el péndulo oscile nuestra alma está aquí, en este plano››
Anatí recordaba las palabras de su padre, el gran arquitecto Autino, cuando le regaló el péndulo en su vigésimo primer cumpleaños, el día de su Bahktún. ¡Estaba tan orgulloso de su hija! Se le llenaba el corazón ¡de una alegría! y su boca ¡de tal vanidad! cuando hablaba de ella, cuando comentaba su inteligencia -excepcional según todos los estándares-, sus logros con apenas veintiún años, su visión tan única y particular.
‹‹Es una genio. Quienes han tratado de medir su inteligencia dicen que no han conocido nada igual. Su capacidad sensorial, su imaginación para combinar formas y ver diseños en los que nadie ha pensado, son fuera de este mundo››, decía a quien quisiese escuchar.
El día de su kilopé, tras escuchar la noticias de que su hija era un alma nueva, organizó una conferencia en la Academia para hablar de ella. No fue nepotismo. Él, como arquitecto más laureado de la Atlántida, y no solo como padre, reconocía que lo mejor de su propio arte y capacidad palidecía por mucho ante la fuerza de los diseños de esa joven talentosa.
‹‹Es nueva en esta dimensión, quizá, pero no en otras. Creo más que nunca en aquellos que dicen que venimos de otra parte, que nuestras almas ya vivieron antes de entrar en la dimensión de los humanos, en la que encarnamos una y otra vez››.
Anatí estuvo en la primera fila de esa conferencia. Se sentó sin falsas modestias, sin necesidad de dar por menos sus logros para que los envidiosos no se resientan… Nada de eso pasó por su mente. Cuando su padre la presentó ante la multitud de eruditos, ella se levantó, y durante los siguientes tres mil ciento cuarenta latidos -los calculó en su mente pues para ella los números sagrados eran fundamentales-, expuso sus ideas para una nueva arquitectura atlante.
Los atlantes que la ovacionaron de pie supieron ese día que algo muy especial había sido regalado por la Fuente a sus hijos. Alguien por fin había entendido la belleza, sus secretos más íntimos, y cómo reflejar esa belleza y todo lo bueno de estar vivo, en edificios sublimes.
El dios Evemón también estaba en la primera fila. Rodeado de sirvientes y acólitos, avanzó solo, subió al estrado y se plantó ante ella. Cuando Anatí estaba por asumir posición de sometimiento la detuvo.
—No, no tú, tu nunca te inclinarás ante mí. Reconozco un alma con influjo de la Fuente. Eres especial. A partir de mañana te mudarás al paraíso. Estas ideas, y las miles y miles más que tendrás a lo largo de tu vida, las usaremos para crear el lugar más bello que haya existido o vaya a existir en el planeta.
Así nació la Ciudadela Sagrada de Evemusía.
En poco más de dos siglos construyeron doscientos cincuenta y seis edificios. Los primeros años creó tanto, y la Atlántida entera quería verlos convertidos en realidad, que los construyeron de dos en dos.
Esa vida de creación, de belleza, de armonía, de talento… estaba llegando a su final.
Tic tac, tic tac, tic...tac, tic.…tac, tic ..…. tac.
Como si entendiese lo que sucedía, el péndulo osciló más despacio… O quizá era ella, su mente, luchando por aferrarse a esta dimensión.
Tic..…..tac
Tic…..
El péndulo se detuvo.
Anatí fue invadida de una gran Felicidad. El dolor que la atormentaba, desapareció, y a cambio recibió gozo, paz, plenitud. A la distancia vio a su padre caminando hacia ella. Le extendió la mano.
—Vamos, te esperábamos.
Primeras Páginas
1
Nubitlán, 5 Grel
El amanecer sorprendió a Persélope en la terraza superior de Villa Tokrán Norte. Meciéndose con suavidad en una hamaca, saboreaba su segunda copa de saí-peí mientras contemplaba el sol emerger por el este, elevándose desde las aguas como si naciera de las profundidades de aquel océano cristalino.
Hacia el sur, la Columnae se erguía majestuosa e ininterrumpida. En Nubitlán, donde ninguna construcción superaba los tres niveles, la vista se extendía despejada y panorámica sobre aquella imponente estructura que coronaba la creación en esa región del planeta.
Al norte, a escasos pasos de su villa, comenzaban los bosques plantados por sus antepasados siguiendo las recomendaciones de los ingenieros del dios Azáes. En aquel santuario natural existía una comunión ideal entre especies, cada una recibiendo la proporción exacta de sol, agua y nutrientes. Este equilibrio creaba un paraíso de energías perfectas donde incluso los sinuosos manantiales dibujaban a su paso figuras de geometría sagrada, como si las aguas poseyeran la sabiduría innata de fluir por cauces que armonizaban todo cuanto bañaban.
En este ambiente privilegiado de planicies y suaves colinas, las tierras hacia el oeste albergaban los viñedos Tokrán, de cuyas uvas nacía el más exquisito saí-peí del planeta, un elixir capaz de llevar al éxtasis a quien lo bebiera.
A sus casi cincuenta, Persélope Tokrán era una mujer que inspiraba admiración, envidia y cierto temor. Su belleza había madurado como el mejor de sus saí-peí, adquiriendo una elegancia serena que contrastaba con el fuego en sus ojos cuando debatía sus temas de pasión: el estudio de las almas, los ciclos de reencarnación, la naturaleza interconectada de toda conciencia, de los cuales era considerada la más grande erudita.
La fortuna de su familia, una de las más antiguas de Nubitlán, le permitía dedicarse a estas indagaciones sin preocupaciones mundanas.
Tras aquella fachada de aristócrata intelectual y anfitriona perfecta, se ocultaba una mujer marcada por una pérdida profunda, la muerte de su única hija, tragedia que había alterado el curso de su vida, dirigiendo su interés hacia los estudios del alma, la muerte y lo que podría existir más allá.
Mientras escuchaba el canto de millares de pájaros, uno de los placeres más intensos de sus mañanas, tomó de sorbo el resto de la copa, recordando las palabras de Noé mientras se amaban:
‹‹A partir de ahora, si de mis actos parece que te estoy traicionando o que no estoy de tu lado, no es cierto; si sucede será una actuación, la forma que en ese momento yo determine como correcta para alcanzar nuestros objetivos. Más que nunca, confía en mí, pase lo que pase.››
Persélope se cuestionaba como se materializaría aquella advertencia; qué haría Noé para hacerla dudar incluso a ella que confiaba tan ciegamente en él.
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Zamí, la witucka de las ivá-petíat, se asomó a la terraza.
—¿Estás bien?— preguntó Zamí, avanzando hasta la hamaca contigua.
Persélope elevó su copa, hizo el gesto de brindar y tomó un sorbo.
—Mientras tenga saí-peí estoy bien—dijo, con cierta amargura. Lo cierto es que la sonrisa, Nogog, la boda de Noé con Megá, el fin de todo …eran muchas las cosas en su mente como para estar bien.
Las tensiones se habían disipado un poco. Ella aceptó que Noé no la había traicionado con Megá; y Noé aceptó la sonrisa con Nogog como un accidente. La noche anterior había dormido con él, le había amado, y antes de que se devolviera a su palacio se habían recordado su disposición a luchar juntos hasta el final. Eso le gustaba; le complacía ver a un hombre tan poderoso rendido a sus pies, mientras ella a su vez se entregaba por completo.
De allí, a que todo estuviese bien, olvidado y perdonado…
No ayudaba que el fin del mundo se acercaba con cada latido, con cada respiración, sin que ella hubiese podido avanzar en sus estudios de las almas, ni estar más cerca de resolver sus acertijos.
No lo dijo; no acostumbraba la queja.
Zamí, que conocía el estado mental de su amiga, la abrazó.
—¿Quieres que comencemos con lo de la proyección del alma?
—Primero sigamos entendiendo el efecto del cáliz y tratemos de reproducir en lo posible la Celetía —respondió Persélope.
—¿Llegaron los ingredientes para el brebaje?
—Deberían llegar en cualquier momento. Y respecto a la receta original, Noé me prometió que hablaría con Sherzám en estos días.
—Bien, sin brebajes, es bueno ver hasta dónde llegan los poderes de las profetisas de forma natural, solo el cáliz, si te parece.
—Tú eres la que sabe estas cosas. Yo solo estudio las almas desde la teoría, tú eres quien armoniza energías y sabe de asuntos prácticos.
—No te quites mérito, estás en sintonía, he visto cómo fluyes en tus trances.
Persélope sonrió. Era cierto. Se sentaba, meditaba, escuchaba el nahuék, y su cuerpo se activaba y veía cosas y entraba en comunión con el Gran Todo. También había estado sintiendo la perturbación mencionada por Zamí en los primeros días, que indicaba que algo no muy bueno estaba por pasar. Por eso tenían que acelerar sus propias investigaciones y descubrimientos. Tenía la sensación de que con cada instante transcurrido se aproximaban al momento en que sería demasiado tarde.
El día comenzaba caluroso, pero la proximidad del bosque templaba el ambiente hasta crear una temperatura perfecta.
Zamí se sirvió una copa de saí-peí y se sentó en la hamaca junto a Persélope para escuchar el canto de los pájaros.
—Me podría acostumbrar a tu casa—dijo una Zamí sonriente. Persélope vivía sola en esa villa desde hacía más de diez años. Diseñada por Potará, discípula de Anatí, se integraba con su entorno siguiendo los patrones sagrados tan apreciados por los arquitectos de la Atlántida. Quienes llegaban allí por primera vez decían sentir una paz y una armonía poco comunes.
Ya fuera por su estancia de unos días en Villa Tokrán o por haber pasado un día envuelta en la bruma del el-kenáro, un cambio extraordinario se había operado en Zamí. Con su figura imponente de dos metros la mujer de ciento veinte había recobrado una sorprendente lozanía. Donde antes se veía a una anciana, ahora aparecía una mujer con notable vitalidad. El fenómeno ya no era tema de conversación. Persélope ya no sonreía cómplice ni la felicitaba por aquella transformación, lo aceptaba como algo que era. Si la Fuente así lo había decidido, ¿para qué cuestionar o comentar lo evidente?
Zamí observó el el-kenáro de Megá aterrizando en el lugar habitual.
Dejando de lado su copa se levantó de la hamaca.
—Vamos, comencemos—dijo.
2
Megá y Athena, sentadas en posiciones opuestas, observaron en silencio mientras Zamí preparaba la sesión.
La witucka, nacida en el segundo solsticio de los profetas de un siglo antes, era lo más cercano a un Tun Celet sin serlo, y por eso se integraba en forma tan perfecta con las profetisas.
Ellas le habían descrito por separado los rituales de la Celetía, para que diseñara un experimento lo más cercano posible.
—Formaremos un Yavá, la geometría más estable para lo que intentamos—explicó Zamí. Encendió velas de sándalo en torno a un círculo trazado en el suelo del salón y dispuso con precisión cristales de cuarzo en puntos específicos del círculo, moviéndose con una fluidez que desmentía su edad.
Entre las profetisas, sobre una pequeña base de obsidiana, reposaba el cáliz robado del templo por Athena.
—Como prometí, esculqué la biblioteca de Noé buscando información sobre los Tún Celét—intervino Megá—. Nada del brebaje; de los cálices se dice que no son simples objetos rituales, sino conductores, un puente entre dimensiones, diseñados para amplificar las capacidades naturales de los profetas. Es similar a lo que decía Hakel, que los consideraba llaves. Cada uno es único, abre una puerta, una dimensión, un posible futuro, y por eso las visiones de cada profeta a veces difieren ligeramente en torno a los mismos hechos. Pero cuando son utilizados en conjunto revelan su verdadero propósito.
Athena estudiaba el cáliz con fascinación, preguntándose si tendría algún efecto sin las ceremonias y brebajes del templo.
La tensión entre Megá y la semidiosa, aunque aplacada por su objetivo común, seguía siendo palpable. Persélope lo notaba en la forma en que evitaban el contacto visual directo, en la rigidez de sus posturas cuando estaban demasiado cerca.
Zamí, dando por terminados los preparativos, afirmó de forma diplomática:
—El cáliz responde a la armonía. La discordia bloquea su poder. Durante la sesión deben dejarse de lado las diferencias.
Las profetisas asintieron conscientes de lo que estaba en juego, confirmando que la tensión era evidente.
Las tres se posicionaron formando un triángulo dentro del círculo, y colocando una mano sobre el cáliz, posicionado en el centro.
Zamí tomó las riendas.
—Cerraremos los ojos y respiraremos profundo—instruyó. —Sentiremos las energías mezclándose, fundiéndose, sin olvidar que el cáliz es solo un conductor, el verdadero poder está en las mentes.
—¿Haremos una intención? —preguntó Athena.
Envolver las mentes alrededor de una intención era una forma de guiar al cáliz hacia un resultado concreto.
En las Celetía, los profetas recitaban en voz alta sus intenciones antes de iniciar: ‹‹queremos ver lo que sucederá en la Atlántida durante los próximos tres meses››, solía ser una intención genérica que generaba resultados muy amplios.
—Para esta primera sesión dejemos la mente en blanco—sugirió Megá, recordando las lecciones de Hakel. —Dejemos que el cáliz nos diga lo que quiera decirnos, entreguémonos a sus prioridades, es una forma más pura de experimentar su poder.
Como en días anteriores Persélope inició el tambor ritual, un retumbar profundo que reverberaba en el alma.
¡Tan! un dos tres
¡Tan! un dos tres
¡Tan! un dos tres…
Megá cerró los ojos, acostumbrada a estos estados meditativos. Athena, más nueva en estas prácticas, mantuvo los suyos abiertos un momento más, observando a la witucka.
—No luches—le aconsejó Zamí, notando su resistencia—. Déjate llevar, tu sangre maatán no es obstáculo, es otra capa de percepción.
En cuanto Athena cerró los ojos la luz de las velas fluctuó, como si una brisa hubiese entrado de repente en el salón.
—Ahora, escuchemos. ¿Qué nos quieres decir, oh sagrado cáliz? —preguntó Zamí, ella misma entrando en estados profundos.
Cuando calculó que las mujeres en el triángulo habían alcanzado un trance, Persélope, sentada a cierta distancia y pese a que ella misma sentía efectos, dejó de lado el tambor y tomando un pergamino se preparó para registrar cualquier palabra o sonido que emitieran.
La primera en hablar fue Megá, su voz transformada, más profunda y resonante.
—Las columnae respiran... El rayo busca su camino...
Athena se tensó, su cuerpo vibrando como si una corriente eléctrica lo atravesara. Zamí permanecía serena en su posición, actuando como ancla para las dos jóvenes que comenzaban a sumergirse en estados de consciencia alterados. Sus ojos se movían rápidamente bajo los párpados, como siguiendo escenas invisibles.
El cáliz comenzó a brillar con una luz interna, un tenue resplandor que iluminó sus rostros desde abajo. Persélope contuvo el aliento. El objeto, inerte hasta ahora, pulsaba con vida propia.
Megá soltó un jadeo.
—Lo veo... El lugar donde la tierra tiembla pero no se rompe... Donde el fuego dormido despierta…
—La caverna de rocas rojizas... La primera Meriaá...—continuó Athena, como si fuesen testigos de la misma visión desde ángulos diferentes.
Sus palabras, aunque fragmentarias, tenían una coherencia interna que Persélope se esforzaba por capturar. No eran simples visiones, sino información precisa.
De pronto, Athena soltó un grito ahogado. Su mano se crispó sobre el cáliz, y su cuerpo entero se tensó como si estuviera resistiendo una fuerza invisible. El brillo del cáliz se intensificó.
—No rompamos el triángulo—advirtió Zamí, su voz calma—. Pase lo que pase, no soltemos el cáliz.
El aire se volvió denso, cargado de electricidad. Persélope sintió que le costaba respirar, como si una presión invisible oprimiera sus pulmones. Las velas titilaron con violencia y se extinguieron todas a la vez, dejando el resplandor del cáliz como única fuente de luz.
En la oscuridad parcial, las sombras se proyectaban grotescas, aumentadas contra las paredes. Persélope observó, entre fascinada y aterrorizada, cómo las sombras parecían adquirir vida propia, moviéndose independientes de los cuerpos que deberían estar proyectándolas.
—¡No rompamos el triángulo! —repitió Zamí con más urgencia cuando Megá comenzó a temblar sin control.
— No puedo contenerlo... —gimió la joven profetisa—.
—Juntas —dijo Athena, extendiendo su mano libre para tomar la de Megá—. Nuestras mentes unidas son más fuertes.
El gesto, ese simple acto de solidaridad entre dos mujeres que días antes habían sido enemigas, pareció cambiar la dinámica de la habitación. Las sombras retrocedieron, el aire se volvió más ligero, y el cáliz se estabilizó en un resplandor constante y reconfortante.
Y entonces, tan abruptamente como había comenzado, el fenómeno terminó. El brillo se apagó, las sombras desaparecieron, y las mujeres del triángulo colapsaron, agotadas pero conscientes.
Continúa en el libro completo → amazon.com/dp/B0F7GNBNG2 · amazon.es